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viernes, 18 de julio de 2008

De la mujer


Discutir de religión es como pelear por la sombra de un burro, como decía un refrán griego. Pero la discusión es pertinente cuando están en juego los Derechos Humanos. De hombres y de mujeres. En estos días se ha discutido de algunos de los hombres. Hablemos un poco de los de las mujeres en la Iglesia católica.

San Pablo odiaba a las mujeres, igual que San Agustín, después que se cansó de ellas. Éste tildó al placer sexual de enfermedad, podredumbre, pus nauseabundo, monstruoso, diabólico, locura... y fanáticamente condenó lo que definió como "la concupiscencia en el matrimonio".

Desde la cruzada emprendida por el Apóstol de los Gentiles y por el Obispo de Hipona, la mujer es señalada como el ser maldito y despreciable contra el que hay que luchar para salvarse (los varones). Y esta impronta patológica quedó grabada a fuego, hasta el día de hoy, en el cuerpo teológico y vital de la Iglesia católica y de sus clérigos, así sean papas. Los buenos conocedores de la curia romana dicen que el desprecio de cierto papa por las mujeres sólo tenía parangón con su amor por los hombres.

Para entender a la Iglesia de hoy, desandemos unos siglos. En Corintios 1, el apóstol Pablo desgrana estas perlas: "Comenzando a tratar de lo que me habéis escrito, bueno es al hombre no tocar mujer" (7,1). Insiste : “Dígoos, pues, hermanos, que el tiempo es corto. Sólo queda que los que tienen mujer vivan como si no tuvieran” (7,29). Y añade: “”Quien, pues, casa a su hija doncella hace bien y quien no la casa hace mejor” (7,38). Esto es: ¡a quedarse solteras, chicas!

¿Y cuál es el papel de la mujer? La respuesta se comprende si se acepta el principio: “El varon (...) es imagen y gloria de Dios; mas la mujer es gloria del varón, pues no procede el varón de la mujer, sino la mujer del varón; ni fue creado el varón para la mujer; sino la mujer para el varón” (11,9). Como el lector puede deducir, Pablo no quería nada con mujeres. No deja de ser ilustrativo el “olvido” que tiene el fariseo de su madre en el último pasaje.

Sentadas las premisas, las conclusiones se caen de maduras, como le dice a Timoteo (1): “La mujer aprenda en silencio, con plena sumisión. No consiento que la mujer enseñe ni domine al marido, sino que se mantenga en silencio, pues el primero fue formado Adán, después Eva. Y no fue Adán el seducido, sino Eva, que, seducida, incurrió en la transgresión. Se salvará por la crianza de de los hijos si permaneciere en la fe, en la caridad, en la castidad, acompañada de la modestia” (2,10-15).

¡Pobre mujer! ¡Un remedio para la concupiscencia de los hombres! ¡Sólo se salva, si se salva, criando hijos que los hombres producen! Doctrina actual de la Iglesia.

carloshjorge@hotmail.com
Publicado por TalCual el 2 de octubre de 2003, pág. 12
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Publicado por El Aragüeño, Maracay, el 14 de marzo de 2006

miércoles, 2 de julio de 2008

El Obispo de Hipona viaja a Utopía






El genio de san Agustín (354-430) alcanza su máxima elevación en su celebérrima obra La Ciudad de Dios, expresión de dos reinos incompatibles e irreconciliables: el de Dios y el del Diablo.

En la primera parte, el autor rechaza las acusaciones de los paganos contra la Iglesia; pero al mismo tiempo ataca a fondo el paganismo, demostrando su incapacidad para asegurar la prosperidad y de felicidad en la tierra.

En la segunda, el obispo de Hipona hace la confrontación de los dos reinos. De acuerdo con una visión providencialista, distribuye los acontecimientos históricos en seis días, con su mañanas y tardes. Éstas siempre oscurecen con una catástrofe. Pero como todo tiene su fin, este estado de cosas tiene su término en el “juicio final”. Los dos reinos se separan para no encontrarse nunca más, pues Dios triunfa sobre Satanás y destruye su reino. Amanece, entonces, el séptimo día, ya ultraterreno, día de descanso eterno en el que Dios impera en su Ciudad.

¿Qué hacen los ciudadanos de este reino, cuyo monarca impera, ahora sí, de manera incontestada? Es fatigosamente repetitiva la declaración de san Agustín sobre la “vida” que llevan los ciudadanos de Dios. La utopía está al final porque estuvo al principio. “Porque ¿quién se atreverá a negar que los primeros hombres en el Paraíso, antes de caer en el pecado, fueron bienaventurados?” (XI,12). Libres de toda molestia, los cuerpos resucitados -carne espiritual- gozarán de Dios en “la amable compañía de los ángeles” (ib.). Cuerpos libres de necesidad, no de potestad o posibilidad, serán espirituales, “no porque dejarán de ser cuerpos, sino porque se sustentarán y perseverarán en el espíritu que los vivifica” (XIII,22).

La Ciudad de Dios está habitada por Dios y sus ángeles, y será habitada, también, por los cuerpos resucitados, espiritualizados, cuerpos ahora inmortales e incorruptibles, como se describe en el libro XXII de la obra. ¿Y qué harán tales cuerpos?, podemos preguntar. Lo único que harán los cuerpos resucitados de los santos en la Ciudad de Dios -contesta este Padre de la Iglesia- será contemplar a Dios con el alma (intuitivamente) y con los ojos del cuerpo. En esto consiste su bienaventuranza, como la de los ángeles. “¿Qué tal será el movimiento que tendrán allí estos cuerpos?”, se pregunta el santo. Se contesta cándidamente: “No me atrevo a definirlo, por no poder imaginarlo” (XXII,30).

Como es fácil de comprobar, el Paraíso de san Agustín es una promesa de un teólogo con cierta formación filosófica. No sé si también será de pura contemplación el que nos prometen los neosocialistas del siglo XXI.

carloshjorge@hotmail.com
Publicado por TalCual el miércoles 16 de enero de 2008, pág. 21
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