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lunes, 5 de febrero de 2018

LECTIO BREVIS






Muchas gracias, en primer lugar, a las autoridades de la Universidad Católica Santa Rosa –en especial a su rector, Padre Carlos Boully, y a la Vicerrectora Académica, Prof. Berla Andrade- por haberme concedido el honor de esta lectio brevis en la apertura del año académico de 2018. Gracias, también, a todos ustedes que se han quedado a oírme
Antes de empezar quisiera aclarar el título de mi lección: Elogio de la manía filosófica. En criollo debiera ser ‘Buen discurso sobre la locura de los amantes de la sabiduría’. 
No es esta, amigos, una charla con rigor académico. Por el contrario, se trata de algunas notas pergeñadas al desgaire sobre una actividad de la saco el sustento diario.
Me asombra la situación paradójica en la que me encuentro. Por un lado, si hurgamos en internet, encontraremos infinidad de definiciones de ‘filosofía’; por el otro, yo no tengo ninguna o, mejor dicho, tengo una tan general –más adelante la mostraré- que no define nada.
Pero quien sí la tiene es M. Heidegger. Escribió el filósofo de Messkirch: “Philosophia es el corresponder expresamente ejecutado, que habla en tanto atiende al llamamiento-asignación del ser del ente. El corresponder (contrahablar) escucha y obedece la voz del llamamiento-asignación. Lo que se nos asigna como voz del ser determina nuestro corresponder. ‘Corresponder’ quiere, entonces, decir: estar determinado, etre disposé, a saber, a partir del ente. Dis-posé (dis-puesto) significa aquí, literalmente: expuesto-aclarado y merced a ello puesto en relaciones con lo que es. (...) En tanto a-corde y de-terminado, el corresponder es esencialmente un temple de ánimo”. Clarísimo, ¿verdad? Un exquisito trozo de jitanjáfora, zabuqueado de cláusulas y cortado de paréntesis. Un metafísico de los más seguidos en América Latina, en general, y en Venezuela, en particular, nos dijo qué es Filosofía. ¡Y pensar que yo no tengo una definición ni de jerigonza! Me alivia el generoso comentario que nos dejó B. Russell sobre el profesor de Friburgo de Brisgovia: “Sumamente excéntrico en su terminología, la filosofía de Heidegger es extremadamente oscura. Uno no puede por menos que sospechar que el lenguaje se ha desbocado en este caso” (La sabiduría de Occidente, Aguilar, Madrid, 1962).
Abandonemos la tiniebla, lámpara de muchos filósofos, y lleguemos al Siglo de las luces. A él pertenece Simón Rodríguez, filósofo venezolano que vivió entre 1769 y 1854. Nos dejó no una sino cinco definiciones. Consideremos la que sintetiza las otras. Dice así: “Filosofía es conocer las cosas y conocernos para reglar nuestra conducta por las leyes de la naturaleza”.
Como se puede comprobar, la definición tiene dos partes. La primera quiere que por la Filosofía conozcamos las cosas. A pesar del afecto que le tengo al “Sócrates de Carcas”, como lo llamara Bolívar, en este caso debo manifestarle mi desacuerdo. Si deseáramos “conocer las cosas” por la Filosofía, de seguro estaríamos infinitamente más confundidos de lo que lo estamos. Los filósofos son especialistas en discursos contradictorios. La segunda parte es el imperativo de Delfos: “conócete a ti mismo”. Yo confieso que cada vez que lo he intentado -además de no saber por qué hacerlo- me he devuelto porque lo que iba encontrando no era muy de mi gusto.
Mas volvamos al “conocer las cosas”, esto es, la Filosofía entendida como ciencia. No importa cuál sea la definición que tengamos de ciencia, lo que constatamos siempre es que en el concepto de este término no entra la Filosofía o, si entra, es con un sentido tan lato que la ciencia queda bastante mal parada. Ya el viejo Platón había advertido que la Filosofía sólo podía llegar a ser “opinión verdadera”… cuando mucho.
La Historia reconoce como una primera clasificación de las ciencias la realizada por Aristóteles. El Estagirita consideraba que las ciencias se deben ordenar, en atención a los tres fines primordiales de la actividad humana: conocer, obrar y producir. Por consiguiente, habrá ciencias teóricas, ciencias prácticas y ciencias poéticas. El primer grupo comprende la Metafísica, la Matemática y la Física. En el segundo grupo se encuentran la Moral y la Política. Por último, la Poética, la Retórica y la Dialéctica, que se conocen como ciencias poéticas.
De acuerdo con el criterio del filósofo argentino Mario Bunge, se distinguen dos clases de ciencias: las formales y las fácticas. Las primeras manejan ideas –o más bien, formas de ideas– sin representación alguna en la realidad. Un ejemplo de estas formas son los esquemas válidos de razonamiento. Tales esquemas, construcciones ideales, no proporcionan información acerca de la realidad. Las ciencias fácticas sí ofrecen información acerca de la naturaleza, porque se ocupan de objetos o de hechos que existen fuera de la mente. Entre estos objetos o hechos, hay algunos que existen como productos de la naturaleza; pero hay otros cuya existencia se debe a la intervención del hombre. A los primeros objetos, se les llama naturales; a los segundos, culturales. Por esta razón, a las ciencias fácticas que estudian los objetos o fenómenos naturales, se les denomina ciencias factuales naturales y a las que estudian los fenómenos culturales se las nombra ciencias factuales culturales. El oxígeno y el átomo son ejemplos de objetos naturales. Las revoluciones y las actividades electorales son fenómenos culturales.
Yo, que no soy ningún experto en epistemología, suelo dividir para mí las ciencias en analíticas o demostrativas: Lógica, Matemáticas y Geometría; en falsables o verificables y grandemente formalizadas: Física, Química y Biología, y las demás disciplinas del conocimiento, entre las que incluyo la Filosofía, disciplina de análisis y síntesis, exposición y argumentación. ¿Por qué no incluyo esta disciplina entre las ciencias? Bueno, porque se puede hablar de buena o de mala Filosofía, pero no de buena o mala ciencia. Y esta distinción es definitiva. Ello no significa que la Filosofía no tenga dignidad. Simón Rodríguez la proponía como ideal para el hombre. Dejó escrito en la Defensa de Bolívar: “Si un filósofo se dedicara a cuidar puercos, el ejercicio de porquero sería honroso, y se diría Pocilga como se dice Academia, Ateneo, Pórtico, Liceo, por el lugar donde se enseña”.
Y aquí es oportuno hacer una pregunta siempre inoportuna pero siempre ineludible: ¿de qué vive un filósofo? Bueno, puede vivir en la indigencia como el cínico Diógenes, el napolitano Vico, el utópico Fourier o el científico del socialismo Karl Marx a quien se le murieron de hambre tres hijos.
En general, desde los sofistas para acá, los filósofos viven de la enseñanza, como Andrés Bello, en una universidad de la que fue rector durante más de dos décadas, o como Simón Rodríguez, maestro de escuela.
Otros, muy celosos de su independencia intelectual, hacen lo que sea para poder dedicarse a la Filosofía. Así Rousseau, entre otras cosas, fue preceptor de niños ricos, y Spinoza, pulidor de cristales.
Algunos tienen la suerte de haber nacido aristócratas y viven de su nobleza, como Platón y Montaigne, aunque lo más común es que sus talentos individuales les permitan agenciarse la protección de los poderosos. Tal sucedió con Aristóteles, Maquiavelo, Francis Bacon o René Descartes.
En general, la Filosofía no es profesión peligrosa, a menos que te llames Pitágoras, Sócrates, Hipatia de Alejandría o Giordano Bruno.
Al grano: la Filosofía –definió J. L. Borges- es un género literario. Hasta ahí. No se puede decir mucho más de ella. Los géneros literarios son los distintos grupos o categorías en que podemos clasificar las obras literarias atendiendo a su contenido. La Retórica clásica los ha clasificado en tres grupos importantes: épico, lírico y dramático, a los que se añade con frecuencia el género didáctico.
Basta con pensar en el conjunto de obras literarias de cualquier época para observar que todas ellas se pueden organizar en diferentes grupos  que comparten unas características más o menos comunes. Bien es cierto que la frontera entre estas agrupaciones no siempre está clara, y que muchas veces es difícil clasificar una obra porque en ella están presentes características de diversa naturaleza. Aun dejando de lado la preocupación teórica por la agrupación y clasificación de textos, la historia de la literatura demuestra que las obras nunca son entes autónomos ajenos a una tipología: siempre contienen una serie de rasgos que configuran el texto como un modelo, adscribiéndolo así a una clase que funciona como marco de todas las composiciones ajustadas a un patrón expresivo fijo.
El interés teórico por los géneros comienza con la obra de Platón, el verdadero creador de la prosa filosófica, pues antes de él la Filosofía se expresaba en verso. En efecto, en República hace referencia a distintas formas de expresión poética, según sea la relevancia en la obra de la voz del narrador, la de los personajes o la fusión de ambas. Ese interés continúa con Aristóteles, Cicerón, Horacio y Quintiliano y constituye la primera etapa.
La segunda etapa se caracteriza por la reacción anticlasicista. En efecto, contra los planteamientos tan estrictos de la antigüedad reaccionan los románticos, convencidos de que genio y precepto son conceptos incompatibles. Su principal teórico fue Hegel. Según su reconocida teoría, existen tres estadios, a saber: el objetivo, representado por la épica, modelo heroico de expresión; el subjetivo, correspondiente a la lírica, expresión de la intimidad, y, por último, el constituido por la dramática, que sabe mezclar lo subjetivo y lo objetivo.
El tercer momento de esta evolución se inicia a comienzos del siglo XX, a partir de los planteamientos del formalismo ruso, que postulan que un género es un conjunto de procedimientos constructivos que toda obra adscrita a él debe compartir.
Pero Benedetto Croce rechazó la validez de la división de los géneros literarios, pues, según él, tal división va en contra de la individualidad y originalidad de cualquier manifestación artística.
No sé por qué pero me apresuro a sospechar que Croce sufre del mayor pecado del que sufren los filósofos: la vanidad. Todos se consideran el último oasis en la travesía del desierto del conocimiento. Juan Nuño recordaba hace ya años el secreto deseo que guarda in pectore todo filósofo de cualquier época. Ese deseo no es otro que acabar con toda la Filosofía… que no sea la suya. Parménides contra Heráclito, Anaxágoras contra Demócrito, Sócrates contra los sofistas, Platón contra los materialistas, “hijos de la tierra”, Aristóteles contra los platónicos, Epicuro contra académicos,  aristotélicos y estoicos, Tertuliano contra la Filosofía… En fin, los liquidadores de la Filosofía siempre estarán entre aquellos  que tienen interés en persistir como filósofos. Ayer y hoy.
Pero no hay que preocuparse demasiado por ese asunto. De seguro el progreso del conocimiento –si se me permite el oxímoron- no viene de la Filosofía que sólo ha aportado revoluciones palaciegas. La mayor parte de los problemas que la Filosofía se planteaba en los siglos XVII y XVIII han sido resueltos, cuando no pulverizados, por la Física, el Psicoanálisis, la Economía política, la Historia, la Biología y… los acontecimientos. Y es que la Filosofía es el arte más arbitrario que hay… que se sirve de todos los demás. Sin lugar a dudas, El Quijote, de Cervantes, es menos arbitrario que la Ciencia de la Lógica, de Hegel, que no creo que haya aportado nada al desarrollo de esta ciencia, una de las de las de mayor andadura en estos tiempos, ciencia que terminó por dar grandes zancadas cuando dejó atrás todo intento de decirlo todo. Como Spinoza acerca del Mundo o Hegel acerca de la Historia. Tal pretensión a decirlo todo conlleva un estilo, impuesto, cuando menos, desde Descartes.
Decirlo todo, inmediatamente y de la única manera posible de decirlo: tal es la manía filosófica. Y es que no acostumbran los filósofos menospreciar su talento. De creerles, la humanidad sólo comienza a pensar verdaderamente con cada uno de ellos. Ahora bien, los filósofos juran que siempre tienen razón y, de seguro, es así, pero… como los locos. Y es que la locura es la fuente de la sabiduría.
Los orígenes de la Filosofía son misteriosos. Según la tradición erudita, la Filosofía nació con Tales y Anaximandro, en Jonia. En el siglo XIX se buscaron sus orígenes más remotos en fabulosos contactos con las culturas orientales, con el pensamiento egipcio y con el indio. Por ese camino no se ha podido comprobar nada. Sólo se han podido establecer analogías y paralelismos.
Platón llama ‘filosofía’ (‘amor a la sabiduría’) a su investigación, a su actividad educativa, que estaba muy ligada a una expresión escrita, a la forma literaria del diálogo. Y Platón contempla con veneración el pasado, un mundo en el que habían existido los “sabios”… de verdad. Por otra parte, la Filosofía posterior, nuestra Filosofía, no es otra cosa más que una continuación del desarrollo de la forma literaria introducida por Platón. A. Whitehead llegó a decir que la historia de la Filosofía se reduce a las obras de Platón con notas a pie de página. Pero el ‘amor a la sabiduría’ es inferior a la ‘sabiduría’. Efectivamente, amor a la sabiduría no significaba para Platón aspiración a algo nunca alcanzado, sino tendencia a recuperar lo que ya se había realizado y vivido. O lo que es lo mismo, no hubo un desarrollo continuo, homogéneo entre Sabiduría y Filosofía. Lo que hizo surgir a ésta última fue una reforma expresiva, la aparición de una nueva forma literaria que filtra el conocimiento de todo lo anterior.
Si desandamos lo andado por los senderos de la sabiduría griega, nos encontraremos con los dioses que Nietzsche puso en el nacimiento de la tragedia. Pero, contra el solitario de Sils María, Giorgio Colli destaca la preeminencia de Apolo, pues sólo a este dios hay que atribuir el dominio de la sabiduría de Delfos. En efecto, en Delfos se manifiesta la inclinación de los griegos al conocimiento. Para la civilización helénica  arcaica el conocimiento de lo futuro del hombre pertenece a la sabiduría. Apolo simboliza ese ojo penetrante, y su culto una celebración de la sabiduría. La adivinación, porque de eso se trata, entraña conocimiento de futuro y manifestación, que es comunicación de dicho conocimiento. Y ello se produce a través de la palabra del dios, a través del oráculo. En la palabra se manifiesta al hombre la sabiduría del dios, y la forma, el orden, la conexión en que aparecen las palabras revela que no se trata de palabras humanas, sino de verbo divino. En esto consiste lo exterior del oráculo: ambigüedad, oscuridad, alusiones difíciles de descifrar, incertidumbre. De ello se infiere que el dios conoce lo porvenir y se lo manifiesta al hombre, pero parece no querer que el hombre lo comprenda. Es este un ingrediente de perversa crueldad de Apolo que se refleja en la comunicación de la sabiduría. Lo dijo Heráclito el obscuro con toda claridad: “El señor a quien pertenece el oráculo que está en Delfos no afirma ni oculta, sino que indica”.
Ese es el fondo del culto délfico de Apolo. Un celeste y decisivo pasaje platónico nos lo aclara. Se trata del discurso sobre la ‘manía’, sobre la locura, que Sócrates desarrolla en el Fedro. Desde el comienzo contrapone locura a control de sí y exalta la primera como superior y divina. Dice el texto: “Los bienes más grandes llegan a nosotros a través de la locura, concedida por un don divino… En efecto, la profetisa de Delfos y las sacerdotisas de Dodona, en cuanto poseídas por la locura, han proporcionado a Grecia muchas y bellas cosas, tanto a los individuos como a la comunidad”. Así, pues, desde el principio  revela Sócrates con toda claridad la relación entre manía y Apolo. Distingue a continuación cuatro especies de locura: la profética, la mistérica, la poética y la erótica. La poética y la erótica son variantes de la profética y de la mistérica. Estas dos últimas están inspiradas por Apolo. En el Fedro manía profética figura en primer plano hasta el punto de que, para Platón, el testimonio de la naturaleza divina y decisiva de la manía es el hecho  de que constituye el fundamento del culto délfico. Apoya su juicio con una etimología, a saber: la ‘mántica’ –el arte de la adivinación- deriva de ‘manía’ y es su expresión más auténtica. De ello se deduce que Apolo no es sólo el dios de la mesura, de la armonía –como quería Nietzsche- sino, como Dionisos, de la exaltación y de la locura.
Parece que ha llegado el momento de proponer abandonar la Filosofía que no remite a ningún dominio determinado y apenas sirve de espantajo para impresionar incautos. La Filosofía no existe sino como género literario. Lo que tenemos son una serie de libros, escritos por gentes más o menos competentes, que versan sobre los más variados temas. Desde metafísica, ética y estética hasta nomadología. En principio, tales gentes tratan de sostener con argumentos lo que exponen y buscan conferir a sus obras el interés más general posible. Para lograrlo, les está permitido fabricarse un determinado vocabulario a condición de que sirva para ganar precisión y no perderla, como en el caso heideggeriano. Si llenan tales condiciones, quizás se podrá decir entonces –pero con mucha prudencia- que tal o cual obra posee un valor “filosófico”. Pero será así porque cumple con tales condiciones y no por participación mágica de un condicionado, de una hipóstasis que sería la Filosofía. Sucede, sin embargo, -recordaba J. F. Revel- que los filósofos de nuestro tiempo permanecen más o menos conscientemente fieles al ideal medieval, a aquella noción implícitamente religiosa de su papel y denominan Filosofía a tal sueño de una disciplina rectora que –como quería Simón Rodríguez- fuese al mismo tiempo ciencia y prudencia, conocimiento de lo absoluto y principio jerarquizador de los otros conocimientos, los cuales obtendrían de aquélla su significación última. Pero todo ese intento no es más que pura charlatanería, que, por otro lado, es su encanto… literario. Pues, en verdad, ¿qué es nuestra Filosofía sino una provincia de la literatura? De esa literatura que los filósofos fingen despreciar al mismo tiempo que buscan ávidamente un reflejo del género de gloria que aquélla procura. Porque, señores oyentes, seriamente hablando, ¿qué es, de punta a punta, Ser y tiempo sino un ejercicio de estilo en lo formal, además de una ontología nazi en su contenido?
¿Cómo alcanza la Filosofía sus propósitos?, nos preguntamos. En otros lugar he hablado de dos métodos: uno más general y otro más particular. El general no es otro que el analítico-sintético; el particular, el expositivo-argumentativo. Por el primero, el filósofo descompone un todo en sus partes constitutivas, las examina y las valora. La actividad opuesta y complementaria es la síntesis, que en lo esencial consiste en la exploración de relaciones entre las partes estudiadas y en la reconstrucción de la totalidad, antes desarticulada. A mi entender quien mejor aplicó este método fue Juan Escoto Erígena, filósofo del renacimiento carolingio del siglo IX, en su División de la naturaleza.
Pero la forma de expresión que se adopte debe ser expositiva-argumentativa. La exposición es considerada como la manifestación abstracta de la realidad representada a la manera de la descripción que se destina a la representación de la realidad concreta. Y ha de ser clara, aunque también la tiniebla, como dijimos antes, puede ayudar al filósofo en “profundidad”.
En Filosofía, además, la exposición viene siempre acompañada de la argumentación, su hermana gemela. Nunca se separan porque cada una se ve reflejada en el rostro de la otra. La exposición, en líneas generales, se nos aparece como un conjunto ordenado de ideas encadenadas de una manera sólida sin el propósito de querer defender la verdad ni de mostrar con razones el pensamiento expresado. Su hermana gemela se encargará de aportar hechos y razones que tratan de avalar y defender el planteamiento, la tesis, la idea o la simple opinión que su otra hermana ha expuesto. La exposición y la argumentación se relacionan entre sí de tal manera que, mientras una informa, la otra trata de persuadir o convencer a alguien de la propuesta establecida.
Muy de acuerdo con el método empleado se halla el modo de expresión. Y en esto Platón fue también un maestro. Aunque no compartan muchas de sus ideas, todos los lectores están de acuerdo con el profundo dramatismo de su expresión. Quiso ser autor dramático en su juventud. Ante los resultados adversos obtenidos, pensó cambiar de profesión. Pero encontró a Sócrates y... no la cambió. Sólo cambió el mythos por el logos como objeto de sus obras, e incluso no completamente. Todos saben del uso impenitente de mitos para ilustrar el logos.
Otros, como Cicerón, Berkeley o Hume, para no citar sino a grandes, siguieron al aristócrata ateniense. Algunos emplearon  la narración; los de más allá, la descripción. A Montesquieu le iba bien el estilo epistolar, y a Montaigne, el ensayo. Alguien puede reservarse la intimidad del diario, imitando a Kierkegaard. No faltará quien prefiera el estilo aforístico como Nietzsche o el confesional de San Agustín y Rousseau, y, por qué no, el modo geométrico spinoziano, con definiciones, axiomas y teoremas, lemas y postulados, apéndices y corolarios, o la manera escolástica con sus innumerables distingos. No son malos modelos para seguir. Si algo es característico de la Filosofía es la variedad inmensa de modos de expresión. En todo caso, no debe castrarse la forma creadora que más se ajuste al hacer Filosofía de cada quien. Lo que importa es que sea Filosofía. Buena Filosofía... si es posible.
Para ir terminando, digamos que la Filosofía surge de una disposición retórica acompañada de un adiestramiento dialéctico, de un estímulo agonístico incierto sobre la dirección que puede tomar. Es lo que deja ver la primera aparición de una fractura interior del hombre de pensamiento en la que se insinúa la ambición del poder mundano. Y por último, es síntoma morboso de un talento artístico de alto nivel que se descarga, desviándose, tumultuoso y arrogante, en la invención de un nuevo género literario. Y se mantiene en él.

Muchas gracias por su paciencia.



Bibliografía mínima

COLLI, G. (1977). El nacimiento de la filosofía. Barcelona:
         Tusquets
JORGE, C.H. (2000). Un nuevo poder. Estudio de las ideas   
          morales y políticas de Simón Rodríguez. Caracas:
          UNESR.
JORGE, C.H. (2011). Modos de presentar una tesis
          filosófica  en: carloshjorge.blogspot.com.
NUÑO, J. (1972). La superación de la filosofía. Caracas:
          UCV.
REVEL, J.F. (1962). ¿Para qué filósofos? Caracas: UCV
RODRÍGUEZ, S. (1975). Obras completas (dos tomos)
          Caracas: UNESR

Conferencia dictada en la Capilla Mayor de la Universidad Católica Santa Rosa, en Caracas, Los Mecedores, el 2 de febrero de 2018.


Lector, para comunicarse con el autor de la entrada, escriba a carloshjorge@yahoo.es

domingo, 19 de enero de 2014

La herencia griega del idioma castellano





Vaya, en primer lugar, mi agradecimiento a las autoridades de la Universidad Católica Santa Rosa por el honor que me concedieron al permitirme abrir el Año Académico 2014 en nuestra universidad. En segundo lugar, gracias a todos ustedes, colegas profesores y alumnos de la universidad, por haber venido a escucharme. Espero no defraudar sus expectativas.


Quisiera empezar hablando de cine. Parque del Jurásico o Parque Jurásico –como habitualmente se traduce Jurassic Park- fue una película de aventura y terror dirigida por Steven Spielberg, estrenada en 1993 y basada en una novela de Michael Crichton. Durante su exhibición recaudó más de 914 millones de dólares americanos, lo que la hizo muy exitosa.

El parque del título lleva el nombre de ‘jurásico’ porque este fue el período central de la Era Mesozoica  o Secundaria, anterior al triásico y posterior al cretáceo, período que va de 207 millones hasta 145 millones de años. De esa época son los fósiles de dinosaurios que tenemos y también muchos de los animales que nos acompañan. Se caracteriza el jurásico por la hegemonía de los grandes dinosaurios, esto es, ciertos reptiles fósiles que corresponden a unos animales terrestres de los más grandes que han existido ya extintos. Aunque, en honor a la verdad, las especies de los dinosaurios de la película no existieron en el jurásico sino en el cretáceo. Del jurásico son sapos, tortugas, lagartos…

La película describe la clonación de diversas especies de dinosaurios llevada a cabo por una empresa científica –denominada InGen y encabezada por el empresario John Hammond- a partir de la manipulación genética de segmentos de materia prehistórica preservada en un trozo de ámbar. Se desea crear un parque de diversiones en una isla cercana a Costa Rica.

Las palabras ‘dinosaurio’ y ‘fósil’ también tienen un sentido peyorativo en el lenguaje ordinario. Se llama ‘dinosaurio’ a alguien o a alguna organización que sigue viviendo cuando ya no se la necesita; un ‘fósil’ es una persona vieja, seca y aburrida. Pero la película no trata este aspecto, sino de cómo en ese parque se revivió ese tiempo ya ido… para delicia de los espectadores.

¿Por qué esos animales llevan ese nombre? Si lo descomponemos, tenemos ‘dino’ = ‘terrible’ y ‘saurio’ = ‘lagarto’. La presencia, entonces, de esos gigantes revividos por la magia del cine es lo que causa nuestra conmoción, pero sabiendo –con certeza- que no van a saltar la pantalla para agredirnos. El término fue propuesto en 1842 por Sir Richard Owen

Hay también gigantes en el idioma de un mundo ya extinto. Me refiero a los grecismos. En el castellano tenemos más de 3.000 grecismos simples. Como si fueran una especie animal, están diseminados por todo el idioma. Desde la A a la Z. Pero el idioma, como el tiempo al que pertenecían, está muerto. ¿Muerto?

Entre los gigantes griegos tenemos los nombres de muchas disciplinas del conocimiento, por ejemplo: astronomía, ecología, filología, filosofía, física, geografía, geología, historia, lógica, matemáticas, metafísica, meteorología, mitología, semántica, semiología y semiótica, química… que corresponde a la traducción de ‘arte de manejar los jugos’. Los árabes llamaban al-quimia (del artículo árabe al, y chýmeia = ‘mezcla de jugos’) a un líquido apto para la transformación de los metales y, sobre todo, la obtención del oro y la plata.

Es también gigante del conocimiento todo lo relativo a la adivinación, lo que viene de mántis, manteía = mántico.  Los numerosos compuestos de mancía significan adivinación por un medio expresado en el primer componente: alectriomancía, ornitomancía, nigromancía, oniromancia, quiromancia, semántica… Perdura este gigante de la antigüedad en muchos que se ganan buenamente la vida adivinando, pues los griegos trataban de arrebatarle el saber al futuro evocando e interrogando hasta a los muertos. No es otro el significado literal de ‘nigromancia’ (de nekrós = muerto). La palabra ‘necromancia’, que es la que correspondería según el origen etimológico, se cambia en ‘negromancia’ y ‘nigromancia’ por etimología popular. Pues se la creyó derivada de ‘nigro’ o ‘negro’, como si fuese magia negra.

Hoy se adivina por encuestas, pero los griegos empleaban otros medios, p.e., las aves y. especialmente, los gallos. La ornitomancia (de órnis-ithos = pájaro, ave) era un arte de predecir el futuro por la presencia, dirección del vuelo y canto o graznido de las aves, pues los agoreros lo tenían todo muy estudiado y consideraban a las aves como las transmisoras de la voluntad de los dioses.

(‘Agorero’ es diminutivo de ‘agüero’ del latino ‘augurium’, esto es, aquel que predice malos sucesos; aunque yo prefiero que venga de agorá = plaza, porque los agoreros suelen ofrecer su mercancía en el espacio público).

Un tipo especial de aves, que todavía nos sobresalta en la noche si vivimos en una pequeña ciudad como Maracay, era objeto de observación por parte de los conocedores. Se trata de la alectriomancia o adivinación por los gallos (de alektrión-onos = gallo). El método que empleaban era muy simple. En el piso trazaban un círculo y en él pintaban  las letras del alfabeto. Encima de cada letra colocaban un grano de trigo. Ahora sueltan un gallo dentro del círculo. El gallo se dirigirá a cada grano. Si se forma una palabra, el vidente la interpreta para realizar su predicción. Cuentan que así se adivinó el nombre del sucesor del emperador Valente, pues según los gallos empezaría por TEOD. A pesar de que este emperador había muerto a los TEODoros, TEÓDulos, TEODatos, etc., al final le sucedió TEODosio. Y, una vez más, la técnica profética funcionó. Por algo, las últimas palabras de Sócrates, según Platón, fueron: “Critón, le debemos un gallo a Asclepios. Así que págaselo y no lo descuides”. Muchos especialistas han analizado el sentido de esta frase, pero aún no se ha logrado unanimidad en su interpretación. Tal vez no sería mala idea preguntárselo a algún gallo.

Y, para terminar con la mántica, hablemos de un tipo de adivinación que nos es a todos nosotros muy cercana: la bibliomancia, esto es, de la adivinación por medio de los libros. Los antiguos los abrían al azar y tomaban las primeras sentencias o las primeras letras como base para adivinar lo que sería. Nosotros abrimos muchos pero adivinamos… poco.

Pasar de la bibliomancia a la bibliomanía no es muy difícil, esto es, a la pasión por los libros. Manía-as (= locura) es el término que entra en la composición de muchos otros como ‘manicomio’, esto es, el lugar donde se cuida (komízo) a los locos;  ‘cleptomanía’ o locura de robar (klépto); ‘monomanía’ o locura ocasionada por el predominio de una sola (mónos) idea; ‘morfinómano’ que tiene la manía de la morfina (morfé), que produce sueño.

Pocos saben que algunas haches que pueblan nuestro léxico nos vienen del espíritu áspero de los griegos, origen que ilustra muy bien nuestro criollo ‘jalar’ en vez de ‘halar’.  Así tenemos hagiógrafo, helioterapia, horizontes, hematites, homeopatía, homólogo, haptópodo, helminto, holocausto… Una palabra griega que origina muchísimas castellanas escritas con hache es aima-atos = sangre. Así tenemos hemanálisis, hemacroma, hemafobia, hematíe, hematemesis, hematocimosis, hematófago, hematoma, hematosis, hematosepsia, hematuria, hematología, hemofilia, hemoglobina, hemoptisis, hemorragia, hemorroides, hemorroísa, hemostático…

Claro que esta regla del espíritu no se sigue siempre; por ejemplo, en arpón (de ‘arpazo), pero sí en  los compuesto de HIDRO (de ‘ydor-‘ydatos= agua). Como en hidrargiro, hidroavión, hidrocefalia, hidrodinámica, hidrófilo, hidatofitia, hidrofobia, hidrógeno, hidrografía, hidrología, hidromancia, hidrometría, hidromiel, hidropesía, hidropatía, hidatoscopia, hidroscopia, hidrostática, hidrotecnia, hidroterapia…

Pero no sólo hay grecismos en el idioma castellano; también hay muchos híbridos –esto es, vocablos compuestos de elementos provenientes de lenguas diversas-, aunque su número es infinitamente menor si lo comparamos con el de grecismos, lo cual prueba que es ley del castellano no formarlos ni admitirlos sin alguna buena razón. La razón más admisible es la de que ciertos precomponentes o poscomponentes han pasado al círculo científico o culto del lenguaje al ordinario o corriente, donde no es prudente pedir el conocimiento del latín y del griego. Así, p.e., el prefijo anti  se aplica lo mismo a palabras griegas que latinas: antipirina, anticonstitucional; lo mismo pasa con híper e hipo: hipertensión e hipotenso; con auto: autoclave, automóvil, autopista; seudo: seudomembrana y seudomédico; metro: alcalímetro, densímetro, calorímetro, pluviómetro y con la terminación –oide. Algo parecido ha ocurrido con la terminación latina bus de ómnibus, que empezó a aplicarse en París a los autos de servicio público, formando el híbrido auto-bus, que sirvió luego para construir otras palabras semejantes: aerobús, bibliobús… y, entre nosotros, buseta.

Uno de los más grandes placeres con que nos satisfacemos los bibliómanos es el de buscar en los diccionarios, sobre todo las malas palabras que se hayan podido colar en libros tan serios. Aunque, después del Diccionario del erotismo de Camilo José Cela, Premio Nobel de Literatura de 1989, ese placer se ha vuelto casi rutina, porque ha dejado de ser furtivo, y ya se sabe que la mejor fruta es la que se roba al vecino.

‘Escatología’ y ‘sicalíptico’ son malas palabras. Pero cuál no será nuestro horror cuando descubrimos que por escatología se puede entender uno de estos tres conceptos: a) Escatología (fisiología): la parte de la fisiología que se refiere al estudio de los excrementos (del griego skatós, ‘excremento’); b) Escatología (religión):  creencias religiosas referentes a la vida después de la muerte y acerca del final del hombre y del universo (del griego ésjatos, ‘último’);  c) Escatología cristiana :   secta creada por William W. Walter.

Y veamos qué ocurre con ‘sicalíptico’. Significa ‘picardía o malicia referente a temas sexuales’. Este vocablo fue formado arbitrariamente por yuxtaposición de las palabras griegas sykon (higo) y aleipsis (frotar, untar), con base en alguna idea que dejamos librada a la imaginación del oyente.  Dije arbitrariamente porque la palabra no nos llegó, por cierto, desde el griego, sino que fue creada arbitrariamente por publicitarios hace más de un siglo y aparece por primera vez en 1902, en el anuncio de una obra pornográfica en el diario El Liberal de Madrid.

El uso más frecuente no es ‘sicalipsis’, sino el adjetivo ‘sicalíptico’, cuyo significado, más allá de la significación académica reseñada al comienzo, es 'obsceno' o 'pornográfico'. Conviene no confundir el radical sic/sico, procedente de  sýkon (higo) con psico, que viene de psiché (alma). Esto sucede frecuentemente cuando eliminamos la pe inicial de estas palabras, por ejemplo, en ‘sicología’ y ‘síquico’ –cosa totalmente admitida por las autoridades y por el uso-.

Pero, volviendo a la seriedad que corresponde a la ocasión, es éste un buen momento para referirnos a la excelente iniciativa del Rector Martín Zapata, quien, por influencia del estupendo latinista que es el profesor Henry Leal, instituyó la Cátedra de Lenguas Clásicas en la Universidad Católica Santa Rosa, cátedra constituida por el griego, el latín y el árabe. Esta última lengua, desafortunadamente, nunca llegó a dictarse, a pesar de los esfuerzos del profesor Leal, cosa que no ha sucedido con las dos primeras.

El estudio del griego, entre nosotros, es optativo y así debe seguir. Pero ¿por qué alguien pudiera decidirse por esta lengua?  A un alumno que pedía la opinión de su profesor para tomar esa decisión, el maestro le dijo: Es una lengua muerta, ¿para qué te serviría? El profesor tenía razón. Por este lado el griego clásico está emparentado con el arte que, según Kant, es aquello que no sirve para nada. Pero, por otro lado, sirve para saber de Dios. Sí, el dios de los cristianos les habla a sus fieles en griego, en griego koiné.

La koiné (del griego ἡ κοινὴ γλῶσσα, 'lengua común', o, más frecuentemente, ἡ κοινὴ διάλεκτος, 'habla común') fue una variedad de la lengua griega utilizada en el mundo helenístico,es decir, en el periodo subsiguiente a las conquistas de Alejandro Magno. A esta variedad también se le ha llamado a veces griego helenístico. Esta lengua conforma una unión territorial importante, ya que podía ser utilizada en lugares tan dispares que abarcan desde Roma hasta Egipto, e incluso algunos enclaves en India, conviviendo con lenguas autóctonas como el arameo en Siria, el copto en Egipto o con el latín, esta última la lengua de los militares y funcionarios en Occidente.
La lengua del Nuevo Testamento  es koiné, con una importante aportación de préstamos léxicos de las lenguas semíticas (el arameo y el hebreo, básicamente). Parece ser que Jesús de Nazaret predicaba en arameo, pero de seguro nos habla en griego. Así que aprender griego posibilita conocer quién es el Dios de los cristianos, qué nos dice y saber qué quiere de sus creyentes.
En lo práctico, saber griego permite rezar como quiere el Nuevo Testamento (las Sagradas Escrituras de los cristianos, pues el Antiguo Testamento es de los judíos). Veamos el Ave María.  ¿Sabe realmente qué está diciendo el creyente cuando dice “Dios te salve, María”?  Yo, en mi ignorancia, confieso que no sé de qué se está hablando. El pasaje de la Anunciación de Lucas (1:18-29) dice:
Χαῖρε  κεχαριτωμένη, ὁ Κύριος μετά σοῦ, Ἐυλογημένη σὺ ἐν γυναιξὶv…

que perfectamente puede traducirse por ‘Hola afortunada, el Señor está contigo, bendita eres entre las mujeres’. ..  Definitivamente, la Iglesia Católica haría bien en revisar sus oraciones, empezando por los saludos a la divinidad. El ‘ave´ y la ‘salve’ de los romanos hoy no nos dicen nada. Además, la lengua de Dios es el griego, no el latín. Dios pudo dirigirse a los hombres en arameo, en hebreo, en latín o en sánscrito, pero, de hecho,  lo hizo en griego. El latín fue la lengua del Imperio, la lengua de la política, la lengua de los funcionarios. Por eso no le queda muy bien al Papa el título de ‘Sumo Pontífice´

Jesús de Nazaret enseñó a rezar, posiblemente lo hizo en arameo, pero de seguro fue en griego. (Algún estudioso llegó a decir que es tan importante la Oración del Señor que fue dictada en griego). Su oración está en Mt 6:9-13 y Lc 11:1-4. La versión de Mateo tiene siete peticiones; la de Lucas, cinco. Las primeras dos (v. 2) tienen que ver con Dios; las últimas tres (v. 3-4) tienen que ver con satisfacer nuestras necesidades.  Como comprenderán ustedes, ambos  textos son muy diferentes. Por ejemplo, en Mateo se habla de ‘deudas’ (ὀφειλήματα), el de Lucas de ‘ofensas’ (παράπτωμα) . Dice Mateo:

Original griego

Traducción
Πάτερ ἡμῶν ὁ ἐν τοῖς οὐρανοῖς

Padre nuestro que [estás] en los cielos,
ἁγιασθήτω τὸ ὄνομά σου·

santifíquese tu nombre;
ἐλθέτω ἡ βασιλεία σου·

venga tu reino;
γενηθήτω τὸ θέλημά σου,

hágase tu voluntad
ὡς ἐν οὐρανῷ καὶ ἐπὶ τῆς γῆς·

como en el cielo también sobre la tierra
τὸν ἄρτον ἡμῶν τὸν ἐπιούσιον δὸς ἡμῖν σήμερον·

nuestro pan cotidiano dánoslo hoy.
καὶ ἄφες ἡμῖν τὰ ὀφειλήματα ἡμῶν,

Y perdónanos nuestras deudas,
ὡς καὶ ἡμεῖς ἀφίεμεν τοῖς ὀφειλέταις ἡμῶν·

como también nosotros perdonamos a nuestros deudores.
καὶ μὴ εἰσενέγκῃς ἡμᾶς εἰς πειρασμόν,

Y no nos induzcas a la tentación,
ἀλλὰ ῥῦσαι ἡμᾶς ἀπὸ τοῦ πονηροῦ.

sino líbranos del mal.
[Ὅτι σοῦ ἐστιν ἡ βασιλεία καὶ ἡ δύναμις καὶ ἡ δόξα εἰς τοὺς αἰῶνας·]

[Porque tuyo es el reino, tuyo el poder y la gloria, eternamente.]
ἀμήν.

Amén

El de Lucas es un poco distinto, como ya se dijo:

πάτερ ἡµῶν˚ 
ὁ ἐν τοῖς οὐρανοῖς ἁγιασθήτω τὸ ὄνοµά σου ἐλθέτω ἡ ϐασιλεία σου 
γενηθήτω˚ τὸ ϑέληµά σου ὡς ἐν οὐρανῷ καὶ ἐπὶ τῆς γῆς τὸν ἄρτον ἡµῶν τὸν ἐπιούσιον δίδου ἡµῖν τὸ καθ’ ἡµέραν καὶ ἄφες ἡµῖν τὰς ἁµαρτίας ἡµῶν καὶ γὰρ αὐτοὶ ἀφίεµεν παντὶ ὀφείλοντι ἡµῖν ˚καὶ µὴ εἰσενέγκῃς ἡµᾶς εἰς πειρασµόν ἀλλὰ˚ ῥῦσαι ἡµᾶς ἀπὸ τοῦ πονηροῦ

A pesar de las diferencias, los dos pasajes tienen algo en común que ha llevado, incluso  al propio San Jerónimo, traductor de la Vulgata, a dar dos versiones. Lo que tienen en común es el famoso  τὸν ἐπιούσιον.  La cuestión más controvertida de la filología griega neotestamentaria  que se produjo alguna vez se refiere al significado de la palabra ‘epioúsios’.  Un resumen de los conflictos antiguos y contemporáneos sobre el significado de este término llenaría un volumen.

Los antiguos que no conocían la ciencia de la etimología, sugirieron derivaciones tales como epi-ousia, epi-iousa (hmera), o epi-ousa (hmera). Estas interpretaciones todavía se defienden hoy por los estudiosos de renombre, pero su hipótesis es que los evangelistas tomaron libertades imposibles con la lengua griega. Hay una escuela de estudiosos del Nuevo Testamento que asume el principio de que el lenguaje de los primeros escritos cristianos era  bárbaro,  pero en mi opinión esto es resultado de la tendencia a identificar la pureza lingüística con la pureza cultural y étnica, de la misma manera  que los clasicistas concluyen, a partir de la forma de la Grecia clásica, que la antigua Grecia era racial y culturalmente espléndidamente aislada. Por razones más firmes algunos estudiosos interpretan el griego del Nuevo Testamento más bien como la expresión de la lengua común de todas las personas de habla griega de un nivel social y educativo dado, que como el resultado de una  intrusión local de habla semítica.  Pero dejemos el problema para la Escuela de Teología, que es su competencia, y detengámonos en un asunto de lógica.

La interpretación adoptada por la tradición de ‘quotidianum panem’   no resuelve el problema filológico y mucho menos el lógico. Con gran perspicacia J. D. García Bacca ha visto que la traducción ordinaria de

 τὸν ἄρτον ἡμῶν τὸν ἐπιούσιον δὸς ἡμῖν σήμερον (según Mateo) o
 τὸν ἄρτον ἡµῶν τὸν ἐπιούσιον δίδου ἡµῖν τὸ καθ’ ἡµέραν (según Lucas) 

por ‘nuestro pan cotidiano dánoslo hoy’ es la expresión de una tautología. Es como afirmar que ‘el caballo blanco de Bolívar es blanco’. Por esta lógica razón algunos autores proponen ‘danos el pan de mañana hoy’, sobre todo si se piensa que los que oían al Rabí de Nazaret no tenían asegurada la existencia del día siguiente.

En fin, hagamos realidad el deseo del Rector Martín Zapata para distinguir entre sus pares a la Universidad Católica Santa Rosa. Es el mejor homenaje que le podemos hacer.

Pero, viendo el reloj, he ido demasiado lejos y es hora de terminar. Quisiera hacerlo agradeciéndoles la benevolencia y paciencia que han tenido conmigo.

Muy buenos días.


(Clase inaugural del Año Académico de 2014
en la Universidad Católica Santa Rosa (UCSAR), Caracas. Venezuela)

Para comunicarse con el autor, escriba a carloshjorge@yahoo.es

Si deja un Comentario, lector, se lo agradeceré doblemente.











martes, 2 de julio de 2013

CENSURADO



Caracas, 20 de noviembre de 2012.

Prof. Elba Pérez Pulido,
Vicerrectorado de postgrado, investigación y extensión,
Universidad Católica Santa Rosa.

Asunto: Censura de artículo para la Revista UCSAR

De mi estima:

El artículo El modelo cristiano de vida, enviado por mí a la Revista UCSAR, es la transcripción de una conferencia dictada en la Sala de Cine Comunitario de nuestra Universidad; a la vez, es síntesis de la tesis central de la obra Siete Cristos publicada por Fundación Editorial el perro y la rana, en Caracas, 2007, pp. 583 y un tiraje de 3.000 ejemplares. Porque se ha herido mi amor propio y porque constituye un lamentable precedente para la Universidad la censura de que ha sido objeto el artículo, quiero exponer en las líneas que siguen, profesora Pérez Pulido, mi apreciación del hecho, pues –hasta donde alcanza mi conocimiento- la Universidad no cuenta con un Consejo Nocturno del anciano Platón.

Debo decir, en primer lugar, que accedí a revisar mi artículo por el pedido que usted tan gentilmente me hizo. Cumplido el mandato, confieso que no encontré nada –o, más bien, encontré todo, según se mire- que merezca rectificación.

Antes de pasar al análisis de las críticas, pienso que el artículo debió publicarse y, posteriormente, si alguien consideraba que debía ser pulverizado, podría legítimamente dedicarse a la gozosa tarea de la demolición… ¡en las páginas de la revista! De este modo, la polémica hubiera sido benéfica para los lectores y hablaría muy bien del espíritu universitario (universal) de nuestra casa de estudios. Pero no ha sido así y tal censura habla, más bien, del talante aldeano.

Vayamos al análisis de las evaluaciones que identifico como ‘censor corto’ y ‘censor largo’. Dice censor corto:
1. Considero: Se deben respetar las normas de la revista UCSAR, en cuanto a interlineado, y tipo de fuente.

(Comentarios. 1) No se entiende bien el uso de los dos puntos (:) después de ‘considero’ ni tampoco el empleo de la coma (,) antes de ‘y’. 2) Acepto plenamente lo observado, pero es de poca monta).

2.     Se deben cuidar ciertas afirmaciones hechas sin las debidas fundamentación (sic), como por ejemplo. “Qué la teología de la liberación es considerada una herejías”. y no explica porque (sic) se considera una herejía. ¿Es una opinión del articulista? Se debe fundamentar, además, la Teología de la Liberación está contextualizada, en un momento histórico, y en una realidad latinoamericana.

(Comentarios. 1) Definitivamente, el crítico no se lleva muy bien con los signos de puntuación ni con la concordancia. 2) Es en la página 3 donde censor corto encuentra la piedra en el camino, cuando se afirma: “Es más, la infinidad de herejías que la Iglesia ha tenido que combatir a lo largo de los tiempos –y que todavía combate, como p. e., la llamada Teología de la liberación- derivan de este hecho”. Tomo de internet la siguiente noticia:   

ROMA, 03 Feb. 11 / 02:38 am (ACI).- El nuevo Prefecto de la Congregación para los Institutos de Vida Consagrada y las Sociedades de Vida Apostólica, el Arzobispo brasileño Joao Braz de Aviz, recordó que vivió el nacimiento de la teología de la liberación "con mucha angustia" pues casi deja el sacerdocio e incluso la Iglesia en aquella época /…/ Hablando luego sobre la vida consagrada y la influencia de la teología de la liberación en Brasil, el Arzobispo dijo que sobre este tema es importante resaltar los documentos que el Vaticano envió al país en dos oportunidades en donde se "corregían asuntos ligados al uso del método marxista en la interpretación de la realidad". "Creo que todavía no se ha completado suficientemente el trabajo teológico para desvincular la opción por los pobres de su dependencia de una teología de la liberación ideológica como ha precisado últimamente el Papa Benedicto XVI".

Si el crítico se hubiera acercado a la red, sabría que la opinión del articulista es fundada. Escribir sobre lo que pide es cometer falacia de atinencia, porque no vendría a cuento).

3.     No se pone el objetivo del artículo y me genera dudas sobre la finalidad del artículo.
(Comentarios. Es cierto que en el artículo no se señala expresamente el objetivo, pero… ¿no se deduce? ¿La finalidad que pide el censor es la mala intención?

4.     La conclusión no está acorde ni da claridad sobre el desarrollo del tema.
(Comentarios. 1) Definitivamente, la buena expresión castellana huyó del crítico. 2) Concedo que hay un salto argumentativo que va del desarrollo del tema a su conclusión. El articulista supuso que el censor podía darlo sin pértiga. Aquí se la traigo:

Si los fieles cristianos no siguen los modelos propuestos por la religión, puesto que es imposible seguirlos: nadie puede ser Mesías ni Profeta ni Hijo de Dios –en el sentido desarrollado-, entonces no son verdaderos religiosos.
Pero es así que son religiosos por la fe y prácticas que manifiestan, entonces lo son por otra razón.
Esa razón está en la voluntad de inmortalidad de su propio pellejo.
                   Dios garantiza la inmortalidad del pellejo.
Luego, los fieles religiosos creen en Dios por voluntad

5. El artículo debe ser Publicable siempre y cuando se tomen en cuenta las mencionadas Modificaciones.

(Comentarios: 1) ¿Cuáles son las “mencionadas Modificaciones”? Corrijo la expresión: El artículo es Publicable… 2) Recomiendo a censor corto la lectura, pausada, de El arte de escribir, de Elba Pérez Pulido. Si le fuera muy difícil su comprensión, haga un curso de redacción y estilo).

Censor largo se va en una serie de elogios de sinceridad sospechosa. Por ejemplo, ‘Sobre la claridad y rigor en la exposición del tema’, afirma: “El escrito presenta un estilo propio para captar la atención del lector”; “Se resalta la astucia de llevar al lector a una formulación reflexiva producto del análisis crítico”.

Sobre el ‘Aporte al área del conocimiento’, el crítico deja sentado lo que sigue: “Importante la labor investigativa del autor para abordar diferentes planos en argumentación tomando en cuenta los contextos históricos, el acercamiento a la Escritura, a la cultura del Antiguo y Nuevo Testamento, a los significados etimológicos de términos…”

En las ‘Observaciones sobre el estilo y la argumentación de ideas’ dice que “El autor utiliza un estilo de contraposición de las premisas en las que somete al sistema de tesis, antítesis y síntesis, demostrando el carácter investigativo al utilizar algunas fuentes histórico (sic), culturales y etimológicas en referencia al tema planteado…”

Paradójicamente, las bondades del artículo son los mayores obstáculos para su publicación (aunque este crítico no afirma en ningún lado que no sea Publicable). Así, se dice en el primer apartado, segundo párrafo: “El autor brinda una visión crítica que debe cuidar para que no se desmonte su discurso”.

El núcleo de la crítica se puede constatar en el tercer párrafo del segundo apartado. Allí anotó: “… pareciera que el estilo refleja una metodología especulativa, de la cual no se duda hubo recolección, clasificación del material, investigación y reflexión que se plasma en éstas líneas, sin embargo es de notar el cuidado que hay que tener para dar afirmaciones tajantes, sobretodo  en áreas de conocimiento científico que exigen firmeza y responsabilidad a (sic) los planteamientos, así al considerar la Teología de la Liberación como una herejía, aspecto que es absolutamente incierto”.

No deja de ser curioso que el párrafo termine con la referencia a la “Teología de la Liberación”, aspecto completamente marginal y periférico del artículo. Si  se elimina la expresión, el artículo no se ve alterado en nada. Pero es curioso el hecho porque, para censor largo, es el nudo gordiano del escrito. Cortado el nudo, ya no hay impedimento para la censura.

Hace énfasis censor largo en  a) la “investigación científica”, b) el “conocimiento científico” y  c) el “área científica”, asuntos en los que parece ser un experto. No lo ponemos en duda. Lamentamos, sí, que esa ciencia no la haya puesto al servicio de la demostración de la existencia de la divinidad en la XIII Semana Universitaria  de julio pasado. Únicamente este articulista, que maneja “una metodología especulativa”, se atrevió en esa dirección. Su ponencia Dios o la ilusión de lo porvenir puede ser consultada en carloshjorge.blogspot.com

 Y hasta aquí, profesora Pérez Pulido, llega la contraargumentación. Usted me pidió que revisara el artículo para volverlo publicable, pero para ello debería redactar un nuevo texto. Y eso sería darles la razón a los censores. Cosa que, definitivamente, no estoy dispuesto a hacer.

Aprovecho la oportunidad para saludar a usted muy atentamente.

Carlos H. Jorge




Lector, para comunicarse con el autor de la entrada, escriba a carloshjorge@yahoo.es