miércoles, 27 de mayo de 2015

Fenomenología y naturaleza del mal




Dice Aristóteles que la filosofía comienza con el asombrarse. Si la premisa es válida, yo estoy empezando a ser filósofo –hasta ahora sólo había sido profesor de filosofía- porque me asombra cómo muchos filósofos han tratado el asunto del mal. Creo que se ha tratado de mala fe, en sentido sartreano. La mala fe es, según el existencialista francés, un modo de negarse a sí mismo en lo que se es, esto es, como un ser para sí mismo. La mala fe se distingue por ello de la pura y simple mentira, la cual  no se refiere al ser propio, sino al ajeno, a algo trascendente, que se niega al mentir. En la mala fe lo que se niega es uno mismo por medio del autoenmascaramiento. Y digo esto porque en la relación objeto-sujeto, el mal está de este lado, no en los objetos. Estamos en general de acuerdo con los estoicos que  señalaban que el mal forma parte de la realidad, porque sin él la realidad sería incompleta. Es decir, puede concebirse como un elemento necesario para la armonía universal.
 
 
La Balsa de la Medusa de Jean Louis Théodore Géricault
 
Las doctrinas más “exitosas” sobre la naturaleza del mal son las que lo definen como privación. En este sentido, el bien es ser; el mal, no ser, la nada. Pero si, según el Aquinate, el mal no tiene una causa eficiente, sino deficiente, se pudiera afirmar que él es causa, muchas veces, de lo excelente. Al menos en música, de la buena música. Veamos. Uno de los grandes músicos del siglo XVI fue Antonio de Cabezón, nacido ciego. Y Joaquín Rodrigo, el genial autor del Concierto de Aranjuez, lo fue desde la infancia. El caso más dramático, como todos saben, es el de Ludwig van Beethoven, que escribió la Novena Sinfonía completamente sordo. No debe deducirse de esto, sin embargo, que si eres ciego o sordo serás un genio de la música.
 Pero la privación no sólo es causa eficiente en música,de  la buena música, sino también en otros territorios. Maikel Melamed es conocido en el mundo entero por su fuerza de voluntad. Al nacer le fue diagnosticado  “retraso motor”, que consiste en un estado de hipotonía general del cuerpo, es decir,  que era una masa inerte sin posibilidad de movimiento. Pero además de practicar deportes extremos como parapente, paracaidismo, buceo y montañismo, ahora es reconocido en todo el mundo por participar en los maratones de Nueva York, Berlín y Boston. Con toda seguridad, su privación es causa eficiente de lo que podemos ser capaces. Por último, señalo un caso extremo: Stephen Hawking. A pesar de estar reducido prácticamente a ser un cerebro sentado, su condición no le ha impedido el llegar a ser uno de los más importantes cosmólogos y físicos teóricos de la segunda mitad del siglo XX y de lo que va del XXI. Dicho lo  que antecede, a partir de una cierta fenomenología –que es lo que ha faltado, en general, en las explicaciones tradicionales-  pasaré en las próximas líneas a establecer la  naturaleza del mal.
Quisiera empezar recordando que filósofos y psicólogos utilizan con frecuencia el término fenomenología como genérico que engloba todos aquellos elementos que habitan el mundo de nuestra experiencia consciente: pensamientos, olores, picores, dolores, gatos voladores de color violeta, intuiciones y todo lo demás de esta índole. Este uso del término tiene orígenes ligeramente distintos que merece la pena recordar.
Como todos los estudiantes filosofía saben, en el siglo XVIII Kant distinguía entre «fenómenos», las cosas tal como nos aparecen, y «noúmenos», las cosas como son en sí mismas. Con el desarrollo de las ciencias naturales o físicas en el siglo XIX, el término fenomenología pasó a designar simplemente todo estudio descriptivo de cualquier materia, de forma neutral o preteórica. La fenomenología del magnetismo, por ejemplo, ya había sido iniciada por William Gilbert en el siglo XVI, pero su explicación tuvo que esperar a los descubrimientos sobre la relación entre el magnetismo y la electricidad llevados a cabo en el siglo XIX, y al trabajo teórico de Faraday, Maxwell y otros.
En alusión a esta dicotomía entre observación precisa y explicación teórica, la escuela o movimiento filosófico conocido como Fenomenología (con efe mayúscula) nació a principios del siglo XX alrededor de la figura de Edmund Husserl. Su objetivo era establecer unas nuevas bases para la filosofía (y, de hecho, para todo el conocimiento) a partir de una técnica especial de introspección. De acuerdo con esta técnica, el mundo exterior y todas sus implicaciones y presuposiciones deben ser puestas «entre paréntesis» en un acto particular de nuestra mente al que se denominó epojé. El resultado de este proceso era un estado investigativo de la mente gracias al cual se suponía que el fenomenólogo podía acceder a los objetos puros de la experiencia consciente, denominados noemas. De este modo la investigación no se vería influida por las distorsiones y prejuicios, frutos de teorías y prácticas. Pero la Fenomenología ha sido incapaz de hallar un único método con el que todo el mundo estuviera de acuerdo. Yo voy a  seguir la práctica habitual reciente de adoptar el término (con f minúscula) como genérico para designar todos aquellos elementos de la experiencia consciente que deben ser explicados.
Hagamos, pues, una breve visita al jardín fenomenológico, sólo para estar seguros de que sabemos de qué estamos hablando, aunque no sepamos aún cuál es la naturaleza última de lo que investigamos.  Por fuerza, no podrá ser más que una visita superficial y apresurada.  Pero será suficiente para hacer un desafío radical en contra del pensamiento tradicional.
Nuestra fenomenología se divide en tres partes: (1) experiencias del mundo «exterior», tales como imágenes, sonidos, olores, sensaciones resbaladizas y rasposas, sensaciones de frío y calor, y sensaciones sobre la posición de los miembros de nuestro cuerpo; (2) experiencias del mundo puramente «interno», tales como imágenes fantasiosas, las visiones y sonidos interiores fruto de nuestros sueños y nuestras conversaciones con nosotros mismos, recuerdos, buenas ideas y corazonadas repentinas; (3) experiencias emotivas, entre las que encontramos, por un lado, los dolores corporales, las cosquillas, las «sensaciones» de hambre y sed, pero también arrebatos emocionales de rabia, felicidad, odio, vergüenza, asombro, un amplio abanico que va desde las visitaciones menos corpóreas del orgullo, la ansiedad, el remordimiento, el distanciamiento irónico, el arrepentimiento, el pánico o la frialdad, pasando por una zona intermedia de rabia, felicidad, odio, vergüenza, lujuria o asombro.
Esta taxonomía se basa más en la semejanza superficial y en una tradición que en una supuesta íntima relación entre los distintos fenómenos, según la apreciación de Daniel Dennett. Pero por algún sitio tenemos que empezar.
Hace poco, un día laborable cualquiera, mi hija mayor me gritó desde la puerta, cuando se iba para su trabajo: “Chao, pa. Me voy”. “Chao, hija”, le contesté y seguí con mi labor. Apenas habían pasado 5 minutos, cuando mi hija regresó llorando muy alterada y con el pánico reflejado en su rostro. Abrazada a mi y con su cara apoyada sobre mi hombre, apenas lograba balbucear entre sollozos: “Me asaltó... Ese  tipo bien vestido me asaltó... Me puso una pistola en el pecho y me quitó el celular... En la entrada del edificio”. Gran parte de la mañana se la pasó llorando y temblando.
Otro día veía yo un estupendo programa de Vale TV sobre investigaciones arqueológicas. De pronto, aparece en pantalla alguien muy poderoso. Sin aviso y sin protesto. No hay la posibilidad de no verlo u oírlo si quiero seguir con la televisión. No tarda mucho en insultarme, y yo no le puedo replicar. Un frío intenso recorre mi espina dorsal. Para dedicarme a otra cosa, me veo obligado a apagar el aparato.
A las 8 y dos minutos de la noche del 29 de julio de 1967, a cuatro días de la celebración del Cuatricentenario, Caracas se vio estremecida por un terremoto de 6.7 grados en la escala de Richter. RCTV  anunciaba la transmisión de un programa sobre Superman. Como si se tratara de un remolino causado por el veloz desplazamiento del superhéroe, empezó por oírse un ruido sordo que cada vez se acercaba más. De pronto,  las vigas y las paredes de la casa empezaron a temblar. Sin pensarlo más, todos salimos a la calle. Nos petrificó la sensación de que la calzada se iba a abrir y que nos tragaría para sus entrañas. La violencia del sismo rompió los equipos de percepción de movimientos telúricos del Observatorio Cagigal. Fueron 55 segundos de terror que dejaron en la zona de Caracas un balance de 236 muertos, 2.000 heridos y daños materiales de más de 10 millones de dólares imperiales.
De los tres eventos narrados podemos sacar la siguiente conclusión sobre la naturaleza del mal: el mal es un sentimiento, es el más profundo de los sentimientos. En otros términos, el mal es uno de los gigantes del alma, según la feliz expresión del psiquiatra Emilio Mira y López. Tratemos de entenderlo.
En el primer caso, sentí la rabia y la impotencia de no poder evitarle a mi hija aquellos momentos de desgarramiento interior. Posiblemente su agresor se sentía ufano y poderoso por haberle arrebatado a una linda muchacha, en la entrada de su casa, un aparato caro que  -sabía- él no podría usar. ¿Por qué lo hizo, entonces? De seguro, la futilidad de su acción era un elemento nada despreciable del gozo sádico buscado y alcanzado. Definitivamente, carecía del sentimiento del mal. La frialdad y sequía de tal sentimiento es algo demasiado patente para no considerarlo.
En el segundo caso, tampoco el visitante no invitado que irrumpió en mi cuarto manifestó el sentimiento del mal. Al contrario, creo que pensaba que hacía el bien. Entraba en los hogares venezolanos a realizar sus fechorías valido de la fuerza que le daba su cargo. Con sonrisa poco franca, anunciaba que era una Cadena Nacional. ¿Para qué? También la futilidad de la acción y el goce de su ejecución eran los ingredientes de la falta del sentimiento del mal. El desalmado intruso daba consejos, prometía y amenaza. Y de ahí pasaba a los insultos. Siento, todavía, que me grita a mí. Por experiencia de la firma para pedir la revocación de su mandato en el cargo que ostenta, sé de lo que era capaz. Así que al verlo me invade el delirio de persecución, anunciado por el sentimiento del mal.
En el tercer caso narrado, es obvio que la naturaleza no tiene sentimientos (a veces pensamos que Dios tampoco, sobre todo si identificamos a la una con el otro, como quiso Spinoza: Deus sive natura). Los destrozos que la naturaleza nos hace son de la misma clase que los bienes. Sin embargo, a uno se le achica el corazón en un terremoto, sobre todo por la minusvalía en que estamos y por la fragilidad de que estamos hechos. Pero otros no tienen ese sentimiento del mal. Algún predicador sentirá regocijo y placer inmenso al ver cómo Dios (o la naturaleza) castiga a sus criaturas más díscolas. Un terremoto es un instrumento de la ira divina.
 
 
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Para terminar con esta fenomenología, consideremos lo que algunos llamarían un mal físico, la aparición de una enfermedad devastadora, la enfermedad que la llevará a la tumba a los 24 años: tuberculosis.  Santa Teresa del Niño Jesús lo recuerda de esta manera en el cap. IX de la  Historia de un alma: “En cuaresma del año pasado me encontraba más fuerte que nunca, y esta fuerza, a pesar del ayuno que observé en todo rigor, se mantuvo perfectamente hasta Pascua. Cuando el día de Viernes Santo, a primera hora, Jesús me dio la esperanza de ir pronto a gozarle en su hermoso cielo. ¡Oh qué dulce recuerdo!
“El jueves por la noche, no habiendo obtenido permiso para quedarme velando al Monumento la noche entera, me retiré a las doce a mi celda. Apenas asenté la cabeza en la almohada, sentí que un borbotón subía hirviendo hasta mis labios. Creí que iba a morir, y mi corazón se partió de alegría. No obstante, como tenía que encender mi lamparilla, mortifiqué mi curiosidad hasta la mañana siguiente y me dormí apaciblemente.
“A las cinco dio la señal el despertador, y enseguida recordé que tenía que aprender alguna cosa buena. Aproximándome a la ventana, lo constaté pronto, encontrando mi pañuelo lleno de sangre. ¡Qué esperanza, madre mía! Estaba íntimamente persuadida de que mi Amado, en aquel aniversario de su muerte, me hacía escuchar el primer llamamiento como un dulce y lejano murmullo que me anunciaba su feliz llegada”.
Definitivamente, la aparición de tan terrible enfermedad para la santa de Lisieux no venía precedida por el sentimiento del mal. Y al escribir estas líneas vienen a mí las palabras  que cierran el capítulo III  de la Teoría de los sentimientos morales de Adam Smith. El capítulo  se titulaDel modo en que juzgamos acerca de la propiedad o impropiedad de los sentimientos ajenos por su armonia o disonancia con los nuestros”.  Las palabras son:
“Cada facultad de un hombre es la medida por la que juzga de la misma facultad en otro. Yo juzgo de tu vista por mi vista, de tu oído por mi oído, de tu razón por mi razón, de tu resentimiento por mi resentimiento, de tu amor por mi amor. No poseo, ni puedo poseer, otra vía para juzgar acerca de ellas”.  En los casos juzgados no he visto signos que me permitan afirmar armonía de sentimientos. En todos ellos, en mí ha estado presente el sentimiento del mal.

 Claro que postular la tesis que estamos afirmando supone un enfrentamiento, entre otros, con Hegel. Veamos esto.
 En el capítulo 1 de la “Introducción general” a  sus Lecciones sobre la filosofía de la historia universal, Hegel anotó lo siguiente:
“Dios es el ser eterno en sí y por sí; y lo que en sí y por sí es universal es objeto del pensamiento, no del sentimiento. Todo lo espiritual, todo contenido de la conciencia, el producto y objeto del pensamiento, y ante todo la  religión y la moralidad, deben, sin duda, estar en el hombre en forma de sentimiento, y así empiezan estando en él. Pero el sentimiento no es la fuente de que este contenido mana para el hombre, sino solo el modo y manera de encontrarse en él; y es la forma peor, una forma que el hombre tiene en común con el animal. Lo sustancial debe existir en la forma del sentimiento; pero existe también en otra forma superior y más digna. Mas si se quisiera reducir la moralidad, la verdad, los contenidos más espirituales, necesariamente al sentimiento y mantenerlo generalmente en él, esto sería atribuirlo esencialmente a la forma animal; la cual, empero, es absolutamente incapaz de contenido espiritual. El sentimiento es la forma inferior que un contenido puede tener; en ella existe lo menos posible. Mientras permanece tan solo en el sentimiento, hállase todavía encubierto y enteramente indeterminado. Lo que se tiene en el sentimiento es completamente subjetivo, y solo existe de un modo subjetivo. El que dice ‘yo siento así’ se ha encerrado en sí mismo. Cualquier otro tiene el mismo derecho a decir ‘yo no lo siento así’, y ya no hay terreno común. En las cosas totalmente particulares el sentimiento está en su derecho. Pero querer asegurar de algún contenido que todos lo tienen en su sentimiento, en el que nos hemos colocado, es contradecir el punto de vista del sentimiento, es contradecir el punto de vista de la particular subjetividad de cada uno. Cuando un contenido se da en un sentimiento, cada cual queda atenido a su punto de vista subjetivo. Si alguien quisiera calificar de este o aquel modo a una persona que solo obra según su sentimiento, esta persona tendría el derecho de devolverle aquel calificativo, y ambos tendrían razón, desde sus puntos de vista, para injuriarse. Si alguien dice que la religión es para él cosa del sentimiento, y otro replica que no halla a Dios en su sentimiento, ambos tienen razón”.
Estoy de acuerdo con Hegel en casi todo lo que dice. Pero no sin antes matizar lo expresado. Donde él puso ‘Dios’, yo pondría ‘mal’. Y como él mismo apunta, ‘Dios’ (o ‘mal’) es un término universal, que es objeto del pensamiento. Pero lo universal no tiene ninguna realidad, porque no tiene ninguna determinación. En este sentido, el mal es objeto del pensamiento, no es más que una palabra. La realidad es la negación del universal, su determinación. Por eso el sentimiento es lo más subjetivo, lo más individual, lo más íntimo, lo más animal. Justamente por ello, es garantía de la realidad del ser que siente, como de manera inequívoca lo afirmó Descartes en la primera meditación metafísica.
Pero fue Heidegger quien sin ninguna ambigüedad nos mostró cómo los sentimientos –los diversos temples del ánimo- cumplen funciones ontológicas. El sentido del ser viene dado por cómo se siente el ser. Ver no es verse. Oír no es oírse. Pero sentir es sentirse. Así el aburrimiento nos descubre que vivimos entre cosas. Y gran parte de nuestro esfuerzo estará  en  luchar para  no volvernos una cosa de tantas: por eso nos apuramos y nos preocupamos afanosamente. ‘Hombre preocupado es hombre; hombre despreocupado es cosa’, decía Heidegger.  La angustia nos descubre que somos de hecho, que estamos rodeados por la nada. Que no hay a quien acudir cuando la angustia nos invade.
 Según mi interpretación, el sentimiento del mal nos descubre el  núcleo del ser.  Sentir el mal es sentirse mal. El sentimiento del mal anuncia un ataque a nuestra más profunda  interioridad, que es un agujero negro. Ese núcleo, como el fenómeno  celeste, es de extrema intensidad y de gran atracción gravitatoria, que ni refleja ni emite ninguna radiación, pero que constituye la fase final de nuestra evolución como seres. Por ello el rabí de Nazaret enseñó a pedirle al Padre en oración: “sed libera nos a malo”, porque el mal señala un ataque a nuestra sustancia.


Conferencia dictada en la UCAB, núcleo Los Teques, el 27 de mayo de 2015.
Para comunicarse con el autor, escriba a carloshjorge@yahoo.es

lunes, 17 de marzo de 2014

Las mujeres de Simón Rodríguez






 Muy buenas tardes.

0.Teresona

En asunto de amores y amoríos, a fe que don Simón se las traía. A juzgar  por su fealdad procera, por el desorden de su vida y por el descuido de su indumento, no debió de ser propiamente un Don Juan de Mañara.
Antes de entregarse de lleno al ejercicio de la enseñanza, el día 25 de junio de 1794, contrajo matrimonio en esta ciudad con doña María Ronco. Se carece de datos verídicos que comprueben su honorabilidad como pater familias.
Por el año de 1823 lo presentó don Andrés Bello a la Sociedad de Emigrados Españoles. Hacía pasar entonces por mujer suya a una pizpireta muchacha, lirio del Sena, a la cual enseñó las más rotundas interjecciones y escabrosidades del castellano, sin rodeo alguno.
Según propia confesión, en Chuquisaca vivía a lo sultán, sin bien en mal estado; y no faltó quien le atribuyese eróticos líos con unas monjas. En Lima, ciudad que Venus ha favorecido siempre, debió de holgar a todo su talante.
Refiere un historiador, Irisarri, que el año de 1846 halló a don Simón Rodríguez en Ibarra, burgo del Ecuador adentro.  Allí estaba abarraganado con una india robusta a quien nombraba Teresona.
Tenía dos chicos y una chica, “llamados el mayor de ellos Choclo y el otro Sapallo, nombres quechuas que significaban el primero, la mazorca del maíz tierno, que llaman elote los centroamericanos, y el otro, una especie de calabaza que asada tiene el nombre de castaña, y la llaman en Centro América azote. La chica tenía por nombre Zanahoria”.
Don Simón decía que les puso nombres de vegetales a sus hijos para que no se confundiesen con los otros.
Un individuo le arrebató a su compañera. Pasó una semana. El viejo filósofo pensó, de seguro, en el Génesis: ‘No es bueno que el hombre esté solo’, y le espetó al seductor esta carta:
‘Mi muy estimado: Sírvase devolverme a mi mujer, porque yo también la necesito para los usos a que usted la tiene destinada. De usted atento amigo y seguro servidor, SIMON RODÍGUEZ’[1]

Si la brutal anécdota que cierra el pasaje de Eduardo Carreño -recogida del diplomático guatemalteco Antonio José de Irisarri, autor de la Historia del perínclito Epaminondas del Cauca, Imp. Hallet, Nueva York, 1963, editada por el Ministerio de Educación de Guatemala en 1951-, no valdría la pena ocuparse del Sócrates de Caracas, sobre todo si se tiene en cuenta que el núcleo de su pensamiento es la ética. Pero creo que otra es la historia. Y hay más. En esta charla pretenderé deshacer la tesis que de manera diáfana expusiera A. Rumazo González[2]: “Las mujeres son buscadas y tomadas [por SR] con un sentido estrictamente razonado –el que insurge de la necesidad- y también rousseauniano: retorno a la naturaleza-”

1. Rosalía

El mismo año de la muerte del filósofo caraqueño en Perú, pero en el mes de diciembre -muerte que es registrada en la obra que vamos a comentar- aparece en Santiago de Chile una (¿la primera?) biografía[3] de Simón Rodríguez (1769-1854). Allí el autor escribió, entre otras cosas:

Don Simón Rodríguez nació en Caracas.
Tuvo por padre a un clérigo nombrado Carreño, cuyo apellido llevó don Simón por algún tiempo; pero que cambió después por el de Rodríguez.
¿Cuándo nació? No lo sabemos. La fecha de nacimiento de los hijos bastardos, i sobre todo de los sacrílegos, no se conserva en las familias. La madre no repite jamás esa fecha por que le recuerda un desliz que la deshonra; el padre procura olvidarla para ahogar los remordimientos, de una conciencia culpable (...) Don Simón no fue hijo único; tuvo un hermano, llamado Cayetano, que de afición llegó a ser el mejor músico de Venezuela” (p. 232)

Señaló el historiador Simón de la Plaza[4]  y después reprodujo Arístides Rojas[5] que los hermanos Carreño vivían en continuas disputas. Como resultado de una de ellas, Cayetano siguió llevando el apellido del padre; Simón adoptó el de la madre. No deja de ser curiosa que esta elección de nombre se deba a un pleito entre hermanos, aunque no debió de ser muy grande el enojo del que después será “uno de los pensadores más orijinales que ella [América] haya producido”[6], pues el 28 de octubre de 1794 será testigo con su mujer del matrimonio del hermano músico[7].

Prestémosle atención a la -para nosotros- figura materna. Nadie mejor que Alberto Calzavara nos da noticias de ella. Escribió este historiador del arte[8] en la ficha de Don Cayetano Carreño:

Sobre Rosalía Rodríguez se anotan las siguientes informaciones: Nació en Caracas el 25 de febrero de 1743. Fue hija de don Antonio Rodríguez (propietario de haciendas y ganaderías en los llanos del Guárico) y María Teresa Álvarez Carneiro. Antonio Rodríguez, por su parte, fue hijo de don Matías Rodríguez y Polonia Díaz, ambos vecinos del pueblo de El Sombrero (Guárico) pero naturales de la isla de Tenerife (Canarias); se casaron en Caracas el 1696. Por parte de Teresa Álvarez Carneiro se anota que fue hija del pintor Fernando Álvarez Carneiro y doña Teresa Picón, hija  a su vez del platero y orfebre don Juan Picón. (Sobre estos artistas, véase: Boulton, 1964 y Duarte, 1970). Rosalía Rodríguez Álvarez, madre del Maestro del Libertador y de Cayetano Carreño, tuvo dos hermanos: el doctor don Juan Rafael Rodríguez, clérigo, Canónigo Doctoral de la mencionada Catedral y doña María Isabel Rodríguez quien se mantuvo en estado de soltería toda su vida. Rosalía se casó en primeras nupcias con don Alejandro Areste y Reina en 1759, (contando apenas 16 años de edad) pero enviudó de éste en 1765. Del matrimonio con Areste y Reina tuvo una hija: Petrona Areste y Reina, quien se casó en 1779 con don Francisco López, hijo del pintor Juan Pedro López, convirtiéndose así en concuñada de los músicos Manuel Sucre y Bartolomé Bello (padre de Andrés Bello) quienes se casaron con sendas hijas del mencionado pintor caraqueño. Rosalía Rodríguez contrajo segundas nupcias  hacia 1780 con un tal don Ignacio Abay de quien tuvo una hija: María Josefa Joaquina, nacida el 8 de marzo de 1781. Según los censos de la ciudad, Rosalía Rodríguez vivió en Caracas por lo menos hasta 1792, fecha cuando se estima que viajó a la población de Santa María de Ipire (Guárico) lugar donde falleció en 1799 ó 1800.

1774. Según censo de la parroquia de Altagracia, Rosalía Rodríguez aparece de esta forma:
Casa de doña Rosalía Rodríguez
Petrona, hija
esclavos:
Ana Santiago
Inés, hija de ésta
Agustina, idem
Victoriano, idem
agregados:
Gerónima
Josefa María
Cornelia
María de Jesús, loca
Simón, párvulo
Ana María, idem “ (AAC, Mat. Altagracia)

1775. El censo de este año reporta lo siguiente:
Casa de doña Rosalía Rodríguez
d.Petrona, cc
Concepción, esclava
Juana, id.
Ana Santiago, id.
Inés
Agustina
Victoriano, hijos de ésta
Simón, expósito, párvulo
Ana María, id. Párvula
Cayetano, id. párvulo “ (Idem)

1776. A su vez, el censo de este año trae lo siguiente:
Casa de doña Rosalía Rodríguez
d. Petrona, su hija
Juana, esclava
Concepción, idem
Ana Santiago, idem
Inés, su hija
Ignacio, idem
Agustín, idem
agregados: Simón, expósito cc
Cayetano, expósito, párvulo” (Idem).

Entre otras noticias, el historiador nos dice de Rosalía Rodríguez en la ficha de  Don Alejandro Carreño lo que viene:

1779. 31 de marzo. [Alejandro Carreño] Compra una casa en la parroquia Candelaria (Caracas) al bachiller don Mateo Gedler la cual está gravada con una hipoteca de 2.488 pesos 7 y medio reales. Para la realización de esta transacción, Carreño presenta como su fiadora a doña Rosalía Rodríguez Álvarez, quien a través de un poder general y especial, se constituye como fiadora y principal pagadora. El poder de Rosalía Rodríguez está firmado en Caracas el 27 de marzo de 1779. La casa en cuestión está situada “en la calle que baja de la esquina de la Torre de la Catedral para la plazuela de la parroquia de la Candelaria, con 13 varas de frente y 44 varas y media de fondo” (RPC, Esc.)”

En el censo de 1790 Don Simón y Don Cayetano viven con el cura Alejandro Carreño. Al año siguiente, el 2 de febrero, éste se muere. Escribió el filósofo en la Defensa de Bolívar[9]: “En otra parte se ha dicho que un hombre con diferentes aptitudesno remplaza á otro en las mismas funciones.  Muere un padre y lo representa un tutor: éste será mejor padre que el natural, pero nó el mismo, mejorará de suerte el hijo, pero llorará lo que perdió porque nada lo remplaza, aunque lo compense. Esa verdad riega el mundo de lágrimas, y hace aborrecer la vida al que nació para amar”. Pero no queremos hablar de su padre sino de su madre, aunque todo pertenece a la misma maraña[10].

Sin que hubiera razón alguna para el comentario, como si le saliera del fondo del alma, le filósofo le dice a J. I. París en una carta el 30 de enero de 1847: “Ya estoy cansado de verme despreciar por mis paisanos. Abogaré sí, por la primera enseñanza, como lo he hecho siempre, porque mi patria es el mundo, y todos los hombres mi compañeros de infortunio. No soy vaca para tener querencia, ni nativo para tener compatriotas. Nada me importa el rincón donde me parió mi madre, ni me acuerdo de los muchachos con quienes jugué al trompo”[11]. (Cursivas mías).

2. María de los Santos

El 23 de mayo de 1791 el Cabildo de Caracas le otorga a Simón Rodríguez el título de maestro. El 30 prestará juramento. Según A. Rumazo, Caracas tenía 25.000 habitantes. La ciudad contaba con tres escuelas y una universidad. Simón Rodríguez estaba al frente de la pública, que en cierto momento llegó a contar con 140 estudiantes, entre ellos el niño Simón Bolívar. Esa escuela estaba entre las esquinas de Veroes y Jesuitas de la Caracas actual, en el piso alto de la casa de doña Juana Aristiguieta; la parte baja estaba destinada a los cursos de latinidad del maestro Guillermo Pelgrón, quien había recomendado al maestro que ahora quedaba al frente de la escuela[12].

 Dos años después considerará el maestro del Cabildo caraqueño que es buen momento para casarse. El acta de matrimonio lo atestigua:

En la ciudad mariana de Caracas, en veinticinco días del mes de junio de mil setecientos noventa y tres, yo el infrascrito cura teniente de esta parroquia de Nuestra Señora de Altagracia, habiendo precedido todo lo prescrito por el ritual romano, pragmática sanción y licencia del señor gobernador don Pedro Carbonell, presencié el matrimonio que por palabra de presente contrajeron in facie ecclesiae don Simón Rodríguez, expósito de esta feligresía, y doña María de los Santos Ronco, hija legítima de don Juan Ronco y de doña María Ignacia Pulido de la misma feligresía. Fueron testigos don Antonio Aleado y doña Juana Nuevo; para que conste firmo, Br. José Nicolás Fajardo[13]

El matrimonio Rodríguez Ronco fue a vivir entre las actuales esquinas de Cují y Romualda[14] de Caracas.

Este autor que estamos siguiendo califica al maestro caraqueño “temperamento erótico”[15], pero no se nos ocurre que el calificativo pueda aplicarse en la relación que tuvo con su mujer María de los Santos. Veamos lo que sabemos.

Según algunos historiadores, Simón Rodríguez salió de Caracas posiblemente en el mes de noviembre de 1795. Nunca más regresó a la ciudad.

El 8 de diciembre de 1823, desde Pallasca, Perú, cuando Bolívar está dirigiendo la última campaña de la guerra de Independencia, le escribe a Francisco  de Paula Santander en Bogotá: “He sabido que ha llegado de París un amigo mío, don Simón Rodríguez; si es verdad, haga usted por él cuanto merece un sabio y amigo mío que adoro. Es un filósofo consumado y un patriota sin igual; es el Sócrates de Caracas, aunque en pleito con su mujer, como el otro con Jantipa, para que no le falte nada socrático[16]...”

En plena gloria del Libertador, María Antonia Bolívar, que manejaba los intereses económicos de su hermano Simón cuando éste se ausentaba de Venezuela, recibe una carta que pudiéramos calificar de insólita. En ella el Libertador le da órdenes para entregar dinero a la esposa de Rodríguez. Éste estaba con su insigne discípulo en el Perú[17]. La carta enviada desde el Cusco el 27 de junio de 1825 por Simón Bolívar a  su hermana María Antonia dice así:

     Don Simón Carreño, que está conmigo trabajando en   la educación de
     este país, me ha pedido que le entregue a doña María de los Santos, su
mujer, que vive con don Cayetano Carreño, cien pesos al mes, hasta que se completen tres mil pesos que debe entregarme con este objeto. Llama a Carreño de mi parte, y dile la orden que tienes de entregarle los cien pesos al mes, los que pondrás a su disposición sin la menor falta, pues amo mucho a don Simón y a su familia.

En la misma fecha el Libertador se dirige a Cayetano Carreño y le manifiesta:

Este dinero jamás lo ha poseído hasta ahora, porque es tan desinteresado que no quiere ni pide cosa alguna. Se ha puesto a trabajar por ganar esa cantidad y me ha rogado que la adelante a usted con el fin de aliviar a su infeliz mujer que aún ama entrañablemente[18]

Es claro que el Libertador, además de exagerado, miente (piadosamente, se entiende). Si no lo hiciera, no sería humano.

María de los Santos escribe al Libertador, dándole las gracias por el dinero recibido y, por adelantado, por otro favor que le pide:
    
Caracas: 23 de agosto de 1825
Señor Simón Bolívar.
Mi apreciado señor:
Recibí el regalo que Vd. Se dignó hacerme y lo agradecí en el último grado, por hallarme, como Vd. no ignora, sin tener ningún amparo. Le suplico que no se olvide de prodigarme sus favores, siendo de su gusto socorrer a una infeliz.
He tenido noticias de que Simón está en el Congreso; espero que sin que le sirva de molestia y entorpecimiento a sus negocios, le dé un recuerdo, como que sale de Vd., a él, de lo que le quedaré muy agradecida.
Ambas mercedes espera de Vd. la que ha sido con el mayor reconocimiento su servidora que desea se halle sin novedad, y verle lo más pronto.
María de los Santos Ronco”[19]

“Cuánta delicadeza y seráfico pudor al mandarle memorias a Róbinson. Así lo amó”, comentó de esta carta Arturo Guevara.

Unos meses después “la desvalida esposa” de Simón Rodríguez le vuelve escribir al Simón benefactor (que no al desmemoriado, a pesar de que fuera éste quien le ¿enviara? el dinero):

Caracas, 5 de noviembre de 1825.
Señor Presidente Simón Bolívar.
Muy estimado señor y protector:
La señora María Antonia su hermana, me ha entregado por orden de Vd. trescientos pesos, y más me ha participado que si necesitare de alguna otra cosa, ocurra a ella con franqueza, pues tiene orden para remediar mis urgencias.
También he visto por una nota de Vd. dirigida a Cayetano Carreño, que se me asignan cien pesos mensuales hasta cubrir tres mil, que me ha donado de su trabajo mi legítimo marido Simón Rodríguez, pero no expresando la carta de Carreño  de quien deba recibir esta cantidad, pues su señora hermana dice no tener orden para hacerme este abono, ocurro a Vd. para que se sirva darla a quien corresponda.
No tengo expresión con que manifestar a Vd. hasta que extremo llega mi gratitud y reconocimiento, y me congratulo con la plausible noticia de la venida de los Simones para el año próximo venidero.
Repito a Vd. mi agradecimiento con las protestaciones más sinceras, deseándole toda felicidad, y que pueda verlo lo más pronto posible.
Su atenta y segura servidora.
Q.B.S.M.
María de los Santos Ronco”[20]

Con razón Arturo Guevara la llama “infortunada mujer”. Después de este dinero que recibe de su “legítimo marido”, no volvió a saber de él -que se sepa- ni volvió a verlo como era su deseo, según lo manifestaba en la carta al Libertador. Éste sí vino a Caracas en 1827. Por última vez.

3. La francesita

Escribió A. Rumazo González[21]:

¿Cómo se presenta Samuel Robinson en Londres, en aquel 1821?
“El señor Bello recordaba haberlo introducido en la sociedad de los emigrados españoles en Londres. Lo acompañaba entonces una francesita que él presentaba como su mujer y a quien había tenido tiempo de enseñar el castellano en su feroz crudeza, con todas sus interjecciones y sin ninguna reticencia. Era ese el lenguaje que, según contaba don Andrés, usaba en sociedad la picaresca hija del Sena con maliciosa ingenuidad”. José Victoriano Lastarria le oyó contar esos detalles al propio Bello, en Santiago. Robinson, en 1821, gobierna pasajeramente su ir con himnarios a la concupiscencia. ¿Al amor? Jamás escribió esa palabra en sus obras; nunca se mostró sentimental.

Antes de seguir ganamos mucho si deshacemos esta última afirmación. A Simón Bolívar[22] le dijo Simón Rodríguez: “El amor es muy delicado y la amistad lo es más aún, y en el hombre sensible [¿el propio filósofo?], estos sentimientos son de una delicadeza extrema, la menor sospecha es una mancha indeleble. Porque soy incapaz de perdonar una injuria, no quiero saber que me han ofendido; es cuanta generosidad puede esperar de mí una amante o un amigo”.

Y en la Defensa de Bolívar [23] les recuerda a los compañeros de armas del Libertador que “disfrazados con las canas de la senectud, os retiráis de los campos donde vencisteis, buscando en los poblados... nó los honores del triunfo... sino los brazos de vuestros compatriotas, y... tal vez... el corazón de vuestras amantes”.

Y continúa en la misma dirección: “Ha! Volved los ojos hácia esos retratos que dejasteis al despediros, y preguntad por qué causa habeis salvado, sin sentirlo, los floridos años de vuestra vida. Y... ¡cuántos, entre vosotros, no se verán privados hasta de ese consuelo! La amante, que unida, en otro tiempo, á vuestra suerte, os habría sido constante, ofendida de ver sus gracias pospuestas á la saña de Marte, oyó los consejos de la ausencia y os entregó al olvido.
“¡Todo lo habéis perdido! Salud, caudal, parientes, ¡amantes!...”

A pesar de lo expuesto,  A. Rumazo González asegura que Simón Rodríguez “se embarcó sólo, abandonándole en Londres a la francesita. Es duro de sentimientos”, comenta[24].

Otros autores creen que la francesita llegó a América, entre ellos A. Úslar Pietri[25]. Se basan para ello en una carta que el general Juan Paz del Castillo le enviara a Bolívar desde Guayaquil donde le decía:

Se me había olvidado participar a usted que tenemos aquí a don Simón Rodríguez, nuestro maestro /.../ Perdió la mujer en la navegación de Panamá a este puerto, y le robaron la ropa, instrumentos y todo cuanto tenía. Le voy a traer a casa como mi mejor amigo. Incluyo la carta que escribe a usted[26]

Pero en esa carta que Rodríguez le dirige “Al Libertador de Colombia[27]” el 30/11/1824 no nombra para nada algo tan grave como el haber perdido la mujer en el viaje para encontrarse con el antiguo discípulo. A menos que tenga razón el Libertador cuando escribió a Cayetano Carreño (27/06/1826):  “Créame Vd.,  mi querido amigo, su hermano de Vd., es el mejor hombre del mundo; pero como es un filósofo cosmopolita, no tiene ni patria, ni hogar, ni familia, ni nada”[28]. En ese momento el filósofo no tenía familia, pero no siempre será así, como se verá a continuación.


4. Manuela

La familia, tal vez, se haya formado en Bolivia y consolidado en Chile. En carta a Bernardino Pradel del 19 de agosto de 1836, el  filósofo le dice desde Trilaleubu: “Amigo: Ni puedo pasar el Deñicalqui ni tengo a quien confiar el rancho, para ir a ver a V. Estoy varado: ni puedo irme porque no tengo dónde, ni puedo quedarme porque no tengo qué... ; V. sabrá lo que ha de hacer conmigo: póngame V. en estado de ganar el sustento aunque sea de sacristán: todavía me acuerdo de mi tiempo, con 2 o 3 días de ejercicio repicaría como otro cualquier, empéñese V. con el señor Jarpa o con su coadjuntor tenga ya una recomendación, que es tener mujer moza y un muchachito que poder poner a cuidar la puerta mientras yo esté en la torre del campanario...”[29] Parece obvio que esta carta, además de hablar de la familia del filósofo, también habla de su excelente sentido del humor. Algunos autores han visto en la carnada que ofrece el filósofo el espíritu perverso  y cínico del maestro caraqueño.

Un ilustre viajero, llamado Luis Antonio Vendel-Heyl, profesor durante varios años del Colegio Luis El Grande de París, visitó a Simón Rodríguez en El Almendrón -un barrio del Valparaíso- el viernes 29 de mayo de 1840. Dejó asentado en su diario:

Don Simón estaba reducido a la mayor escasez. Después de tantos viajes y estudios que habían consumido su fortuna, el pobre hombre se hallaba condenado a no salir de su casa, porque no tenía más que una chaqueta, un pantalón de tela grosera y el viejo sombrero que llevaba cuando le vi. Ni siquiera podía tener el consuelo de publicar el fruto de sus meditaciones, el resultado de sus observaciones a que lo había sacrificado todo[30]. No encontraba ni editor, ni suscriptores para sus obras. Sólo pedía cinco reales por entrega, y aun así no había podido reunir doscientos suscriptores y necesitaba cuatrocientos.
El origen del descrédito y abandono en que había caído eran sus relaciones ilícitas con una india, de que había tenido dos hijos a quienes amaba y que regocijaban sus viejos días como si los hubiera tenido de una europea de pura sangre

Agradece uno este juicio del viajero sobre los hijos de Rodríguez habidos con la “india” que más adelante se vuelve “querida”[31].

Poco tiempo después, ¿en1841?,  el filósofo “Vive en Azángaro, un caserío a unos 30 Km del lago Titicaca y 4.000 m de altitud. Paul Marcoy, un viajero francés a quien ofrece hospitalidad por una noche, relatará sus impresiones en un libro de viajes publicado años más tarde. Vivía –según Marcoy- en una choza en compañía de una “india”, y se dedicaba a la fabricación de velas de sebo”[32].

El relato del viajero que transcribe A. Rumazo en la pág. 170-172 de su obra, dice que Simón Rodríguez se dirige a Arequipa en la ruta desde Oruro, pero hace un alto en Azángaro. El filósofo invita a pasar  al también viajero. El francés recuerda, entre otras cosas, el buen trato del maestro y de la india-criada:

No fue necesario que repitiera su proposición y, cruzando la tienda detrás del lonjista, penetré en la habitación inmediata al mostrador, la cual me pareció a la vez servir de cocina, de laboratorio y de alcoba... Una india acurrucada delante del hogar preparaba una cena cualquiera, que mi patrón me invitó a compartir con él /.../
Nos sentamos uno frente a otro delante de dos tablas, colocadas sobre otros tantos banquillos, que hacían las veces de mesa, y la india nos sirvió algunos pedazos de cecina y una sopa con pimienta. Para beber diónos agua fresca de la fuente, cuya crudeza atenuamos con algunas gotas de tafia. Durante la cena, mi patrón dio órdenes a su criada para que se cuidase igualmente del arriero y de nuestras monturas.

Por carta a su amigo José Ignacio París, fechada en Latacunga, Ecuador, el 6 de enero de 1846, sabemos que Simón Rodríguez sí tiene familia. Incluso menciona la palabra que le negaba Bolívar. “Mi familia se compone de 2, una mujer i un niño”, dice[33]. Y menos de dos años después, exactamente el 26 de noviembre de 1847, le comunica al coronel Don Anselmo Pineda, posiblemente desde Túquerres (Colombia), que “la casualidad ha traído aquí un médico naturalista suizo, que anda explorando, y me ha hecho el favor de dar algunos remedios a Manuelita[34]”. Pocos diminutivos emplea el filósofo en su escritura. Escogió uno para nombrar con la ternura delicada del caso a quien, sin duda alguna, quiso entrañablemente.

En su partida de defunción, don Santiago Sánchez, cura de Amotape (Perú), escribió que Rodríguez le había dicho

que fue casado dos veces y que era hijo de Caracas, y la última mujer finada se llamaba Manuela Gómez, hija de Bolivia, y que sólo dejaba un hijo que se llama José Rodríguez[35]” 

5 y 6. Temis y Astrea

Si deseáramos saber cuál es la valoración que Simón Rodríguez hizo de las mujeres, debemos observar la tierra en el día, todos los días, y contemplar el cielo estrellado en la noche. En efecto, en un pasaje sin igual nos indica el filósofo cómo son tratadas las mujeres en la tierra y por qué razón han tenido que ir a refugiarse en el cielo. A la manera platónica, esto lo hace a través de dos mitos: el de Temis, diosa madre y encarnación de la idea de la Justicia, y el mito de su hija, Astrea, la diosa de la Administración de la Justicia.

La “justicia” terrestre se ilustra en estos mitos con dos ejemplos. El primero abre el famoso pasaje del artículo N. 3 de la Crítica de las providencias del Gobierno, Lima, 1843. Menciona el caso de una vieja, que no tiene derecho ni a que se le haga justicia, puesto que su caudal está reducido a cuatro o seis reales. Leamos lo que escribió el filósofo:
         
...el valor de la cosa da importancia a la queja, en los Tribunales se ve:
Demanda que no pase de 5 pesos toca al alcalde barrio, i-i.. sin apelacion:
Porque nada importa  que haya injusticias de a 4 o de a seis reales; aunque a
esa suma se reduzca todo el caudal de una vieja, ¿Si la demanda no alcanza a
cubrir el papel sellado  ¿cómo  se practicarán las dilijencias? (preguntan). La
RAZON ! es poderosa porque la Justicia se pesa[36].

El segundo ejemplo, puesto en el artículo N. 4. de la misma obra[37], recuerda que “no habiendo, entre los animales del Zodíaco, sino dos Mujeres,, las atenciones debidas al bello sexo exijen que se pongan juntas, i i... lejos de esos dos guapos mancebos (Castor i Polux) que podrían llevarse a la niña por fuerza, burlándose de los clamores de la Justicia Madre,, i tratándola de LOCA, como hacen los litigantes poderosos con las pobres Viudas, cuando pleitean con ellas, por quitarles [en toda forma de derecho, i sin proceder de malicia] las hijas o los bienes”.

El filósofo relata el mito de Temis y Astrea de la siguiente manera:

               Los antiguos Vates materializaron la idea de lo Justo, figurándola en una
mujer sentada, que llamaron TEMIS, para indicar el reposo en que debe
estar el Juez, le bendaron los ojos, porque el juez no ha de ver las personas 
i le dieron un semblante sereno, porque el juez no se ha de apasionar, le
pusieron balanzas en la mano izquierda, porque el juez no se ha inclinar más a
un lado que a otro,, i en la derecha una espada, con que amenaza al culpable,
porque el juez no ha de perdonar. ¡Injenioso conjunto de Ideas!, tanto más
hermoso cuanto más distante de la Realidad. Los antiguos lo sacaron del
movimiento aparente del Sol. Éste, en su curso, va dando a las noches lo que
quita a los días hasta tropezar con CÁNCER al Norte, en Diciembre, se
vuelve i sigue hasta tropezar con CAPRICORNIO al Sur, en Junio,  i solo en 2
puntos iguala, cada 6 meses, la luz con las tinieblas,, al pasar por ARIES a
Oriente, en Setiembre,, y al pasar por LIBRA al poniente, en Marzo. De esta
constante exactitud dedujeron los poetas que solo en el cielo había verdadera 
JUSTICIA,, i para indicarlo pintaron en el signo libra unas BALANZAS. Luego, 
para adornar su alegoría dijéron que Júpiter, en uno de sus Matrimonios, 
reconoció por suya la hija de Temis, llamada ASTREA ¾ que la envió al mundo 
presidir los Tribunales  i a dirijir los Consejos que mantenían la Paz! Entre los 
mortales, en los venturosos días de la edad de Oro – que, con el tiempo, el oro se 
convirtió en bronce, el bronce en hierro,, i que la Niña viendo que los hombres, 
de miedo de quedarse en el suelo, no pensaban sino en matarse,, se volvió al 
cielo, i juró domicilio en el Zodíaco, con el nombre de VIRGO: porque no 
habiendo hallado con quien casarse en la tierra, tuvo que retirarse, al lado de su 
madre, Doncella. Allá está, desde entonces, viviendo de la escasa renta de 28 días 
y % avos de día que le da el mes de Febrero. La madre, temiendo la petulancia de 
la especie humana, puso un escorpión de centinela, a su lado, auxiliado por el 
flechero [Sajitario], i a la hija le puso un León,, con orden de emponzoñar, 
lancear o desgarrar al que osase acercarse. Al Carnero (aries) su ministro, le 
encargó que se defendiese con sus cuernos ó que ocurriese a los del Toro (taurus) 
o a las armas de los jemelos Castor i Polux (gemini) o a los peces (piscis) 
[Tiburones, sin duda] si los hombres venían embarcados,, o por último recurso, a 
un aguacero deshecho (aquarius) que los ahogase sin dejar uno.

           Y aquí viene la moraleja:

Tal es el horror con que las mujeres ven las injusticias de los hombres, que han      preferido vivir en el aire, entre animales, desnudas, i sin otra capa que la del sol. Desde allá se están burlando de las ficciones de los pobres poetas
“ Mis balanzas [dice la Diosa madre] se les han vuelto balanzas de frutera = platos de hoja, astil de palo, fiel romo que se detiene donde quiere el codo: mi benda se la ponen floja, para poder ver de medio cuerpo abajo, i juzgar por las faldas del vestido: ya mi semblante no es sereno, sino airado,, para amedrentar al desvalido: mi espada se ha vuelto estoque de jugador de manos, que se alarga o se esconde en el puño según lo requiere la suerte. En una de las plazas de Florencia han puesto mi estatua sobre una columna,, i los Italianos, que de todo se burlan con sorna, dicen que me han puesto en alto para que nadie me alcance” (...)[38]


7. Y muchas más...

Antes del deceso del filósofo, cuenta Camilo Gómez, -testigo presencial de su muerte, y que Manuela Sáenz creía que “era hijo de don Simón”[39],  aunque el filósofo lo consideraba  “como hijo adoptivo” , según palabras del corresponsal de El grito del pueblo, que relató los hechos muchos años después, el jueves 4 de agosto de 1898[40]- : “Todos los días iba al pueblo a buscar el alimento para don Simón, que era preparada por una señora caritativa” [41]. No fue ésta, sin embargo, la única mujer que se apiadó del filósofo. Escribió  a su amigo el obispo Torres cuando se hallaba en Latacunga el 11 de mayo de 1843: “Un hacendado me ofrece llevarme para su hacienda, y no puedo moverme, porque estoy debiendo en las pulperías, bajo la responsabilidad de una pobre mujer que vive en la casa donde estoy”[42]. En fin, para cerrar este relato de tantas mujeres que lo quisieron, oigamos de nuevo a Camilo Gómez que nos dice lo que pasó tras la muerte del filósofo:

Una señora que me vio salir llorando, se acercó a consolarme y me aconsejó que escribiera al cónsul de Colombia en Paita; lo que hice inmediatamente”[43]

Después de este recorrido por la vida de Simón Rodríguez, no nos explicamos cómo A. Rumazo González pudo escribir que “para el educador caraqueño la cuestión mujeres fue siempre asunto secundario. Punto que, en este caso, revela lamentablemente limitación”[44].

Pero lejos ya del relato mítico y del relato de su propia historia, ¿qué lugar ocupan las mujeres en la obra de Simón Rodríguez? Tal es lo que nos proponemos averiguar antes de callarnos para permitir las observaciones de tan distinguida audiencia.

Por una investigación de Mercedes M. Álvarez, sabemos que Simón Rodríguez hizo una  petición al Cabildo de Caracas, el 11 de noviembre de 1793, solicitando una escuela para niñas[45]. Tuvo el maestro de Caracas que esperar treinta y dos años para concretar su idea juvenil. En efecto, relata O’Leary que, en 1825, en Arequipa, el Libertador “fundó escuelas para niños de ambos sexos, y atendió personalmente a la organización de estos planteles, bajo la dirección de don Simón Rodríguez, y, a pesar de la escasez de las rentas, halló el modo de dotarlos”[46].

De ahí en adelante, en la subida a Bolivia y de la mano de su antiguo discípulo caraqueño, irá el filósofo fundando escuelas para niñas y niños. Algunos años después recordará que Bolívar “Expidió un decreto paraque se recojiesen los niños pobres de ambos sexos... nó en Casas de misericordia á hilar por cuenta del Estado, nó en Conventos á rogar a Dios por sus bienhechores, nó en Cárceles á purgar la miseria ó los vicios de sus padres, nó en Hospicios, á pasar sus primeros años aprendiendo a servir, para merecer la preferencia de ser vendidos, a los que buscan criados fieles ó esposas inocentes”[47].

Este es el comienzo de la “libertad civil”, como le expresaba a J.I. París el 6/11/1846. En otros términos, el señalado es el aspecto negativo de su proyecto de Educación Popular. Es decir, en primer lugar es preciso rescatar a hombres y mujeres de las servidumbres de la pobreza. De esta “JENTE NUEVA no se sacarían pongos para las cocinas, ni cholas para llevar las alfombras detrás de las señoras...”[48]

Lo positivo del proyecto lo expresó como sigue:

Los niños se habían de recoger en casas cómodas y aseadas, con piezas destinadas á talleres, y éstos surtidos de instrumentos, y dirijidos por buenos maestros. Los varones debían aprender los tres oficios principales, Albañilería, Carpintería y Herrería porque con tierras, maderas y metales se hacen las cosas mas necesarias, y porque las operaciones de las artes mecánicas secundarias, dependen del conocimiento de las primeras. Las hembras aprendían los oficios propios de su sexo, considerando sus fuerzas,  se quitaban, por consiguiente, á los hombres, muchos ejercicios que usurpan á las mujeres”[49]

Por lo transcrito sabemos que Rodríguez sigue la opinión general de la época de que hay oficios que son propios de hembras y otros propios de varones. Pareciera deducirse de esta distinción que Rodríguez comparte la idea de una cierta diferencia entre las personas que se derivaría de la diferenciación sexual. Pero si uno lee con atención, los “oficios propios de su sexo” lo son “considerando las fuerzas”. En otros términos, hasta ahí alcanza la diferencia de oficios basada en el sexo.

Más bien el filósofo cree que las diferencias entre hembras y varones son propiamente culturales, de educación. Y por la educación se pueden corregir diferencias que parecieran naturales. Por eso apunta que en su proyecto “Se daba instrucción y oficio á las mujeres paraque no se prostituyesen por necesidad, ni hicieran del matrimonio una especulación para asegurar su subsistencia”[50]. En un texto sin igual de Sociedades Americanas en 1828[51], señala que si la instrucción se proporcionara a TODOS, “las mas de las mujeres, que excluimos de nuestras reuniones, por su mala conducta, las honrarían con su asistencia”.

Sin pretender que Simón Rodríguez fuera un adelantado feminista, pensamos, sin embargo,  que él considera que en las mujeres hay un plus por el cual hace la afirmación anterior. Ese plus explica la exigencia  de “las atenciones debidas al bello sexo”, como lo dijo en un pasaje anteriormente citado. Y explica también esa creencia el trato diferenciado[52]: afectuoso, gentil, cortés y amable, que tiene con  las esposas y hermanas de sus corresponsales.

Muchas gracias.


Conferencia dictada el 16 de marzo de 2014 en la Universidad Nacional Experimental de las Artes (UNEARTE), Espacios Cálidos, como parte de las actividades de FILVEN 2014.

Para comunicarse con el autor, escriba a carloshjorge@hotmail.com


[1] CARREÑO, Eduardo: Vida anecdótica de venezolanos, Colección Libros Revista Bohemia, Nº 36, s/f. Impresión en Caracas, Venezuela, pág. 17-18.
[2] Simón Rodríguez maestro de América, UNESR, Caracas, 1976, pág. 89.
[3] AMUNATEGUI, Miguel Luis i Gregorio Víctor: Biografías de americanos [ Obra en línea digitalizada por Google de un ejemplar de Harvard College Library ], Santiago, Imprenta Nacional, calle de Morandé, diciembre de 1854. Ver en http:/books.google.co.ve/
[4] DE LA PLAZA, Simón: Historia del arte en Venezuela, 1 vol.,  Caracas, 1883.
[5] ROJAS, Arístides: Crónicas y leyendas, Monte Ávila, Caracas, 1979, pág. 126.
[6] AMUNÁREGUI, ML i GV, obra citada, pág. 233.
[7] ALVAREZ F., Mercedes M.: Simón Rodríguez tal cual fue, UNESR, Caracas, 1977, pág. 19.
[8] CALZAVARA, Alberto: Historia de la música en Venezuela. Período hispánico con referencias al teatro y a la danza, Fundación Pampero, Caracas, 1987.
[9] Simón Rodríguez, Obras completas, t. II, pág. 275.
[10] El tema (capital) del origen (expósito-sacrílego) de Simón Rodríguez lo hemos abordado con detenimiento en nuestra obra Educación y revolución en Simón Rodríguez, Monte Editores Latinoamericana, Caracas, 2000, pp. 55-100.
[11]  Obras completas, t.II, pág. 538. Subrayado mío.
[12] A. Rumazo González, Simón Rodríguez maestro de América, UNESR, Caracas, 1976,  p. 27, nota 3.
[13] El documento está recogido por A. Rumazo González, ob. cit., pág. 36, nota 33.
[14] Ídem, pag. 45, nota 43.
[15] Idem, pág. 199.
[16] Citado por Mercedes M. Álvarez en Simón Rodríguez tal cual fue, pág. 151.
[17] Ídem, nota 24, p. 28.
[18] Idem, pág. 131.
[19] Carta tomada de A. Guevara: Espejo de justicia, UNESR, Caracas, 1977, pág. 200
[20] Ibídem, pág. 200-201.
[21] Simón Rodríguez maestro de América, pág. 89.
[22] Carta desde Oruro del 23 de septiembre de 1827, Obras completas, t. II, p. 512
[23] Obras completas, t. II, pag. 196ss
[24] Obra citada, pág. 100.
[25] Véase La isla de Róbinson,  Seix Barral, Barcelona, 1981.
[26] Citado por Fabio Morales, “Cronología”, en  ob. cit., pág. 320.
[27] Obras completas, t. II, pág. 503-504.
[28] Carta que reproduce A. Guevara en Espejo de justicia, p. 60.
[29] Obras completas, t. II, pág 519-520
[30] Esto que cuenta el viajero francés es verdad a medias, pues en febrero de ese mismo año acaba de publicar el filósofo, casi todos los días, en el diario El Mercurio. Cf.: Carlos H. Jorge, “Los extractos de Simón Rodríguez”, en Apuntes filosóficos 31, UCV, Caracas, 2007, pp. 7-18.
[31] AMUNATEGUI, Miguel Luis i Gregorio Víctor, obra citada, pág. 256.
[32] Fabio Morales, “Cronología” en Simón Rodríguez Sociedades Americanas, Biblioteca Ayacucho nº 150, Caracas, 1990, pág. 328.
[33] Obras completas, t. II, p. 534.
[34] Idem, pág. 543
[35] A. Rumazo González, ob. cit.,  291-192
[36] Obras completas, t. II, pág. 415.
[37] Ídem, t. II, pág. 417.
[38] Idem, t. II, pág. 415-416.
[39] Obras completas, t. II, p.550.
[40] Ídem, pág. 547.
[41] Ídem, pág. 549.
[42] Ídem, pág. 528.
[43] Ídem, pág. 550.
[44] Obra citada, pág. 136.
[45] Archivo del Concejo Municipal, Acuerdos del Cabildo 1793, f. 480 vto. Citado en Simón Rodríguez tal cual fue, pág. 26.
[46] Citado por Fabio Morales, “Cronología”, pág. 321.
[47] Obras completas, t. II, pág. 356.
[48] Ídem, pág. 361.
[49] Ídem, pág. 356.
[50] Ídem, pág. 357.
[51] Obras completas, t. I, pág. 327.
[52] Entre otros lugares, ver en O.C., t. II, pág. 506, 528, 530, 531 y 532.