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jueves, 17 de julio de 2008

Objetado


-Buenos días.
-Buenas.
-Por favor, quisiera renovar mi cédula.
-Ajá. ¿Le ha sacado copia?
-Sí, señor, aquí la tengo.
-Deme acá la original y tome asiento .
No hay lugar dónde sentarse. Un individuo recibe la cédula y marca un número en una teléfono celular. Habla con alguien por el aparato. Espera. A una seña suya, vuelve a la sala el primer funcionario.
-¿Señor XY?
-Sí, soy yo.
-Objetado.
-¿Cómo?
-Está objetado. Diríjase al piso 6 del edifico de la DIEX en El Silencio. Que pase el siguiente.

-Buenos días. ¿Estoy en el piso 6?
-Sí.
-Me envían de la DIEX de la Av. Andrés Bello para renovar mi cédula.
-Bueno, esto es del Consejo Nacional Electoral, pero tiene que venir el próximo lunes. Trabajamos de lunes a jueves de ocho y media a once y media, y de una y media a cuatro y media.
-Muchas gracias, señor. Adiós.

En la teoría fue J. Lacan quien primero invirtió la conocida fórmula saussereana del signo lingüístico de significado sobre el significante con un propósito práctico, terapéutico. En efecto, el psicoanalista francés enseñaba que el significante marca al sujeto. Es decir, el sujeto es efecto de la cadena del significante, pues está marcado en el lugar del significado de un significante que lo representa ante otro significante. Entre los dos hacen la cadena.

Si traducimos la jerga, diremos que la cédula de identidad es un significante fundamental proporcionado por el Gobierno y que sustituye y representa ante el significante primordial, el Estado, a un individuo. Mediante un número, éste queda incrustado, sujeto, como eslabón en una compleja red denominada ciudadanía. De existencia natural pasa el individuo a la existencia política: ciudadano, con derechos y deberes. Pero si esa cédula de identidad le es arrebatada, no existe. 

La pregunta es: ¿Cómo se renueva una cédula de identidad sin ser humillado por ejercer un derecho?

carloshjorge@hotmail.com
Publicado por TalCual, pág. 13, el 5 de abril de 2004
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El limbo


Es bien sabido: el Papa supera a todos los creyentes y por mucho. ¡Antiguamente era un simple diácono de Roma; hoy, jefe de todos los obispos, arzobispos, cardenales, patriarcas, jefes de gobierno y de Estado, sean presidentes, reyes o emperadores! Y el Espíritu Santo lo ayuda en el gobierno de la Iglesia, lo impulsa a crear sin interrupción.

Una de las operaciones más brillantes que ejecutó con respecto a lo pasado fue la de enviar a los paganos y judíos que vivieron antes de la Era Cristiana a un reino que él no había creado por sí mismo (como el Purgatorio): el Limbo. En efecto, el Limbo era el único lugar del universo en el que verdaderamente no tenía nada qué decir, pues pertenecía a la jurisdicción natural del diablo. Sin embargo, el poder papal permitió colocarlo al borde (limbus, 'borde', 'canto') del Infierno. Allá envió a esa masa humana, presa de la órbita de su poder. ¡Y, cosa comprensible, allí fue recibida! Aproximadamente treinta años más tarde, el Santo Padre recuperó un cierto número de estas personas para trasladarlas al Cielo. Entre los rescatados estaban, según afirmaciones dignas de fe, Aristóteles, Platón y Sócrates, la reina de Saba, David, Eva y Adán...

Sobre el Limbo, los niños católicos de hace unos años aprendían que es el lugar donde van las almas de los que antes del uso de la razón mueren sin el bautismo. A él van los que mueren con pecado original y sin ningún otro pecado personal. En él no se sufre pena de sentido, porque ésta corresponde a las faltas personales, pero tampoco gozan de la visión de Dios. Se encuentran, sin embargo, en un estado feliz, en un estado que podemos llamar felicidad natural imperfecta, o sea, la que gozarían los hombres, si Dios no los hubiera elevado al orden sobrenatural, y en él conocerán a Dios y gozarán, no como en el Cielo.

En el Catecismo del Papa Wojtyla, el Limbo queda en el limbo, pero permanece el "Seno de Abrahán", adonde bajó Jesús a buscar a los justos para llevarlos al Cielo. En efecto, según el Credo, versión "Símbolo de los Apóstoles", Jesús descendió a los infiernos. "En cuanto a los niños muertos sin bautismo -señala el Catecismo-, la Iglesia sólo puede confiarlos a la misericordia divina, como hace en el rito de las exequias por ellos. En efecto, la gran misericordia de Dios, que quiere que todos los hombres se salven y la ternura de Jesús con los niños, que le hizo decir: "Dejad que los niños se acerquen a mí, no se lo impidáis", nos permiten confiar en que haya un camino de salvación para los niños que mueren sin Bautismo (& 1261)”. De estas palabras se puede deducir que la silla de Pedro se está desarticulando. ¡Dejar a los inocentes sin un lugar en qué refugiarse?

Acusados de pecado original, igual están y en manos de la misericordia divina los pecadores firmantes de la famosa lista que solicitaron el constitucional RR.

carloshjorge@hotmail.com
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Publicado por Talcual, pág. 15, el jueves 14 de abril de 2005

miércoles, 2 de julio de 2008

Pilatos



De Poncio Pilatos escribió F. Nietzsche: “En todo el Nuevo Testamento no hay más que una sola figura honorable: Pilatos, el gobernador romano”. Pero la verdad respecto a Pilatos está muy lejos de lo que escribió el filósofo de Sils-María.


Sabemos más de Poncio Pilatos por fuentes externas que por los evangelios. Sin embargo, no podría haber mayor discrepancia entre el Pilatos que conocemos por la Historia y esa figura débil que juega un papel tan vacilante en el drama de la Pasión y que Nietzsche reivindica. Tenemos descripciones bastante detalladas del Pilatos real en las obras de Filón de Alejandría, Flavio Josefo, Suetonio y Tácito.


Los autores seculares acusan a Pilatos de mezquindad, avaricia, crueldad y menosprecio altanero hacia los sentimientos ajenos. Los evangelistas lo describen lleno de intenciones más humanas y honorables hacia los sometidos a su gobierno; en fin, que hace lo posible por intentar convencerlos para que desistan de su locura. Cuando la obligación política lo fuerza a cumplir con un deber que le repugna, se lava las manos antes de entregar al reo... ¡para que lo ejecute la fuerza del Imperio!


Pero el gobernador que había condenado a morir en la cruz a Jesús se convirtió, por obra de la apologética, en un instrumento de defensa de la fe cristiana. El riguroso Pilatos fue suavizándose de evangelio en evangelio. A medida que va separándose de la Historia, va convirtiéndose en un personaje cada vez más agradable. Sin embargo, bruscamente, en el siglo IV la imagen de Pilatos como amigo de Jesús se inmoviliza. ¿Por qué? Por las condiciones históricas. En su carrera póstuma, Pilatos fue víctima del emperador Constantino. Si el cristianismo se hubiera convertido en una religio licita una generación después del Edicto de Milán de 312, Poncio Pilatos figuraría, sin duda, en el santoral cristiano, lo mismo que su mujer figura, hoy, en el santoral de la Iglesia Griega.


De historia paralela pudiera ser calificada la abominable “hazaña” del diputado de cuyo nombre no quiero acordarme. Celoso trabajador para el poder revolucionario, se esmeró en elaborar una obra de impía y cruel filigrana: la Lista, que sirvió (y sirve) para atropellar a millones de inocentes. Por ella no podrá ser borrado del catálogo de los infames. Así apostate de su Constantino, el único paso digno que le resta dar al torvo político, tras ser expulsado “por denuncias sin pruebas y por irresponsable”. Algunos lo consideren una víctima de aquél a quien sirvió y lloran la desgracia de quien debe ser considerado un desgraciado.


carloshjorge@hotmail.com
Publicado por TalCual con dibujo, pág. 20, el miércoles 26 de Marzo de 2008.

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