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miércoles, 10 de septiembre de 2008

Dignificación



A Guillermo Mosquera

 
Tanto si se afirma que el término latino ministerium viene de manus: mano o de minus: menos, en cualquier caso el derivado castellano 'ministerio' significa servicio, y ministro, servidor. Hablar entonces de Ministerio del poder popular para lo que sea no deja de ser una expresión muy engreída y muy poco modesta como exige el nombre.

Uno entiende el gusto de los revolucionarios por las palabras pomposas, porque es más fácil y rápido -creen ellos- hacer cambios radicales en el lenguaje que en lo real. Los promotores de la Revolución bonita han sido exitosos en el fomento del uso de algunas palabras, unas para ofender, como escuálido, otras para halagar, como dignificar. Siguiendo el ejemplo del Minpopo para la Economía Comunal, que quiere dignificar en Sabana Grande el Trabajo Popular, un candidato opositor a la Alcaldía de Girardot adula a sus votantes buhoneros prometiéndoles un centro comercial en la Av. Bolívar de Maracay... que los dignificará.

Hay que aclararles a la revolución y a la contra plagiaria que "dignificar" literalmente significa "hacer digno", y lo que se quiere decir es "restaurar derechos que han sido arrebatados" o "dar un trato digno" a quien lo es por ser humano.

Ya Kant recordaba allá por 1775 en sus lecciones de ética que se debe respetar a cada ser humano porque toda persona sintetiza en sí a toda la humanidad. Todo ser humano es digno (que etimológicamente significa que "tiene el mismo precio o valor que otro"). Esto quiere decir, entre otras cosas, que la humanidad merece aprecio y que debe ser estimada digna cualquier persona, aunque se trate del más malvado de los hombres.

La dignidad del ser humano lo obliga a cada uno para consigo mismo con más fuerza que en el trato a los demás, pues sólo uno mismo puede rebajar en su propia persona la dignidad del género humano.

Teniendo lo anterior por delante, no puede uno menos que condenar los innobles medios que algunos desheredados, humillados y ofendidos, emplean para sobrevivir: depredación de accidentados en autopistas, saqueo de los cadáveres por desastres aéreos, de tráfico o por la furia de la naturaleza, invasiones... Tampoco puede uno dejar de lamentar que alguien que recibió una medalla por dar patadas reclame una casa digna que merece por ello: ya recibió su pago en bronce.

Uno condena y lamenta, porque como señalaba el genio de Könisberg, la vida tiene un valor inferior a la dignidad. Vivir no es algo necesario, pero sí vivir dignamente. Uno condena y lamenta, aunque comprende. Claro que no puede uno comprender a los vividores del régimen que se prostituyen practicando la sofística y echando a la basura toda dignidad, así sea por la necesidad de sobrevivir.

Lector, si me dejas un Comentario, mejoro el blog. Doblemente agradecido
Publicado por Tal Cual, pág. 21, el miércoles 10 de septiembre de 2008

martes, 15 de julio de 2008

Antipatía


Adam Smith (1713-1790) es recordado por su Investigación sobre la naturaleza y causas de la riqueza de las naciones, fundamento doctrinario del liberalismo económico. Pocos recuerdan que también es autor de una de las obras más hermosas de ética: Teoría de los sentimientos morales, obra en la que sistemáticamente desarrolla una de las vertientes de la llamada “moral de la simpatía”.

La simpatía es, según el filósofo escocés, lo que determina la aprobación de las acciones ajenas. Pero la simpatía no es para él un movimiento de reacción instintiva dominado por la utilidad o el egoísmo. Constituye, por el contrario, el hecho de una comunidad de sentimientos con el prójimo por medio del cual se otorga a sus actos un juicio totalmente imparcial y desinteresado.

“El mayor malhechor, el más endurecido transgresor de las leyes de la sociedad, no carece del todo de ese sentimiento”, asentó. Y es que buenos y malos tienen imaginación. “Por medio de la imaginación –señala- nos ponemos en el lugar del otro, concebimos estar sufriendo los mismos tormentos; entramos, como quien dice, en su cuerpo y, en cierta medida, nos convertimos en una misma persona, de allí nos formamos una idea de sus sensaciones... Su angustia así incorporada en nosotros, adoptada y hecha nuestra, comienza por fin a afectarnos, y entonces temblamos y nos estremecemos con sólo pensar en lo que está sintiendo”.

“No queremos ser invasores” es el eco de quienes buscan un solución habitacional (perdón por el barbarismo). “Y que me digan por qué yo, con mis ocho hijos y mi niña grave, no merezco una casa”, insistía como una roca la señora Peña .“No queremos invasores” es el grito de quienes ya tienen, no sólo solución sino vivienda digna y se sienten amenazados.

No es mi intención señalar un problema que todos conocen, muchos lo padecen y pocos lo han analizado concienzudamente. Quiero referirme solamente al sentimiento que aflora en la oposición a los invasores. Es sabido que, en general, la clase alta, de aquí y de otras partes, no suele tener mucha imaginación. Pero también una parte importante de la clase media venezolana ha perdido la suya y... la memoria. Ya no recuerda qué fue.

Más allá de la violencia que puede generar una invasión, a las comunidades de la clase media caraqueña les preocupa convivir con los nuevos vecinos. Por anticipado sospechan que no tienen sus mismas costumbres. “Ponen música a todo volumen. No estamos acostumbrados a eso, aquí todo el mundo trabaja. Ellos deterioran el ambiente; botan la basura donde quieren; cuelgan la ropa en las ventanas y, si le dices algo, te tiran piedras. Uno no dice que es mejor que ellos, pero esa gente tiene mal vivir”, lamenta un honrado habitante de La Florida.

Lo anterior me lleva a creer que no hay simpatía verdadera sino entre iguales. Simpatizan, en apariencia, los inferiores con los superiores y éstos con los de abajo. La antipatía es el sentimiento natural de la desigualdad y... ¡nunca es muy agradable!

Publicado por Tal Cual
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