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miércoles, 30 de julio de 2008

Elogio del latero

A Giovanni Mauriello

Confieso que ha sido una lástima que el alcalde metropolitano no haya tenido mayor éxito (que se sepa) con el I Congreso de Nómadas, reunido en Caracas el 20 de julio de 2005, para que los trashumantes citadinos deliberaran sobre su propia situación y aprendieran a vivir en comunidad. La idea es digna de figurar no sólo en el criollo "Nuestro insólito universo", sino, y sobre todo, en "Aunque usted no lo crea", de Ripley.

La parábola de los invitados descorteses, narrada por Mateo (22, 2-14), explica el resultado anotado. Brevemente: Un hombre rico preparó un fastuoso banquete en la boda de su hijo. Llegado el día, todos los que habían sido invitados se excusaron por no poder asistir. El hombre, irritado, llama a su criado: "Sal aprisa a plazas y calles de la ciudad, y a los pobres, tullidos, ciegos y cojos tráelos aquí". Como aún quedaban puestos vacíos, envió nuevamente al criado: "Sal a los caminos y cercados, y obliga a entrar, para que se llene mi casa, porque os digo que ninguno de aquellos que habían sido invitados gustará mi cena". Es decir, esta gente de "los caminos y cercados" o "las personas en situación de calle", como quiere la prosa revolucionaria burocrática, sólo asiste si es obligada. Le importa un comino el banquete de la ciudadanía; le importa, por el contrario, la independencia casi absoluta... en sociedad.

Es muy común oponer ciudadanos a menesterosos, indigentes a gente normal. La población desafortunada, apartada de la vida del intercambio social, es imaginada desde fuera con asco. Recordaba G. Bataille que el profundo desgarramiento que opone los diferentes aspectos de la existencia aparece más claramente revelado en la ambigüedad de la palabra "miserable". Después de haber significado "que inclina a la piedad", el término se ha convertido en sinónimo de "abyecto".

Pero el latero miserable es el verdadero "único y su propiedad", del que escribiera Stirner. Recorriendo con prisa las calles para recoger los metales que le permiten vivir con dignidad, carga sobre sus espaldas la libertad tan preciada. No sabemos por qué infortunios estos desheredados tomaron la calle. Pero uno no puede menos que reconocer su pundonor. No se consideran desdichados. Quien mantiene un talante estoico, incluso cuando lo ha perdido todo, posee dentro de sí algo que detenta un valor intrínseco y se hace acreedor de nuestra compasión, cuando menos, y de nuestro respeto.

Después de diez años, los "ciudadanos normales" gobernamos un desastre económico, hemos demolido las instituciones políticas, el caos social reina en todas partes y la confusión ideológica impera. Ante este panorama, ¿quién no añora ser latero?

Artículo publicado por Tal Cual, pág. 21, el miércoles 30 de julio de 2008
JUSTICIA: La magnífica foto del latero equilibrista fue tomada de: farm2.static.flickr.com/1328/1474209964_eca5b...
Lector, si me dejas un Comentario, mejoro el blog. Doblemente agradecido

lunes, 21 de julio de 2008

Sociedades Americanas en 1828 por Simón Rodríguez




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Simón Rodríguez (Caracas, Venezuela, 1769; Amotape, Perú, 1854) no escribió (totalmente) en 1828 la obra que lleva por título Sociedades americanas en 1828. En efecto, en ese año de 1828, en Arequipa (Perú) solamente publicó un cuaderno de treinta y cuatro páginas que constituye el "Pródromo" o discurso precursor de la que será denominada por el autor "obra clásica". Y es muy posible que gran parte de la primera publicación del filósofo caraqueño fuera redactada en Europa, en donde había vivido, entre 1800 y 1823, dedicado a la enseñanza, pues le dijo a Simón Bolívar en noviembre de 1824: "Tengo muchas cosas escritas para nuestro país, y sería lástima que se perdiesen". En 1831, en Lima, el autor hace imprimir un volante que "anuncia una obra larga". El 27 de febrero de 1840, El Mercurio de Valparaíso (Chile) publicó un curioso "EXTRACTO de la introduccion á la obra intitulada SOCIEDADES AMERICANAS en 1828". La "Imprenta del Comercio por J. Monterola", de Lima, en 1842 edita la obra completa que ahora consta de 153 páginas. De ella hablaremos en este artículo, no sin antes referirnos al poco éxito que tuvieron, en vida, las publicaciones del filósofo, según nos confesó un año después al publicar las Críticas a las Providencias del Gobierno : El año 28 dio, en Arequipa, el primer ataque al Gobierno Representativo i al abuso de la Prensa, un Cuaderno de nueve pliegos intitulado SOCIEDADES AMERICANAS [el cuaderno es el Pródromo, o discurso precursor, de una obra larga que las circunstancias no han permitido continuar]—i el año 30 (en Arequipa también)apareció la Defensa de los Jefes Republicanos, en la persona del Jeneral Bolívar. Chocáron con las preocupaciones las Ideas,, i muchos de los que debian acojerlas las despreciáron: la Defensa de Bolívar, tasada en 2 pesos por costos de impresión, la hizo vender un librero por las calles a real,, i el Pródromo anduvo por las tiendas envolviendo Especias—ahora buscan uno i otro = luego se aprecia hoy lo que se despreció ayer.

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A cualquier lector deben extrañarle tres aspectos de la escritura de Simón Rodríguez. En primer lugar, la manera de presentar las ideas y los pensamientos. Las primeras son pintadas "en Paradigma"; los segundos, "en Sinópsis". El paradigma hace sentir; la sinopsis, pensar. En un largo pasaje de Luces y virtudes sociales (Concepción, 1834; Valparaíso, 1840), justificó el filósofo la "FORMA que se da al DISCURSO", forma que él había adoptado por primera vez en el Pródromo de 1828. ¿Por qué ese modo de expresión? Porque su intención permanente fue instruir, informar (dar forma con ideas fundamentales que todos han de saber para vivir en República ), en una palabra: educar. Una característica esencial de la filosofía de Simón Rodríguez es su intención pedagógica. El maestro que fue de primeras letras en la Caracas colonial entre 1791 y 1795 lo marcará para siempre. El lector de Rodríguez siente que está en un aula escuchando al maestro que le enseña y le explica lo que le enseña; siente que el maestro se baja al nivel del alumno para aclararle el correcto significado de los términos que emplea, para advertirle, para hacerle notar la importancia de algo. Sociedades Americanas en 1828 está llena de notas, advertencias y definiciones. Si esta forma de expresión hace que la escritura del filósofo caraqueño sea inconfundible, también lo es su ortografía. Muy de acuerdo con su doctrina pictórica, la ortografía fonética que emplea daría cuenta de los sonidos que la boca emite. En realidad, en esto no es original Simón Rodríguez, aunque lo parezca. El filósofo no hace sino seguir las recomendaciones de Nebrija (a quien nombra en otro lugar) y del Padre Feijoo (a quien nombra en esta obra de 1828), y que hace poco volvió a proponer Gabriel García Márquez en Zacatecas, México. Hay un tercer aspecto de la escritura de Rodríguez (sobresaliente en Sociedades Americanas en 1828) al que es preciso dedicarle unas líneas. Simón Rodríguez escribió en aforismos, como F. Bacon, y en máximas, como la Rochefoucauld. Pero esta elección de la forma expresiva entraña una grave contradicción. El discurso aforístico, como recordó el filósofo, es para hablar con los sabios, pues "para ellos las sentencias son PALABRAS". ¿Cómo conciliar entonces esta forma de expresión con la intención manifiesta de "instruir al pueblo"? En otro lugar, el autor se deshizo de esta observación mostrando que hay varias especies de pueblo. El empleo de la palabra 'pueblo', como categoría que expresa las distintas formas, grados y estratificaciones del conocimiento, es uno de los legados más preciosos de Rodríguez a la posteridad. Tal vez la comprensión de América, hoy, implique la comprensión de los grados del verdadero o falso saber que tiene el pueblo americano para vivir en República.

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Al tratar de atrapar la estructura de Sociedades Americanas en 1828, el lector descubre que se le escurre. Sigue Rodríguez un método expositivo que bien podríamos denominar de asociación libre. Sin dejar de pensar en el objeto de sus reflexiones (y siguiendo un plan perfectamente calculado), el filósofo se deja llevar, sin embargo, por el encantamiento que sobre él ejercen ideas de la más diversa índole (y que considera deber participar al lector). Así, teorías políticas y observaciones pedagógicas, principios morales y económicos, cuestiones de lingüística, historia, semiología o geografía danzan con temas sociológicos, de antropología, de religión, de botánica..., al lado de definiciones, y adobado todo con ironía voltairiana. Como en el Platón de la vejez, la obra incluye, también, ¡varios arbitrios y... un "PROYECTO DE LEI". De todo hay en Sociedades Americanas en 1828.

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El postulado que Rodríguez asienta para iniciar una investigación de las sociedades americanas en 1828 es: 

En la América del Sur las Repúblicas están Establecidas pero nó Fundadas 

A partir de esta proposición que admite sin pruebas, pero que le es imprescindible para la indagación filosófica, llega el autor a una primera conclusión importante: el Gobierno que adopten las naciones americanas debe ser "Etolójico, esto es, fundado en las costumbres". Y añade: "En él serán felices todos los que sean capaces de seguir un nuevo plan de vida". Aquí comienza el fundamento republicano (en el que se puede apoyar un futuro distinto): costumbres republicanas, de los jefes y de la masa. Por esta razón pasa revista, de inmediato, a las impropiedades de ambos en tan decisivo momento histórico. Hecha la revisión, emprende Rodríguez la tarea -por la que espera ser recompensado con gloria- de introducir (llevar adentro) la República en los pueblos de América, en los seres que pueblan América. Y más: el salto de la América colonial a la América independiente se le presentaba como el momento estelar para reformar racionalmente la manera de vivir que durante tanto tiempo el mundo había esperado. Por esta razón, asentó al comienzo de la edición completa de la obra en 1842: 

 Solo pido, a mis contemporáneos, una declaracion, que me recomiende a la posteridad, como al primero que propuso, en su tiempo, medios seguros de reformar las costumbres, para evitar revoluciones— empezando
por la ECONOMIA social, con una EDUCACION POPULAR reduciendo
la DISCIPLINA destinacion a ejercicios UTILES, i propia de la economía a 2 principios aspiracion FUNDADA a la propiedad
i deduciendo
de la disciplina el DOGMA lo que no es JENERAL no es PUBLICO lo que no es PUBLICO no es SOCIAL 

 Y éste es el gran proyecto del maestro caraqueño. En otros términos, las costumbres que se necesitan para vivir en República sólo pueden lograrse mediante una educación popular, de todos y para todos. Esa educación no puede quedar en manos de cualquiera. Popular quiere decir general, pública, social. Se entiende, por tanto, que importa al Gobierno. En el sistema republicano, comenta el filósofo, el Gobierno debe formar las costumbres del pueblo (de quien es gobierno) a través de una educación social, que, a su vez, creará una "autoridad pública nó una autoridad personal (monárquica), que se sostendrá "por la voluntad de todos". Insiste el filósofo en que las costumbres son "efectos necesarios de la EDUCACIÓN", porque "educar es CREAR VOLUNTADES". En otros términos, la autoridad republicana descansa en las costumbres del pueblo republicano, porque circula por todo el cuerpo social como la sangre en el animal. Si la autoridad descansa en todos, sin excepción, todos deben contribuir con su sostenimiento. Y deben tener la oportunidad de dar esa contribución. Por ello, el concepto de ejercicios útiles de Simón Rodríguez, además de suponer la distinción fundamental entre trabajo productivo e improductivo, no es solamente un concepto económico. No hay que entender la “destinacion a ejercicios UTILES” como un no estar ocioso, pues se puede estar ocupado sin “estar ocupado socialmente”. El concepto de utilidad supone la presencia social e histórica del otro. En la sociedad de Rodríguez no hay competidores, hay socios en igualdad de condiciones. La oportunidad que se pide para los pueblos de América está en la posibilidad de la propiedad a que todos aspiran. Pero esa propiedad debe ser fundada (esto es, basada, debida a las propias fuerzas), de tal manera que, a través de ella, se puedan satisfacer las necesidades que persiguen al hombre y que por ellas se destrozan. Todos aspiran satisfacer sus necesidades porque la propia aspiración es una necesidad conservadora. Esas necesidades son de alimento, de vestido, de alojamiento, de curación y de distracción, necesidades que “estan, como 5 fuentes, manando centenares de pleitos al día”. Rodríguez cree, con Aristóteles, que la propiedad es el fundamento de la virtud, pues “el HAMBRE convierte los crímenes en actos de virtud, por la obligacion de conservarse”. No puede ser virtuoso quien no es propietario, porque le falta -en el sistema de aristotélico- una condición indispensable para ello: la autonomía o la autarquía; el no propietario depende de los demás y, por tanto, no puede aspirar a ser libre. En el sistema de Rodríguez -sistema eminentemente ético-, la satisfacción de las necesidades (con el acceso a la propiedad) es el punto de partida de una vida virtuosa. En esto se apoya su idea de “COLONIZAR el pais con... sus PROPIOS HABITANTES”, cuyo proyecto cierra Sociedades Americanas en 1828. Simón Rodríguez pide a la clase influyente que se les dé (en propiedad) a los desposeídos las tierras abandonadas. Pero los colonos no han de ser abandonados a su suerte, sino regidos por una “Dirección Jeneral” del Gobierno que “debe considerar las conveniencias económicas, civiles, morales y políticas de la Industria y la condición de los productores”.

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No es casual que en la página (capital), en donde aparecen las ideas con las que concluimos el punto anterior, termine el autor hablando del amor propio. Y no es casual porque, si se quiere efectuar esa transformación profunda de la sociedad, hay que contar con los hombres que la constituyen. Y el resorte fundamental del obrar humano, según el filósofo caraqueño, es el amor propio . Para Rodríguez, el hombre es un animal de deseos. Y el amor propio es un deseo "de ESENCIA" en el hombre. "Es -define el filósofo- el deseo de ser más que otro, u otro tanto, si es mucho lo que otro vale: i cuando no halla con quien compararse, desea solamente ser más de lo que es, para no exponerse a dejar de ser, i quedar en lo que debe ser—entonces no se llama amor propio, sino amor de sí mismo". En el orden de preferencias, Simón Rodríguez está más por el amor propio que por el amor de sí mismo, aunque propiamente todo es uno. El amor de sí mismo expresaría la conservatio sui que prefería Rousseau, porque es una especie de amor propio sin término de comparación. En pocas palabras, el amor de sí mismo no es otra cosa que la tendencia natural (propia de todos los seres) al bienestar, a estar bien, pero que no opera mucho como resorte de la acción. Rousseau había rechazado el amour prope porque es amor "que se compara". Justamente para Rodríguez, es en esta comparación con los demás donde radica el que el amor propio sea "el motor de todo lo que emprendemos", "causa de todos los yerros como de todos los aciertos", "juez de todo lo que hacemos". Entonces, ¿cómo aprovechar lo bueno y dejar lo que alucina del amor propio? La respuesta a esta pregunta es un grito de las angustias éticas del filósofo.
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En algún lugar dije alguna vez que Sociedades Americanas en 1828 es la expresión del esfuerzo de Simón Rodríguez para definir, de otra manera, el concepto de 'civilización'. Porque nos hacemos mucho daño, critica implacablemente a quienes están viendo la civilización en otro lado. Al final de la obra, en una página escasa, define el filósofo el término mostrando que es el resultado de un largo proceso de evolución moral, es decir, a través de él es posible constatar, o no, si hubo ascenso del hombre. La evolución humana pasa por tres estadios. En un primer momento, la naturaleza le concede al hombre tres derechos: a la existencia, a ocupar un lugar que posibilite la existencia y el derecho a defenderlo para defenderla por los medios que el instinto le dicta. Es éste el estadio individual. Hay, sin embargo, dos sentimientos humanos originarios que van a diferenciar al hombre de otras especies animales. El primero es el sentimiento de compasión. El hombre comprueba que los otros hombres padecen como él. Sobre este sentimiento se puede asentar la convivencia posterior. El segundo sentimiento es el de la predilección por sus semejantes. Este sentimiento, como el de la compasión, surge del saber humano. El hombre "conoce que, en su compañía (la de los semejantes), padece ménos i goza mas, que estando Solo, o en compañía de otros animales". No cabe duda, entonces, de que el semejante -como le gusta decir a Rodríguez- es el objeto más placentero para el hombre, porque no sólo se goza en él sino que goza con él. Por eso el hombre elige al hombre. De ello se deduce que no puede destruirse mutuamente para gozar de las comodidades de la vida, puesto que el mayor goce está "en compañía" del semejante. Estamos aquí en el estadio gregario o de la manada (sociedad actual = conjunto por agregación). Es éste el estadio de los individuos indiferenciados que se han conectado entre sí, a través de lazos familiares o de clase, para defender -así sea a cornadas o a mordiscos como la jauría- sus interés más descarnados. El tercer estadio es el social, momento de perfeccionar la naturaleza. Es el encuentro o, más bien, la creación de su humanidad. Para alcanzar lo social es preciso, en primer lugar, transmutar los sentimientos gregarios de compasión y de predilección por los semejantes. Esa perfección no es otra cosa que la reducción de los dos sentimientos a uno solo: el sentimiento de HUMANIDAD. Ahora, el animal humano es hombre. Sólo "en el trato con sus Semejantes", el hombre tiene la posibilidad de construir (y de encontrar) su humanidad. Sólo a través de su trato, el hombre se descubre como hombre descubriendo al semejante. De la reducción y "combinación de sentimientos forma cada hombre su conciencia" . En el trato con los semejantes el hombre ha perdido sentimientos, pero ha ganado la conciencia de que el otro es hombre como él, igual que él. Ahora puede entenderse con él. No estará ya únicamente unido al otro por conveniencia propia, no estará sólo conectado con él por el goce ocasional o instrumental que el otro le proporciona. Ahora, con su conciencia, el hombre está en condiciones de gozar con el otro, de ser plenamente hombre. Ahora está las puertas de la civilización. La unión íntima que deriva de esa conciencia se denomina sociedad. Los actos de humanidad son las virtudes sociales. Los puntos de reunión son las ciudades. Y de ciudad deriva CIVILIZACION, que está constituida por "todas las pruebas de Sociabilidad que un Pueblo da en su conducta". El autor cierra la obra:

El que no VE lo que le TOCA está ciego 
el que no lo SIENTE está muerto.

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Muchos se preguntan sobre la vigencia del pensamiento de S. Rodríguez. En apretada síntesis podemos decir que su indagación filosófica nunca pasará de moda, como no pasa la de Tales de Mileto ni la de otros presocráticos que afanosamente buscaron los primeros principios del ser en general. Preocupado como Platón por los problemas humanos, el "Sócrates de Caracas" -como lo llamó Bolívar- creyó encontrar su origen en las necesidades del hombre. Es su filosofía eminentemente práctica y muy ligada a su momento histórico. Aquí residen, básicamente, sus deficiencias, como la platónica. Pero el interés de solucionar problemas sociales a partir e la búsqueda filosófica es perfectamente válido. Sólo el tiempo dirá la última palabra. Por ahora, su proyecto merece, cuando menos, ser estudiado.




Maracay, octubre de 2003. (Este artículo fue publico por Núcleo Abierto Nº 8, órgano informativo de la UNESR, en el mes de noviembre de 2004)

Lector, si me dejas tu Comentario, te lo agradezco. Me servirá para la construcción del blog.
Si no lo conoces aún, te invito a que visites carloshjorgeii.blogspot.com



jueves, 17 de julio de 2008

Sobre la necesidad y la libertad

Algunos filósofos lo han dicho: el hombre es un ser necesitado y la necesidad norma su vida. Este hecho marca la faltaenser de todo individuo humano y a él hay que llegar para encontrar los fundamentos de la moral y de la política, esferas ambas, íntimamente entrelazadas, de la acción individual y del hacer colectivo.

 Hablamos de necesidad en el sentido de carencia, pero también, de urgencia, grito y determinación en el obrar, pues cuando la necesidad apremia no se consultan voluntades. Paradójicamente, esta necesidad de ser es el fundamento del derecho, de la justicia, a la vez que de la injusticia, pues el instinto de nuestra propia conservación nos obliga a luchar con otros que también tienen necesidades. ¿Sobre qué sería la lucha? Por los medios de adquirir las cosas que se requieren para satisfacer la necesidad de seguir siendo. Por ello hay que consultarse mucho para entenderse. De lo contrario, la guerra de todos contra todos será permanente. Algunos no lo ven, pero hace tiempo que estamos en ella. Cada nueva semana se nos da el parte de los caídos en la última batalla.

 ¿De qué necesidades se habla? De alimento, vestido, alojamiento, curación, distracción y de sus grados, pues cada uno interpreta su necesidad de acuerdo con sus conveniencias, enseñaba el maestro Simón Rodríguez. Uno, como Gandhi, se sostiene con poco; pero este Pantagruel necesita “llenarse” y aquel drogadicto matará para conseguir el crack o la heroína a fin de escapar al peso de su existencia: ésa es su distracción.

 Sólo reconociendo la necesidad podemos alcanzar la libertad, que es, en primer lugar, una conquista de la razón sobre los instintos y sobre los deseos. Es cierto que el deseo es de la esencia humana misma. Es cierto que la felicidad no es más que un deseo sin fin, interminable, un continuo progreso de los deseos de un objeto a otro. Pero el hombre que no puede gobernar sus necesidades y deseos es un esclavo de sí mismo. El hombre no puede menos que determinarse, por eso es preciso que conozca las causas y asuma la responsabilidad de sus acciones. La libertad no excluye la necesidad: la impone.

 Pero, en segundo lugar, libertad es un deseo, el más íntimo, porque es una aspiración permanente. Es tan profunda esta aspiración, tan invasora, que sólo se reconoce por la falta, por la carencia. Pero no podemos vivir todo el tiempo aspirando, porque no satisfacer deseos es perecer, aunque intentar su satisfacción plena es la locura. La libertad implica satisfacción de necesidades. Aquí viene bien una cita (de memoria) de Bolívar: “más quiero una libertad peligrosa que una esclavitud tranquila”. 

En tercer lugar, libertad es, esencialmente, la capacidad de negación. Y ésta es, en síntesis, la grandeza humana. Cuando se nos han segado aspiraciones esenciales, todavía nos queda la libertad de recogernos en nuestro interior para decir no. ¡Débil el Estado que constriñe a sus ciudadanos con la ley y la fuerza en ese estado! 

carloshjorge@hotmail.com 
Publicado por TalCual el 24 enero de 2005, página 17
 Publicado por imagenlatinoamericana.net el 11 de abril de 2005

jueves, 3 de julio de 2008

Los extractos de Simón Rodríguez








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La única referencia que hace Simón Rodríguez (1769-1854) a Destutt de Tracy está localizada en la obra Partidos y dice así: "Destut de Tracy!? ideolojía!? matemáticas!? Ciencias de observación!? Son las exclamaciones voladas, que ruedan en la impugnación, para ridiculizar el proyecto de enseñar á los niños á pensar". Tanto el ideólogo francés como el maestro caraqueño se dirigen a los jóvenes "porque en la edad de la juventud no se han fijado todavía las opiniones, y se encuentra en ellos más docilidad para oír y meditar las cosas que se proponen". Comparten, además, los dos autores una cierta manera -que bien pudiera denominarse pedagógica- de presentar sus obras. De Destutt de Tracy (1754-1836) era la práctica de incluir, acompañando a cada obra, un "extracto razonado" para que sirviera de tabla analítica. A su imitación elaboró Rodríguez "un modo de presentar las cuestiones" que incluyó entre la primera edición (Concepción, 1834) y la segunda (Valparaíso, 1840) de su obra titulada en esta última fecha Tratado sobre las luces y sobre las virtudes sociales. Pero hay tres publicaciones del Sócrates de Caracas -como lo llamó Bolívar- cuyos títulos de manera expresa llevan el término ‘extracto’; tales son el Extracto de la Defensa de Bolívar, el Extracto de la introducción á una obra intitulada Sociedades Americanas en 1828 y el Extracto sucinto de mi obra sobre la educación republicana. Si tenemos en cuenta el significado ordinario de ‘extracto’: Resumen que se hace de un escrito cualquiera, expresando en términos precisos únicamente lo más sustancial, forzoso es concluir que esto no es lo que lleva a cabo Simón Rodríguez. En otras palabras, debemos preguntarnos por el criterio por el que se guía para efectuar los resúmenes. Si es cierto que el criterio de "lo más sustancial" lo aplica el filósofo en el Tratado, no es válido, sin embargo, para las otras publicaciones. El criterio que emplea en éstas es, evidente a todas luces, circunstancial. El año de 1840 y la ciudad de Valparaíso, en Chile, son dos circunstancias muy favorables que aprovecha Simón Rodríguez para publicar. En efecto, en ese año aparecen el Tratado, Partidos y los extractos de la Defensa de Bolívar y de la Introducción á una obra intitulada Sociedades Americanas en 1828. Una tercera circunstancia la constituye el diario El Mercurio, que presta sus páginas y sus lectores para las tres últimas obras, y su imprenta para el Tratado. Febrero es la cuarta circunstancia. Este mes, como se sabe, toma su nombre de las fiebres que son frecuentes en este tiempo en el hemisferio norte. Pero en el sur es mes de agostar las plantas o, como quiere el filósofo, de afebrerarlas. Si aceptamos la tesis de R. Jáuregui Olazábal de que la dromomanía de Rodríguez es la expresión de la necesidad de encontrar editores y lectores para sus obras, el mes de febrero de 1840 es momento en que la "enfermedad" hace síntoma en forma de "fiebre". En efecto, sabemos que tres obras fueron publicadas por el filósofo en el periódico chileno entre el 11 y el día 28 de ese mes, es decir, publicó un artículo diario, excepto los días 15, 16, 19 y 25. Lo cual nos lleva a que nos preguntemos sobre cuán acertadas fueron las anotaciones del viernes 29 de mayo de 1840 hechas en su diario por L. A. Vendel-Heyl, fecha en que visitó al maestro en el Almendral: "No encontraba editor ni suscriptores para sus obras". Si la expresión no es válida en su primera parte, por lo dicho a propósito de lo que sucedió en el mes de febrero de ese año, sí puede ser completamente pertinente a propósito de la segunda parte. Según las anotaciones del profesor del Colegio Luis el Grande de París, el filósofo solamente había podido reunir doscientos suscriptores y necesitaba cuatrocientos. Se entiende que para no perder la inversión hecha en la edición del Tratado en la imprenta del Mercurio... y ganar algo. Un conjunto de circunstancias rodean la publicación en vida de la última obra de Simón Rodríguez. Desde Latacunga, Ecuador, se dirige en enero de 1846 a su amigo José Ignacio París, que se halla en Bogotá. Entre otras cosas le dice: "Tengo mi Obra Clásica, sobre las Sociedades Americanas, que no puedo imprimir aquí, porque cada letra cuesta un sentido, i después no hai quien lea. En Bogotá hai Impresores, i Lectores en la Nueva-Granada, i puede hacerse distribución a otras partes. V. puede ser Mecenas, sin perder dinero". Con ánimo de hacer realidad su ferviente deseo, el filósofo se pone en camino tras recoger en Quito un salvoconducto para entrar en Colombia y una libranza que le ha remitido el amigo. Traspasada la frontera, se encuentra con el coronel Anselmo Pineda, gobernador de Túquerres. El coronel es un entusiasta de la educación y convence al maestro para que acometa un proyecto de enseñanza en la apartada provincia colombiana. Pero el maestro quiere publicar, así que le entrega un cuaderno al coronel con el "Extracto de mis ideas", cuando éste abandona el cargo político y se dirige a la capital del país. Rodríguez no llegará a Bogotá, pero sí el cuaderno, aunque más de dos años después. Con el título de Extracto sucinto de mis ideas sobre la educación republicana, será publicado en tres artículos por el Neo-Granadino en abril y mayo de 1849, cuando el autor ha cumplido ya los 79 años. La obra, dedicada al coronel, tiene 31 páginas y, propiamente, no es un extracto. Más bien es un collage de muchos conceptos vertidos en otras publicaciones y, sobre todo, una refundición de una obra escrita alrededor de 1845 y que hoy conocemos como Consejos de amigo dados al Colejio de Latacunga. Pero de esto hablaremos después, porque con lo anterior cerramos esta visión histórica de las publicaciones de los extractos de Simón Rodríguez.

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El Extracto de la Defensa de Bolívar fue publicado el 17 y el 23 de febrero de 1840. Está compuesto por nueve páginas. De la Defensa toma el autor solamente "varios rasgos aplicables á las circunstancias en que se halla el Gobierno actualmente". Intentaré destacar las más importantes, no sin antes advertir al lector que la escritura de Simón Rodríguez es aforística, que frecuentemente se expresa en máximas. Por ello, el lector no debe esperar ver puentes entre las ideas, aunque trataré de mostrar los tránsitos siempre que sea posible. 1. Los pueblos deben aprender a reconocer a sus verdaderos defensores. 2. Como el lector tiene derecho a ser juez, se le dan definiciones y aclaraciones de los términos ‘perspicacia’, ‘perspicacia espiritual, gusto o estética’ y ‘perspicacia intelectual’ que le permitirán sentenciar sobre quiénes son sus defensores. 3. Dialéctica de la ambición. 4. "Todas las inculpaciones, que se hacen á Bolívar, ruedan sobre terjiversaciones de sentido ó de intención". 5. Justificando las intenciones y conductas de los jefes americanos, se defiende la causa de los Pueblos. 6. El mal de América es inveterado. Sus pueblos son apáticos porque llevan más de 300 años abandonados a su suerte. 7. La revolución los saca de la inercia. "Cesa la guerra, y piden con instancia porque han esperado mucho. Qué pediremos? (se preguntan unos á otros) –Lo que nos prometieron. Es claro". 8. "Sólo animado del espíritu que suscitó la revolución, puede un militar mantenerse en la silla de la Presidencia", porque está en un laberinto. 9. El Congreso, que debiera ayudar, entorpece. 10. Los secretarios le presentan al Presidente un "basurero de sobrescritos" que "ni 20 lectores bastarían para hacerse cargo de la correspondencia en 20 días". 11. Pasa a revisar las gacetas nacionales y extranjeras. En ellas se inspira. 12. Para complacer a todos, el Presidente... decreta, pero las providencias son totalmente inocuas. 13. Nadie tiene la culpa de la situación, ni el pueblo (ignorante y pobre), ni el Congreso, ni el Presidente, que ejecuta sin sentido. 14. "Todas las faltas pueden reducirse á una diciendo El lugar de las Instituciones ES LA OPINION PUBLICA. Esta está por formar Y NADA SE HACE POR INSTRUIR". Destacan a mi entender en esta obrita -además del uso de las circunstancias para provecho del autor, pues toma del original únicamente aquello que es aplicable a Chile en ese momento- otros aspectos, a saber: a) Interés, casi exclusivo, en los Asuntos Gubernativos. Los Judiciales, que serán el elemento más importante en el diseño de las instituciones republicanas del filósofo, no están presentes ni en el Extrato ni en la Defensa. Como queda anotado, el órgano Legislativo sale bastante mal parado, aunque le concede el filósofo que desea "hacer el bien". b) Defensa de la clase armada. Sabido es que El libertador del mediodía de América y sus compañeros de armas defendidos por un amigo de la causa social (Defensa de Bolírvar) concluía con un llamado a los militares para que no mordieran a la patria y que el autor lamentaba "no poder ser MILITAR". Ahora los sigue defendiendo porque requieren más valor para mandar paisanos que, ayer, para mandar soldados. Es comprensible la defensa, entre otras razones, porque en ese momento es presidente de Chile (1831-1841) el general José Joaquín Prieto, jefe de las tropas peluconas en la guerra civil de 1829 que concluyó con la Batalla de Lircay (1830) contra los pipiolos (liberales) e inauguró la República Conservadora o República Autoritaria. Siempre manifestó Rodríguez su admiración y afecto a los jefes militares, que conquistaron la Independencia; sin embargo hay que inscribir al filósofo entre los autores liberales, en el sentido de liberadores, tal como lo ha expresado de manera inequívoca y minuciosa el profesor Juan José Rosales. No obstante lo dicho, debemos apuntar que las situaciones descritas por el filósofo del Presidente (militar) en su laberinto pueden verse, también, como pruebas de que los militares no están hechos para gobernar. Su eficacia está en el campo de batalla. c) Uso de la dialéctica. Más de seis páginas de la obra están dedicadas a presentar cuadros de situaciones muy graciosas, pero insostenibles. La tercera página fue usada para emplear el método como juego intelectual. Así dejó escrito a propósito de una acusación contra Bolívar:

- AMBICION... -¿quién no la tiene? -ES DEMASIADO AMBICIOSO -¿cómo se miden cantidades de ambicion?

Pero Simón Rodríguez no busca ganar el juego dialéctico humillando al adversario. Rodríguez busca la verdad y piensa que también hay un fondo de verdad en los acusadores de Bolívar cuando continúa: 

La AMBICION es pasion dominante en el hombre. Ambicionar es querer ser
mas; pero como para ser es menester valer, y para valer TENER... todos aspiran á
poseer algo que les dé superioridad. la ambición misma ASPIRA y quiere que la llamen NOBLE por el objeto de sus deseos

En otros términos, el argumento se ha vuelto en contra de los críticos. Y, de paso, los acusadores han recibido una pequeña lección, lo que significa que la dialéctica está al servicio de la pedagogía. Y más. Se puede apreciar en el texto, también, la satisfacción que siente el filósofo por haber podido salir airoso de una opinión tan contraria, de una opinión que él convierte en razón o, al menos, en la mejor hipótesis para defender a Bolívar, pues concluye el pasaje:

GRACIAS A LA AMBICION! sin ambicion no habría sociedad

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Al abordar la obra más pequeña publicada por S. Rodríguez el 27 de febrero de 1840 -una columna y un tercio-, surge como inevitable hacer referencia no sólo a lo que tomó de su primera publicación hecha en Arequipa en 1828 sino, también, dar alguna noticia, así sea somera, de aquellas cosas que no reprodujo. Serán las sombras contra las que destacan las luces del Extracto de la introducción á una obra intitulada Sociedades Americanas en 1828. Empezaré, pues, por este aspecto negativo. No previene el autor que su proyecto pueda parecer exótico y extraña la ortografía en la que va escrito, ni advierte que las repúblicas americanas "están establecidas pero no fundadas". Tampoco hace profesión de fe política. Eliminó del extracto una curiosa nota sobre los prefacios y, lo que es más importante, no quedó rastro del originalísimo paralelo entre la lengua y el gobierno, porque, a su entender, en aquella fecha estaban en el mismo estado. Dedicaba Simón Rodríguez Sociedades Americanas en 1828 a los que habían nacido en la sociedad monárquica y se dirigía a los que entraban en una, la republicana, que desconocían. A unos y otros les recordaba que, si deseaban gozar de los bienes sociales, debían vivir bajo un gobierno etológico, esto es, fundado en las costumbres, porque ni la monarquía ni la república convienen en todos los lugares ni en todos los tiempos. De esto no habla el filósofo en su extracto. Trataba de persuadir el autor a los republicanos de "4 cosas importantísimas en su causa": 1ª) que con autoridad, armas y dinero cualquiera se hace rey; 2ª) que la autoridad es siempre un ente abstracto; 3ª) que no basta declamar contra el despotismo, si el pueblo no asciende en su condición de bajo, y 4ª) que para realizar este trabajo civilizador los medios son "Educación popular, Destinación á Ejercicios útiles y Aspiración fundada á la Propiedad". Tampoco esto aparece en el nuevo texto. Al observar el desenvolvimiento de los negocios públicos en la América de 1828, el filósofo destacaba una serie de impropiedades en la masa y también en los jefes que la conducían al nuevo estado. Con ese objeto llevó a cabo una investigación sobre la pertinencia de los medios empleados, a saber: 1. Negociaciones de reconocimiento con los reyes; 2. Concordatos con el Papa; 3. Libertad de cultos; 4. Comercio con todas las naciones; 5. Colegios para enseñar todas las ciencias. Finaliza esta investigación ridiculizando la pretendida soberanía popular. Anota: "Este Soberano ni aprendió á mandar, ni manda... y el que manda á su nombre lo gobierna... lo domina... lo esclaviza... y lo inmola á sus caprichos cuando es menester". Paso ahora al análisis positivo de la obra, a lo que el autor extrajo de la publicación de 1828. Si comparamos el extracto con el original, comprobaremos que el filósofo se fijó, fundamentalmente, en la primera página de éste -que reproduce literalmente- y en las cuatro penúltimas. A grandes rasgos, los temas que toca son: 1. Cómo serán y podrían ser en los siglos venideros las sociedades americanas. 2. Los políticos sólo deben reconocer los partidos de la causa social. 3. En la defensa de sus intereses, razones únicamente deben ser las armas esgrimidas por los partidos, sean pro monarquía o pro república. 4. La expresión de la soberanía tiene que someterse a las leyes del decoro. 5. La libertad de imprenta es para abogar por el bien común. 6. Porque importa más pensar en los indios que en medos, persas o egipcios, no hay citas de la Antigüedad. 7. Las nuevas repúblicas americanas dan signos de decadencia. 8. Contra el gusto de la época, el autor no hace exclamaciones contra la tiranía. Ni en 1828 ni en 1840.

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"Hace 24 años que estoy hablando, y escribiendo publica y privadamente, sobre el sistema Republicano, y, por todo fruto de mis buenos oficios, he conseguido que me traten de loco". De este modo tan desenfadado se abre la última publicación en vida de Simón Rodríguez. Lo que sigue es, realmente, un resumen de muchas ideas expuestas en sus publicaciones, algunas ideas nuevas y, también, omisión de algunas ideas fundamentales sobre la educación. Veamos qué temas eligió. 1. "La potestad Paterna influyendo en la educación y en la elección de estado o profesión... y las leyes concediendo y protegiendo la facultad de Testar, son dos inconvenientes para emprender la obra de la República" 2. En los desiertos, con niños y jóvenes el Gobierno puede hacer una sociedad republicana. 3. La Primera Escuela debe ocupar la atención del Gobierno. 4. Teoría de las necesidades. 5. Crítica de las ideas de ilustración y civilización ad usum. 6. En esta sociedad los hombres están conectos entre sí, pero no poseen verdaderas relaciones. 7. Con decretos, intimaciones y penas no se logra que los hombres muden la vida que han llevado. 8. Si se quiere hacer República, hay que emplear medios nuevos. 9. Educar es crear voluntades. 10. El Gobierno en 10 años puede tener un pueblo republicano, que cuidará de su gobierno. 11. La república actual es una parodia de la monarquía; al igual que ésta emplea la fuerza para hacerse obedecer. 12. Empresas de educación. 13. Subsistencia de las escuelas. 14. Incumbencia de los maestros en la primera escuela. 15. Medios de adquisición y de comunicación. 16. Qué puede esperarse de niños, jóvenes, hombres y viejos, y qué es lo que piden. 17. El camino republicano y el monárquico. 18. Producción. Crítica del sistema antieconómico. 19. Trascendencia de la Primera Escuela. 20. Escuela y maestro. 21. Definiciones de Sistema, Método, Modo, Manera y Plan. 22. Sostén de las escuelas: Directores, edificios y renta. 23. Enseñanza de la religión en las escuelas. 24. Conclusión: El Gobierno debe observar, reflexionar y meditar sobre el estado de los pueblos que manda y sobre sus tendencias para aprovecharlas. 25. Simón Rodríguez no quiere nada para sí: "ni campanero quiero ser en la América española". Es importante destacar dos ideas fundamentales en el pensamiento del educador venezolano que no son recordadas en este texto de 1849. La primera fue desarrollada, principalmente, en Luces y virtudes sociales (Concepción, 1834) y puede formularse así:

IDEAS!... IDEAS!, primero que LETRAS

O, en otros términos que, en general, suelen gustar más a muchos de sus estudiosos,
INSTRUIR no es EDUCAR.

La segunda idea importantísima y ausente en el extracto es su proyecto de educaciónpopular, formulado ¡siete veces! a lo largo de su producción en forma de plan:
Educacion Popular Destinacion á Ejercicios útiles Aspiracion fundada á la propiedad 

Pero aunque el autor no recuerda el plan en el extracto, debe considerarse su presencia tácita cuando pide tierra para hacer ciudadanos "En los desiertos!, que con tan poca reflexion, están ofreciendo [los Congresos] á los extranjeros" Para finalizar, hay a mi entender tres cosas que dice Simón Rodríguez en esta obra que antes no había dicho, o no las había dicho en términos tan claros. La primera -esbozada ya en las Observaciones sobre el terreno de Vincocaya (1830), dada formalmente como consejo al Colegio San Vicente de Latacunga, Ecuador, en 1845- es propuesta hora para las naciones americanas como "sociedades económicas que establezcan escuelas de agricultura y maestranzas en las capitales de provincia, y las extiendan, cuando convenga, a los lugares más poblados de cada una". En Consejos de amigo, el autor había señalado que en la Primera Escuela "se dan medios de Comunicar i se indican los de Adquirir i Conservar". Ahora, en el extracto, se dice más, incluyendo lo dicho en 1845. Se apunta, en cuanto a los medios de adquirir, que el maestro en la escuela debe enseñar a los niños cuatro aspectos importantes de la producción: a) el valor del trabajo, para apreciar las obras; b) que la industria es una propiedad que se debe respetar; c) que la división del trabajo es necesaria; d) pero que embrutece a los obreros. La tercera cosa nueva que aparece en el extracto es un ajuste de cuentas con los beneficiados por la Independencia, exceptuando a los caudillos, porque "el cuerpo militar no ha hecho constituciones":

hágase algo por unos pobres pueblos que después de haber costeado con sus
personas y bienes... o, como ovejas, con su carne y su lana... la Independencia,
han venido a ser menos libres que antes.

LECTOR, ESTE ARTÍCULO FUE PUBLICADO POR LA REVISTA SEMESTRAL DE LA ESCUELA DE FILOSOFÍA DE LA UCV Apuntes filosóficos n° 31 EN 2007.

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