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miércoles, 16 de julio de 2008

Tu es Petrus



Hablemos de la figura central del Papa, que se apoya en el supuesto primado de Pedro sobre los otros apóstoles. Con evidencia cegadora, los textos prueban que la primacía del apóstol Pedro, proclamada por Jesús según un pasaje de Mateo (16, 18-19), no existió. Pero, además, Los Hechos constatan que los discípulos que se agruparon alrededor de él, de Juan y de Santiago, "hermano del Señor", solamente lo honraron y escucharon como a un hombre engrandecido por la confianza y la amistad del Maestro.

El versículo de Mateo aludido, que según la Iglesia instituyó el papado, es una impostura. Es opinión de teólogos protestantes que fue introducido en el texto durante el siglo II para justificar el poder político de la Iglesia católica y atribuir su fundación al mismo Jesús

Hablando en serio, Cristo ni fundó ni deseó la Iglesia. Ésta es, quizás, la verdad más segura que se impone a todo aquel que estudie los textos evangélicos sin una opinión preconcebida. La suposición contraria configura históricamente un absurdo. Contra él todo el genio de los teólogos no puede nada. Por mal que conozcamos las enseñanzas de Jesús, se nos aparecen, primero, como una reacción contra el legalismo estrecho y el ritualismo absorbente. Luego, se nos aparecen como una estimulación enérgica del esfuerzo personal. El individuo debe elevarse hacia el Padre, que está en los cielos, por la confianza y el amor, pero también por el arrepentimiento y la enmienda decisiva de sus vicios. Esto es, precisamente, todo lo contrario de la psicastenia eclesiástica, que Nietzsche denunciara con palabras ásperas.

El advenimiento y el triunfo del episcopado monárquico en la Iglesia católica ha tenido consecuencias incalculables en el establecimiento de un orden moral y de una doctrina.

¿Qué significa el orden moral? Que existe de una vez y para siempre una voluntad que decide todo lo que el pueblo debe hacer y no hacer. Joseph Ratzinger, devenido papa Benedicto XVI, acaba de asistir al cierre del VI Encuentro Mundial de las Familias en la Ciudad de las Artes y las Ciencias de Valencia, España, para defender la familia “fundada en el matrimonio indisoluble entre un hombre y una mujer”. Tal doctrina -impartida por el orden sacerdotal, cuya cúpula se erige en Roma- está muy alejada de los predicaciones del Rabí de Nazaret.

 Jesús no recomendaba la vida en familia. Al contrario. La expresión "si alguno... no aborrece a su padre y a su madre, y a su esposa, y a sus hijos, y a sus hermanos y hermanas, y también a sí mismo, no puede ser mi discípulo" (Lc 14,26) refleja la actitud de Jesús hacia la familia. Y más: “... he venido a separar al hombre de su padre, y a la hija de su madre, y a la nuera de su suegra, y los enemigos del hombre serán los de su casa” (Mt 10,34-36).

Con respecto al consejo de la jerarquía eclesiástica, habrá que comportarse según sus palabras y no según sus obras.


Publicado por TalCual el ¿23? de julio de 2006, pág. 17.
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miércoles, 2 de julio de 2008

Pilatos



De Poncio Pilatos escribió F. Nietzsche: “En todo el Nuevo Testamento no hay más que una sola figura honorable: Pilatos, el gobernador romano”. Pero la verdad respecto a Pilatos está muy lejos de lo que escribió el filósofo de Sils-María.


Sabemos más de Poncio Pilatos por fuentes externas que por los evangelios. Sin embargo, no podría haber mayor discrepancia entre el Pilatos que conocemos por la Historia y esa figura débil que juega un papel tan vacilante en el drama de la Pasión y que Nietzsche reivindica. Tenemos descripciones bastante detalladas del Pilatos real en las obras de Filón de Alejandría, Flavio Josefo, Suetonio y Tácito.


Los autores seculares acusan a Pilatos de mezquindad, avaricia, crueldad y menosprecio altanero hacia los sentimientos ajenos. Los evangelistas lo describen lleno de intenciones más humanas y honorables hacia los sometidos a su gobierno; en fin, que hace lo posible por intentar convencerlos para que desistan de su locura. Cuando la obligación política lo fuerza a cumplir con un deber que le repugna, se lava las manos antes de entregar al reo... ¡para que lo ejecute la fuerza del Imperio!


Pero el gobernador que había condenado a morir en la cruz a Jesús se convirtió, por obra de la apologética, en un instrumento de defensa de la fe cristiana. El riguroso Pilatos fue suavizándose de evangelio en evangelio. A medida que va separándose de la Historia, va convirtiéndose en un personaje cada vez más agradable. Sin embargo, bruscamente, en el siglo IV la imagen de Pilatos como amigo de Jesús se inmoviliza. ¿Por qué? Por las condiciones históricas. En su carrera póstuma, Pilatos fue víctima del emperador Constantino. Si el cristianismo se hubiera convertido en una religio licita una generación después del Edicto de Milán de 312, Poncio Pilatos figuraría, sin duda, en el santoral cristiano, lo mismo que su mujer figura, hoy, en el santoral de la Iglesia Griega.


De historia paralela pudiera ser calificada la abominable “hazaña” del diputado de cuyo nombre no quiero acordarme. Celoso trabajador para el poder revolucionario, se esmeró en elaborar una obra de impía y cruel filigrana: la Lista, que sirvió (y sirve) para atropellar a millones de inocentes. Por ella no podrá ser borrado del catálogo de los infames. Así apostate de su Constantino, el único paso digno que le resta dar al torvo político, tras ser expulsado “por denuncias sin pruebas y por irresponsable”. Algunos lo consideren una víctima de aquél a quien sirvió y lloran la desgracia de quien debe ser considerado un desgraciado.


carloshjorge@hotmail.com
Publicado por TalCual con dibujo, pág. 20, el miércoles 26 de Marzo de 2008.

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El Obispo de Hipona viaja a Utopía






El genio de san Agustín (354-430) alcanza su máxima elevación en su celebérrima obra La Ciudad de Dios, expresión de dos reinos incompatibles e irreconciliables: el de Dios y el del Diablo.

En la primera parte, el autor rechaza las acusaciones de los paganos contra la Iglesia; pero al mismo tiempo ataca a fondo el paganismo, demostrando su incapacidad para asegurar la prosperidad y de felicidad en la tierra.

En la segunda, el obispo de Hipona hace la confrontación de los dos reinos. De acuerdo con una visión providencialista, distribuye los acontecimientos históricos en seis días, con su mañanas y tardes. Éstas siempre oscurecen con una catástrofe. Pero como todo tiene su fin, este estado de cosas tiene su término en el “juicio final”. Los dos reinos se separan para no encontrarse nunca más, pues Dios triunfa sobre Satanás y destruye su reino. Amanece, entonces, el séptimo día, ya ultraterreno, día de descanso eterno en el que Dios impera en su Ciudad.

¿Qué hacen los ciudadanos de este reino, cuyo monarca impera, ahora sí, de manera incontestada? Es fatigosamente repetitiva la declaración de san Agustín sobre la “vida” que llevan los ciudadanos de Dios. La utopía está al final porque estuvo al principio. “Porque ¿quién se atreverá a negar que los primeros hombres en el Paraíso, antes de caer en el pecado, fueron bienaventurados?” (XI,12). Libres de toda molestia, los cuerpos resucitados -carne espiritual- gozarán de Dios en “la amable compañía de los ángeles” (ib.). Cuerpos libres de necesidad, no de potestad o posibilidad, serán espirituales, “no porque dejarán de ser cuerpos, sino porque se sustentarán y perseverarán en el espíritu que los vivifica” (XIII,22).

La Ciudad de Dios está habitada por Dios y sus ángeles, y será habitada, también, por los cuerpos resucitados, espiritualizados, cuerpos ahora inmortales e incorruptibles, como se describe en el libro XXII de la obra. ¿Y qué harán tales cuerpos?, podemos preguntar. Lo único que harán los cuerpos resucitados de los santos en la Ciudad de Dios -contesta este Padre de la Iglesia- será contemplar a Dios con el alma (intuitivamente) y con los ojos del cuerpo. En esto consiste su bienaventuranza, como la de los ángeles. “¿Qué tal será el movimiento que tendrán allí estos cuerpos?”, se pregunta el santo. Se contesta cándidamente: “No me atrevo a definirlo, por no poder imaginarlo” (XXII,30).

Como es fácil de comprobar, el Paraíso de san Agustín es una promesa de un teólogo con cierta formación filosófica. No sé si también será de pura contemplación el que nos prometen los neosocialistas del siglo XXI.

carloshjorge@hotmail.com
Publicado por TalCual el miércoles 16 de enero de 2008, pág. 21
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