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viernes, 18 de julio de 2008

Esta oscura desbandada



Homero describe el lugar: una vasta planicie subterránea. Sus habitantes vagan apáticos como sombras sin inteligencia, sin dolor ni alegría, por las melancólicas praderas desprovistos de esperanzas

Se entra por una cueva de afiladas rocas. La oscuridad es cada vez mayor. Tinieblas cenicientas, espesas de silencio, pero que no se alcanzan a ver, vuelan por todas partes. Los fantasmas se duplican alrededor. Se pueden reconocer voces heladas. El fétido olor que todo lo invade anuncia la cercanía de uno de los cinco ríos que es preciso recorrer para el último viaje. Más allá están el Aqueronte, el Cocito, el Flegetón y el Leteo, donde todo se olvida.

En una margen sombría y estéril del Estigia, el primero de los ríos, aguarda el barquero Caronte para llevar a los viajeros al otro lado. De los pasajeros recibe el óbolo que los parientes les habían colocado bajo la lengua como pago para la travesía.

Mientras navegan, el barquero, sordo a los lamentos, señala la dirección. Tienen que atravesar el bosquecillo de Proserpina. Después, el portón del Erebo, guardado por Cerbero, can de múltiples cabezas. Detrás de él, el reino de los Infiernos.

Traspuesta la entrada, la barca llega a su destino. Los viajeros bajan y se apostan en las penumbras a la espera del juicio. Frente a ellos se abren dos caminos: uno va hacia los Campos Elíseos, lugar de temperatura amena, suaves brisas y constante felicidad; allí viven los héroes, los favoritos del Olimpo y los justos y respetuosos de los dioses. El otro lleva al Tártaro, lugar de tormento rodeado por una triple muralla, al pie de la cual corren las llamas del río Flegetón. En sus márgenes padecen, entre otros, los Gigantes (o la fuerza bruta), que se alzaron contra Zeus (o la razón).

Ante el alma estremecida por la ansiedad, se presentan tres jueces, tres figuras taciturnas y severas que, sin vacilar, castigan o recompensan. Por último, surge Hades, juez de jueces, señor de la noche, hijo invisible del Tiempo y de la Tierra. El rojo de sus ropas destaca en el fondo umbroso de sus dominios. De ceño fruncido, no llora ni sonríe. El rostro impávido, olvidado de la luz, muestra la cansada gravedad de quien hace tiempo que está acostumbrado a formular la sentencia final. Sus súbditos están muertos.

¿Por qué toda esta descripción? Porque el descontrol, desatinos y desesperos y, sobre todo, la falta de buen humor de que está dando muestras esta oscura desbandada que nos (des)gobierna parecen indicar su viaje a... tan inhóspita residencia.

carloshjorge@hotmail.com
Publicado por TalCual el 8 de diciembre de 2003, pág. 13
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miércoles, 16 de julio de 2008

El síndrome de Sísifo


Cantidad de escritores, que uno lee y respeta, navegaron en ríos de tinta para encontrar argumentos en el mar de los abstencionistas en las últimas elecciones, para alertarlos sobre los peligros de morir ahogados. Hasta la dirección editorial de TalCual gastó muy buenos cartuchos disparándole a zamuros que revoloteaban sobre un cuerpo en acelerado estado de descomposición.

El muerto no es otro más que el sistema de partidos políticos de Venezuela. La defunción ocurrió después de una larga enfermedad que podemos identificar como el síndrome de Sísifo.

Según el mito, fue Sísifo, rey de Corinto, el hombre más ingenioso de Grecia. En cierta ocasión, por haber delatado a Zeus que había raptado a la ninfa Egina, el padre de los dioses le envió a la Muerte para que lo castigara y lo arrojara a los Infiernos. Su tétrica presencia, sin embargo, no asustaba al pícaro soberano. Amablemente invitó Sísifo a la Muerte a entrar por una puerta. Cuando la hija de la Noche y hermana del Sueño se dio cuenta, ya estaba aprisionada en un calabozo. Por largo tiempo nadie murió en el mundo. Plutón estaba triste y alarmado porque los Infiernos no recibían nuevas almas. La barca de Caronte yacía varada en una ribera de la laguna Estigia. Recurrió, entonces, a Zeus. El Olímpico envió a Marte para que desatara a la Muerte. La primera víctima fue el propio rey de Corinto. Pero éste se había confabulado con Mérope, su esposa, para que no le hiciera honras fúnebres. Vagando por las soledades del inframundo, el otrora poderoso monarca se lamentaba día y noche porque no había sido sepultado. Plutón, apiadado, lo dejó regresar para que arreglara cuentas con su mujer. El astuto Sísifo se escapó con la firme resolución de no volver a las sombras infernales.

Pero Sísifo envejeció. De pronto le faltaron las fuerzas para seguir huyendo de la Muerte y fue, entonces, alcanzado y arrastrado a los subterráneos del mundo.
Plutón, que no había olvidado la fuga del ladino rey, tomó ahora las precauciones necesarias para mantenerlo ocupado en sus dominios. La tarea que le impuso no le permitía un solo minuto de descanso y le impedía cualquier evasión: debía hacer rodar cuesta arriba en una montaña una enorme roca; pero, tan pronto como llegaba a la cumbre, la roca se despeña por la otra ladera y él tiene que volver a empezar su inútil trabajo.

Así están los partidos políticos en Venezuela: tratando de mover la voluntad adversa de los ciudadanos, que en otros tiempos votaron con fervor o con rencor. Ni todos los trucos legales e ilegales, inventados o por inventar; ni llamados desgarradores ni otros menos melodramáticos sirven para resucitar cuerpos que, hace tiempo, son cadáveres. Algunos celebran los decesos, sin darse cuenta de que hay muertos al pie de las urnas y dentro de ellas, también, si son agencias de empleo.


PUBLICADO POR TALCUAL, PÁG. 15, EL 14 DE FEBRERO DE 2006
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