sábado, 26 de noviembre de 2016

Discípulos de Aristóteles de ayer y de hoy






Debo comenzar con una confesión: no soy un experto en Aristóteles. Pero debo decir también que estudié con alguien que sí lo es. Y entre los recuerdos que guardo de mis estudios de filosofía antigua en la Universidad Central de Venezuela, se conserva muy nítida la afirmación del profesor Francisco Bravo de que el principal discípulo de Aristóteles nació más de mil años después de la muerte del Estagirita. En efecto, Aristóteles murió en 322 a.C. y Tomás de Aquino –de quien hablaba el profesor Bravo, gran conocedor de Aristóteles- nació en 1224. Entre las dos fechas corrieron, en realidad, más de mil quinientos años.
Santo Tomás escribe su obra entre 1252 y 1272. En esos veinte años desarrolla una ingente actividad productiva cuya máxima expresión es la Suma Teológica, pero que está adornada de pequeñas obras en forma de comentarios, "cuestiones libres" y "cuestiones disputadas", fundamentalmente, en el más puro estilo del tratamiento escolástico de los temas filosóficos y teológicos. A continuación haré un resumen de esas obras ordenadas cronológicamente para que los que desconozcan el asunto,
-De principiis naturae. Consideraciones sobre la naturaleza basadas en los libros I y II de la Física de Aristóteles.
- De Potentia. Cuestión disputada sobre este concepto aristotélico.
-Sententia super De Anima.
-Sententia libri Politicorum. Comentario a Política del Estagirita.
 -Sententia super Metaphysicam
-Sententia super Meteora
 -Sententia super Physicam.
Sententia super Peri hermenias. Comentario a la obra de Aristóteles Sobre la interpretación).
-Sententia libri Ethicorum
-Sententia de caelo et mundo
-Sententia super libros De generatione et corruptione.
Por si lo anterior fuera poco, la Suma Teológica no es sino un gigantesco esfuerzo para adecuar el dramatismo  del dogma católico a la racionalidad aristotélica.
Alguno de los presentes tal vez quiera decir que no hay que buscar tan lejos al mejor discípulo de Aristóteles, pues Teofrasto de Ereso (371-287 a.C.) le sucedió en la dirección del Liceo. Y no sin razón. El propio Estagirita lo había llamado ´teofrasto’, de théos (‘dios’) y phrazein (‘explicar, hablar’) en  alusión a la gracia y  a la suavidad de sus disertaciones, pues originalmente se llamó Tirtamo. Con el nombre que le puso Aristóteles llegó a ser uno de los hombres más célebres de la Grecia Antigua. Teofrasto presidió la escuela peripatética durante 36 años y murió en 287 a. C. Bajo su dirección, la escuela floreció admirablemente de modo que en un momento tuvo más de 2.000 estudiantes. A su muerte legó a la ciudad su casa con jardín y columnatas como lugar permanente de enseñanza. Por ello, tras su muerte, los atenienses lo honraron con un funeral público.
 Teofrasto aportó dos de las obras más importantes que se suelen señalar como el origen de la Botánica, constituyendo dos voluminosos tratados de la Antigüedad hasta el Renacimiento: 1) De historia plantarum, en 9 libros,y 2) De causis plantarum, en 6 libros. Por esta razón se le suele llamar el padre de la botánica.
Además de lo dicho, está su obra Los caracteres o Caracteres morales (Ἠθικοὶ χαρακτῆρες), que consiste en un breve, vigoroso y mordaz boceto de los tipos morales y que es una invalorable descripción de la vida de su tiempo. Por esta razón ha tenido muchos imitadores, notablemente Joseph Hall (1608), Sir Thomas Overbury(1614-16), John Earle (1628) y Jean de La Bruyère (1688), quien incluso tradujo Los caracteres.
En resumen, las dos posiciones, la de Santo Tomás y la de Teofrasto, tienen buenos argumentos para ser defendidas. Dejémoslas así y lleguemos a los tiempos que corren.
El profesor de la Universidad de Oxford J. L. Ackrill,autor de La filosofía de Aristóteles, Monte Ávila, Caracas, 1987, en traducción de F. Bravo, nos dice que por pertenecer la obra de Aristóteles a tantas áreas de la filosofía, y por echar las bases de la mayoría de ellas, sus principales temas e ideas nunca han estado completamente pasados de moda, aunque hayan sido mucho más apreciados en unos períodos que en otros.

Señala también este autor que los intereses de los filósofos contemporáneos están excepcionalmente cerca de los de Aristóteles. Muchos de nuestros problemas más ardientemente disentidos son problemas que él originó, y muchos de nuestros más característicos movimientos filosóficos son movimientos que él puso en marcha o que él explotó de un modo poderoso. Muchos de sus logros son hoy mejor entendidos y apreciados que en ninguna época del pasado. Echémosle, pues, una ojeada a esos temas, hoy, de la mano del profesor Ackrill y de su traductor el profesor Bravo.

LÓGICA FORMAL. La famosa teoría aristotélica del silogismo ha sido frecuentemente criticada y ridiculizada en el pasado, como una teoría pedante y árida, y, por añadidura, como enteramente contraria a los hechos del razonamiento humano. Pero a partir del desarrollo de una rigurosa lógica matemática, hemos llegado a ver que esa teoría fue, en realidad, un extraordinario logro de la lógica formal. Partiendo más o menos de cero, Aristóteles produjo una pieza de lógica casi perfecta y de rigor impresionante, que sólo puede ser evaluada con propiedad en una época en la que los ideales lógicos de completitud y rigor son entendidos y aceptados. El historiador de la lógica formal padre  dominico J. BOCHENSKI afirma, con conocimiento de causa, que sin duda alguna los Analíticos primeros, de Aristóteles, es la obra más importante de Lógica todos los tiempos.

FILOSOFÍA DE LA MENTE. El problema de la relación entre el cuerpo y la mente es un problema perenne. Tradicionalmente, visto como el problema de cómo pueden interactuar dos clases de cosas fundamentalmente diferentes (o de cómo pueden estar interrelacionados dos conjuntos de acontecimientos totalmente diversos), ha sido recientemente abordado de modos del todo nuevos. Las dos principales concepciones adelantadas en el debate contemporáneo son: (i) que los acontecimientos mentales son simples acontecimientos físicos de un tipo especial (teoría de la identidad); y (ii) que la psicología de ningún modo se ocupa de un tipo especial de cosas o de acontecimientos, sino más bien de un tipo especial de conceptos, que utilizamos para describir e interpretar acontecimientos físicos y psicológicos de una determinada manera explicándolos por referencia al funcionamiento y a la supervivencia del animal. A eso se le suele llamar funcionalismo.

También Aristóteles rechaza decisivamente las teorías dualistas de la mente y el cuerpo (y en este sentido, Daniel Dennett en La conciencia explicada no ha ido mucho más lejos que el Estagirita). Si su explicación puede o no describirse con seguridad, según lo ha hecho un escritor reciente, como un “sofisticado funcionalismo”, es algo que aún se puede discutir pero su pensamiento contiene, ciertamente, fuertes preanuncios de esta teoría, al igual que de la teoría de la identidad. El dominio de Aristóteles en materias biológicas y su interés por la vida en todas sus formas lo previnieron contra la obsesión de engolfarse en las dificultades sobre esas experiencias mentales privadas y sobre la autoconciencia, y lo llevaron a concentrarse en el análisis de varias funciones vitales y de sus mutuas relaciones, así como en la explicación de sus fundamentos físicos. Esta es también la orientación de la reciente filosofía de la mete.

METAFÍSICA. Este tema ha sobrevivido al ataque de los positivistas lógicos de los años 1930 y 1940, y ha florecido posteriormente en una nueva dirección. Los trabajos recientes reconocen el papel del lenguaje en la determinación y en la expresión de nuestro esquema conceptual, y se concentran en una metafísica descriptiva más bien revisionista –para utilizar un contraste formulado al comienzo de una de las obras más influyentes que se hayan publicado, en este campo, desde la Segunda Guerra Mundial: Individuos (1959), de P. F. Strawson. Los temas de muchos libros y artículos aparecidos desde entonces (sobre todo en los EE.UU.) son francamente aristotélicos. Cosas y cualidades, materia y cambio, nombres-número y palabras-masa sujeto y predicado: tales tópicos se hallan en el centro de las investigaciones de Aristóteles. Y su aproximación a ellos posee el mismo énfasis y sensibilidad lingüística que la de los metafísicos recientes. Algunas de sus indagaciones parecieron alguna vez bastante técnicas y poco estimulantes, comparadas con los atrevidos vuelos de la creatividad imaginativa; pero ahora podemos reconocerlas como esfuerzos fascinantes, no para revelar un mundo nuevo, sino para iluminar el presente y acrecentar nuestras intelecciones del mismo.

ÉTICA. La reflexión ética contemporánea tiene muchos rasgos y raíces aristotélicas. Distinguidos filósofos modernos han renovado la discusión de las cuestiones planteadas  por Aristóteles y han reconocido su deuda con él. Dos ejemplos relativos ambos a la acción humana. El artículo de J. L. Austin, “Una defensa en favor de las excusas”, publicado en 1956, ha provocado una obra sutil e importante en torno a la responsabilidad y los diversos modos de cómo un agente puede renunciar a la responsabilidad o buscar una excusa, o una justificación, para su acto. El asunto y la aproximación fundamental –a través de un cuidadoso estudio de las frases de excusa ‘por accidente’, ‘en ignorancia’, ‘involuntariamente’, ‘bajo coacción’- proceden directamente del libro III de la Ética a Nicómaco  de Aristóteles, un texto que el mismo Austin estudió y discutió con sus alumnos en sus cursos durante muchos años de profesor en Universidad de Oxford, de la que también J. L. Ackrill, a quien estamos siguiendo, es profesor.

El segundo ejemplo es el del filósofo norteamericano Donald Davidson. En una serie de artículos (reimpresos en Ensayos sobre las acciones y los acaecimientos en1980), ha examinado la distinción entre acciones y acaecimientos, la conexión entre las causas y las razones de la acción y la naturaleza de la akrasía (o la acción en contra de nuestro mejor juicio). Todos estos son asuntos centrales en Aristóteles, y algunas de las respuestas de Davidson son respuestas aristotélicas. Aquí, como en cualquier otro lugar, las observaciones de Aristóteles  son lacónicas y condensadas, algunas veces hasta el punto de ser oscuras. Pero, por contener el pensamiento de un supergenio filosófico, su repetido estudio y reflexión son recompensados por ellas.
No podemos dejar de nombrar un autor que es definitivamente aristotélico. A diferencia de otros filósofos contemporáneos, que se centran en argumentos lógicos, analíticos o científicos, el filósofo escocés Alasdair MacIntyre utiliza el sistema de la narración histórica o de la filosofía narrativa. Un ejemplo claro es su libro After Virtue, o Tras la virtud, en el que explica el desarrollo de algunos conceptos éticos a lo largo de la historia. Entre los distintos tipos de investigación filosófica (tradiciones o escuelas) propone, sea en el ámbito del ser o en el del deber ser, el modelo que le parece más adecuado: el aristotélico.

FILOSOFIA DE LA CIENCIA. En su tarea de exploración científica, los principales intereses de Aristóteles incluyen problemas hoy vivos y controversiales. Todavía se debate sobre la naturaleza de la explicación científica y la estructura de las teorías científicas. Los problemas acerca de la teleología todavía urgen en las ciencias biológicas: ¿qué justificación existe para explicar los procesos por referencia a sus fines y metas, y cómo se relacionan tales explicaciones con las que se dan en términos de leyes naturales ordinarias que gobiernan los procesos físicos? En fin,  los problemas sobre la necesidad natural y la definición esencial vuelven a florecer hoy en día, aunque en otro tiempo se los creyó muertos. Las definiciones científicas no son, después de todo, simples abreviaturas verbales. A menudo encierran importantes descubrimientos y pueden dar la verdadera naturaleza o la esencia de una clase de cosas (o acontecimientos o fenómenos) no plenamente entendidos previamente. Algunas de las discusiones de Aristóteles acerca de los tipos de definición y sobre el papel de las definiciones en la ciencia se vinculan claramente con la obra de escritores recientes como Hilario Putnam y Saul Kripke

Sobre LÓGICA FILOSÓFICA, el profesor Ackrill se refiere a tres puntos importantísimos en esta materia. (i) Señala que el interés por las categorías y las diferencias categoriales y de tipos se remonta a Aristóteles. El examinó esas diferencias con entusiasmo y frecuentemente se hizo de un buen número de ellas a –al igual que los filósofos modernos- para resolver o disolver problemas. Los argumentos categoriales que dominan en ese clásico del siglo XX, que es el Concepto de la mente, de Gilberto Ryle, fueron acuñados por primera vez en el taller de Aristóteles. (ii) Las cuestiones sobre la identidad y la individuación han absorbido recientemente a muchos filósofos; son cuestiones cruciales para la lógica y la metafísica. Aristóteles se dedicaba a ellas con frecuencia y dio pasos importantes para responderlas. Así, por ejemplo,  reconoció que ‘¿es el mismo?’ necesita complementarse por ‘¿es el mismo tal y cual?’. Sólo con respecto a cierta clasificación o descripción pueden plantearse y responderse con propiedad las cuestiones sobre la mismidad. (iii) Poderosas ideas en la filosofía reciente son las relativas al sentido y a la referencia, y a la opacidad referencial. Tales ideas, aunque no las etiquetas, son familiares a Aristóteles y son por él utilizadas en toda clase de contextos. Decimos que la ‘estrella matinal’ y la ‘estrella vesperal’ tienen la misma referencia pero diferente sentido.  Él diría que la estrella matinal y la estrella vesperal son lo mismo, pero que su ser no es el mismo; ser la estrella matinal no es lo mismo que ser la estrella vesperal, aunque la estrella de la mañana es, de hecho, la misma estrella de la tarde. En relación con la opacidad, las frases claves de Aristóteles son ‘en sí mismo’ y ‘por accidente’ o ‘accidentalmente’ (per accidens). Si a es b no en sí misma sino per accidens, no se puede sustituir ‘b’ por ‘a’ en una sentencia verdadera y estar seguro de que la nueva frase será igualmente verdadera.

TEORÍA DE LARGUMENTACIÓN.  La retórica aristotélica es toda ella la modernisima teoría de la argumentación. La teoría de la argumentación concibe la naturaleza del lenguaje como esencialmente persuasiva, esto es, orientada a conducir al receptor hacia el punto de vista desde el que el emisor presenta la información en su discurso. Esta concepción argumentativa del lenguaje está en el centro de la concepción clásica de la retórica. Aristóteles distinguía los textos argumentativos (científicos, dialécticos y retóricos) de los poéticos y de los históricos.
Después de conocer un cierto descrédito, relacionado con el declinar de la retórica y con la influencia de determinadas formas de cientificismo, los estudios de la argumentación han sido refundados en la segunda mitad del siglo XX en la llamada nueva retórica, a partir de los trabajos de Ch. Perelman y L. Olbrechts-Tyteca (1958), S. Toulmin (1958), y J. C. Anscombre y O. Ducrot (1983), fundamentalmente. En la nueva retórica se considera que el lenguaje sirve sobre todo para convencer, para incidir en el interlocutor. Así, pues, lo que define la naturaleza del lenguaje es su carácter persuasivo. Pero esta dimensión argumentativa del lenguaje constituye un vehículo privilegiado para acceder al significado discursivo.

Creo que lo visto es suficiente. Concluyo pensando que la audiencia ha podido comprobar que el Estagirita es un filósofo de nuestro tiempo. Por eso estamos celebrando este simposio, esto es, dándonos un banquete de aristotelismo. Y no sé si alguno de los ponentes es discípulo seguidor de Aristóteles, pero entiendo que todos ellos son estudiosos del pensamiento del fundador del Liceo.

Muchas gracias





Ponencia presentada en el I Simposio Aristóteles Aquí y Ahora, UPEL (antitguo Instituto Pedagógico de Caracas), Caracas, Venezuela, el 25 de noviembre de 2016

lunes, 14 de noviembre de 2016

OBRAS COMPLETAS DE SIMÓN RODRÍGUEZ






      En esta entrada quisiera anunciar que ya están a disposición de todos desde ayer (13/11/16) las Obras Completas de Simón Rodríguez, pues desde hace muchos años no se podían encontrar. Acaba de publicarlas la Universidad Simón Rodríguez (Caracas, Venezuela) y se pueden descargar en su dirección de internet:

     http://www.unesr.edu.ve/images/stories/00.pdf/00.rectorado/LD_UNESR/libro_obras/UNESR_Simon_Rodriguez_Obras_Completas.pd

       Esta edición se hizo con la idea general, textos de presentación, selección de obras auténticas de Simón Rodríguez, disposición y cronología vital de los profesores J. J. Rosales y Carlos H. Jorge. 

      Los créditos:
Msc. Zenobia Marcano, Directora de Publicaciones y Comunicación;  Luis Durán, Coordinador de Publicaciones;  Dr. Carlos H. Jorge, Dr. Juan José Rosales, Compiladores;  Lic. Alí Viloria Cruz, Lic. Jesús Everduim Pino, Editores;  Lic. Alí Viloria Cruz,  Diseño y Diagramación 

       La publicación fue posible siendo Rectora la Dra. Ana Alejandrina Reyes Páez.


       Rieguen la noticia para que millones tengan la oportunidad de conocer los escritos de uno de los mayores filósofos de Latinoamérica, de hoy y de siempre



miércoles, 25 de mayo de 2016

Elogio de la manía filosófica






Para Alfredo Rodríguez Iranzo


Buenos días. Gracias por haber venido a escucharme.
Pero antes de empezar, quisiera aclarar que, en criollo, el título de la charla debiera ser ‘Buen discurso sobre la locura de los amantes de la sabiduría’. Aunque, pensándolo bien, puede quedar como se anunció. No por ello se alterará en nada el contenido.
No es esta, amigos, una charla con rigor académico y gran aparato crítico. Por el contrario, se trata de algunas notas pergeñadas al desgaire sobre una actividad de la saco el sustento diario. A lo mejor les puede interesar, pero conste que están avisados.
Me asombra la situación paradójica en la que me encuentro. Por un lado, si hurgamos en  internet encontraremos infinidad de definiciones de ‘filosofía’; por el otro, yo no tengo ninguna o, mejor dicho, tengo una tan general –más adelante la mostraré-  que no define nada.
Pero quien sí la tiene es M. Heidegger. Escribió el filósofo de Messkirch: “Philosophia es el corresponder expresamente ejecutado, que habla en tanto atiende al llamamiento-asignación del ser del ente. El corresponder (contrahablar) escucha y obedece la voz del llamamiento-asignación. Lo que se nos asigna como voz del ser determina  nuestro corresponder. ‘Corresponder’ quiere, entonces, decir: estar determinado, etre disposé, a saber, a partir del ente. Dis-posé (dis-puesto) significa aquí, literalmente: expuesto-aclarado y merced a ello puesto en relaciones con lo que es. (...) En tanto a-corde y de-terminado, el corresponder es esencialmente un temple de ánimo”. Clarísimo, ¿verdad? Un exquisito trozo de jitanjáfora, zabuqueado de cláusulas y cortado de paréntesis. Un metafísico de los más seguidos en América Latina, en general, y en Venezuela, en particular,  nos dijo qué es Filosofía. ¡Y pensar que yo no tengo una definición ni de jerigonza!  Me alivia el generoso comentario que nos dejó  B. Russell sobre el profesor de Friburgo de Brisgovia: “Sumamente excéntrico en su terminología, la filosofía de Heidegger es extremadamente oscura. Uno no puede por menos que sospechar que el lenguaje se ha desbocado en este caso” (La sabiduría de Occidente, Aguilar, Madrid, 1962).
Abandonemos la tiniebla, lámpara de muchos filósofos, y lleguemos al Siglo de las luces. A él pertenece Simón Rodríguez, filósofo venezolano que vivió entre 1769 y 1854. Nos dejó no una sino cinco definiciones. Considerémoslas:
1.  “Por cálculos no dispone el hombre de sus pasiones: la filosofía consiste en conocerse, no en contrahacerse”
2.  “La filosofía está donde quiera que se piense sin prevención; y consiste en conocer las cosas, para reglar nuestra conducta con ellas, según sus propiedades
3.  “Todos vivimos bajo el dominio de las cosas, esto es, subsistimos: y es sabiduría el saber reglar nuestra conducta con ellas, según sus propiedades. Los antiguos llamaron esto Filosofía”
4.  “Filosofía es amor a la sabiduría
5.  “Filosofía es conocer las cosas y conocernos para reglar nuestra conducta por las leyes de la naturaleza”.
Quedémonos con la última que, a mi entender, sintetiza las otras. La definición tiene dos partes. La primera quiere que por la Filosofía conozcamos las cosas. A pesar del afecto que le tengo al “Sócrates de Carcas” como lo llamara Bolívar, en este caso debo manifestarle mi desacuerdo. Si deseáramos “conocer las cosas” por la Filosofía, de seguro estaríamos infinitamente más confundidos de lo que lo estamos. Los filósofos son especialistas en discursos contradictorios. La segunda parte es el imperativo de Delfos: “conócete a ti mismo”. Yo confieso que cada vez que lo he intentado –además no sé por qué habría que hacerlo- me he devuelto porque lo que iba encontrando no era muy de mi gusto.
Mas volvamos al “conocer las cosas”, esto es, la Filosofía entendida como ciencia. No importa cuál sea la definición que tengamos de ciencia, lo que constatamos siempre es que en el concepto de este término no entra la Filosofía o, si entra, es con un sentido tan lato que la ciencia queda bastante mal parada. Ya el viejo Platón había advertido que la Filosofía sólo podía llegar a ser “opinión verdadera”, cuando mucho.
La historia reconoce como una primera clasificación de las ciencias la realizada por Aristóteles. El Estagirita consideraba que las ciencias se deben ordenar,  en atención  a los  tres  fines primordiales de la actividad humana: conocer,  obrar y  producir.  Por consiguiente,  habrá  ciencias  teóricas,  ciencias  prácticas  y  ciencias  poéticas. El primer grupo  comprende la  Metafísica,  la  Matemática  y  la  Física. En  el  segundo grupo se encuentran la Moral y la Política. Por último, la Poética, la Retórica y la Dialéctica, que se  conocen como ciencias poéticas.
  Después  de la  clasificación aristotélica,  la  historia  registra  otras con diferentes criterios. Bacon, por ejemplo, en el siglo XVII, tomó como criterio la función del espíritu que predomina en cada ciencia. De acuerdo con este enfoque, habrá ciencias de la memoria, de la  imaginación y de la razón.
De acuerdo con el  criterio del filósofo argentino Mario  Bunge, se distinguen dos clases de ciencias: las formales  y  las  fácticas. Las primeras  manejan ideas  –o más  bien,  formas  de ideas–  sin  representación alguna en la realidad. Un ejemplo de estas formas  son los esquemas  válidos de razonamiento. Tales esquemas,  construcciones ideales, no  proporcionan  información acerca de la realidad. Las ciencias fácticas sí ofrecen 
información acerca de la naturaleza, porque se  ocupan de objetos o de hechos que existen fuera de la mente. Entre estos objetos o  hechos,  hay  algunos  que existen como  productos  de la  naturaleza; pero  hay  otros  cuya existencia se debe a la intervención del hombre. A los primeros objetos, se les  llama naturales; a los segundos, culturales. Por esta razón, a las ciencias fácticas que  estudian los objetos o fenómenos naturales, se les denomina
ciencias factuales naturales  y  a  las  que  estudian los  fenómenos  culturales se  las nombra ciencias  factuales  culturales. El oxígeno y el átomo son ejemplos de objetos
naturales. Las revoluciones y las actividades electorales son
fenómenos culturales. 
Yo, que no soy ningún experto en epistemología, suelo dividir para mí las ciencias en analíticas o demostrativas: Lógica, Matemáticas y Geometría; en falsables o verificables y grandemente formalizadas: Física, Química y Biología, y las demás disciplinas del conocimiento, entre las que incluyo la Filosofía, disciplina de análisis y síntesis,  exposición y argumentación. ¿Por qué no incluyo esta disciplina entre las ciencias? Bueno, porque se puede hablar de buena o de mala filosofía, pero no de buena o mala ciencia. Y esta distinción es definitiva. Ello no significa que la Filosofía no tenga dignidad. Simón Rodríguez la proponía como ideal para el hombre. Dejó escrito en la Defensa de Bolívar: “Si un filósofo se dedicara a cuidar puercos, el ejercicio de porquero sería honroso, y se diría Pocilga como se dice Academia, Ateneo, Pórtico, Liceo, por el lugar donde se enseña”.
Y aquí es oportuno hacer una pregunta siempre inoportuna pero siempre ineludible: ¿de qué vive un filósofo? Bueno, puede vivir en la indigencia como el cínico Diógenes, el napolitano Vico, el utópico Fourier o el científico del socialismo Karl Marx a quien se le murieron de hambre tres hijos.
En general, desde los sofistas para acá, los filósofos viven de la enseñanza como Andrés Bello, en una universidad de la que fue rector durante más de dos décadas, o como Simón Rodríguez, maestro de escuela.
Otros, muy celosos de su independencia intelectual, hacen lo que sea para poder dedicarse a la Filosofía. Así Rousseau, entre otras cosas, fue preceptor de niños ricos, y Spinoza, pulidor de cristales.
Algunos tienen la suerte de haber nacido aristócratas y viven de su nobleza, como Platón y Montaigne, aunque lo más común es que sus talentos individuales les permitan agenciarse la protección de los poderosos. Tal sucedió con Aristóteles, Maquiavelo, Francis Bacon o René Descartes.
En general, la Filosofía no es profesión peligrosa, a menos que te llames Pitágoras, Sócrates, Hipatia de Alejandría o Giordano Bruno, perseguido por un cardenal que estaba más loco que él: San Roberto Belarmino.
Al grano: la Filosofía –definió J. L. Borges- es un género literario. Hasta ahí. No se puede decir mucho más de ella. Los géneros literarios son los distintos grupos o categorías en que podemos clasificar las obras literarias atendiendo a su contenido. La Retórica clásica los ha clasificado en tres grupos importantes: épico, lírico y dramático, a los que se añade con frecuencia el género didáctico.
Basta con pensar en el conjunto de obras literarias de cualquier época para observar que todas ellas se pueden organizar en diferentes grupos  que comparten unas características más o menos comunes. Bien es cierto que la frontera entre estas agrupaciones no siempre está clara, y que muchas veces es difícil clasificar una obra porque en ella están presentes características de diversa naturaleza. Aun dejando de lado la preocupación teórica por la agrupación y clasificación de textos, la historia de la literatura demuestra que las obras nunca son entes autónomos ajenos a una tipología: siempre contienen una serie de rasgos que configuran el texto como un modelo, adscribiéndolo así a una clase que funciona como marco de todas las composiciones ajustadas a un patrón expresivo fijo.
Una primera distinción, intuitiva si se quiere, que se puede establecer para clasificar obras literarias es la diferenciación entre verso y prosa. Y más: parece claro que en el verso priman las emociones y el ritmo, mientras que la prosa posee un carácter más “informativo”; el verso busca conscientemente la ambigüedad y la polisemia, mientras que la prosa tiende a ser más clara y precisa.
El interés teórico por los géneros comienza con la obra de Platón, el verdadero creador de la prosa filosófica, pues antes de él la filosofía se expresaba en verso. En efecto, en República hace referencia a distintas formas de expresión poética, según sea la relevancia en la obra de la voz del narrador, la de los personajes o la fusión de ambas. Ese interés continúa con Aristóteles que apuntó una triple división de la literatura que clasificaba los textos en épicos, dramáticos y líricos a partir del concepto de ‘mímesis’ o imitación poética. Algo después vendrán las aportaciones de Cicerón, Horacio y Quintiliano. La retórica latina retoma los planteamientos de la griega, pero le incorpora novedades. Así Horacio (siglo I a. C.), en la Epistula ad Pisones, sostiene que los temas y las formas de expresión han de adecuarse siguiendo las reglas del “decoro”. Quintiliano, por su parte, añade a la tríada aristotélica la didáctica, que incluye la Oratoria, la Historia y la Filosofía. Este primer período es el más largo de los tres que se establecen tradicionalmente, pues abarca hasta la época neoclásica, ya en el siglo XVIII de nuestro tiempo.
La segunda etapa se caracteriza por la reacción anticlasicista. En efecto, contra los planteamientos tan estrictos de la antigüedad  reaccionan los románticos, convencidos de que genio y precepto son conceptos incompatibles. Su principal teórico fue Hegel. Según su reconocida teoría, existen tres estadios, a saber: el objetivo, representado por la épica, modelo heroico de expresión; el subjetivo, correspondiente a la lírica, expresión de la intimidad, y, por último, el constituido por la dramática, que sabe mezclar lo subjetivo y lo objetivo.
El tercer momento de esta evolución se inicia a comienzos del siglo XX, a partir de los planteamientos del formalismo ruso, que postulan que un género es un conjunto de procedimientos constructivos que toda obra adscrita a él debe compartir. El estructuralismo, la semiótica, la teoría de la recepción aportan nuevas perspectivas en el estudio de los géneros literarios. Pero Benedetto Croce rechazó la validez de la división de los géneros literarios, pues, según él, tal división va en contra de la individualidad y originalidad de cualquier manifestación artística.
No sé por qué pero me apresuro a sospechar que Croce sufre del mayor pecado del que sufren los filósofos: la vanidad. Todos se consideran el último oasis en la travesía del desierto del conocimiento. Juan Nuño recordaba hace ya años el secreto deseo que guarda in pectore todo filósofo de cualquier época. Ese deseo no es otro que acabar con toda la Filosofía… que no sea la suya. Parménides contra Heráclito, Anaxágoras contra Demócrito, Sócrates contra los sofistas, Platón contra los materialistas, “hijos de la tierra”, Aristóteles contra los platónicos, Epicuro contra académicos,  aristotélicos y estoicos, Tertuliano contra la Filosofía… En fin, los liquidadores de la Filosofía siempre estarán entre aquellos  que tienen interés en persistir como filósofos. Ayer y hoy.
Pero no hay que preocuparse demasiado por ese asunto. De seguro el progreso del conocimiento –si se me permite el oxímoron- no viene de la Filosofía que sólo ha aportado revoluciones palaciegas. La mayor parte de los problemas que la Filosofía se planteaba en los siglos XVII y XVIII han sido resueltos, cuando no pulverizados, por la Física, el Psicoanálisis, la Economía política, la Historia, la Biología y… los acontecimientos. Y es que la Filosofía es el arte más
arbitrario que hay… que se sirve de todos los demás. Sin lugar a dudas, El Quijote, de Cervantes, es menos arbitrario que la Ciencia de la Lógica, de Hegel, que no creo que haya aportado nada al desarrollo de esta ciencia, una de las de las de mayor andadura en estos tiempos, ciencia que terminó por dar grandes zancadas cuando dejó atrás todo intento de decirlo todo. Como Spinoza acerca del Mundo o Hegel acerca de la Historia. Tal pretensión a decirlo todo conlleva un estilo, impuesto, cuando menos, desde Descartes.
 Todos los estudiantes de Filosofía recuerdan cómo Descartes comienza por hacer el vacío. Produce luego una evidencia y, a partir del modelo de certeza creada por esa evidencia, desarrolla una serie de certezas tan irrefutables en sí mismas como en el encadenamiento que, entre sí, les impone. Desde entonces, de Descartes a Heidegger y a Sartre, pasando por  Kant y Hegel, bastó con filosofar para ser definitivo. Kant deduce las categorías, Hegel pasa  necesariamente de un momento a otro, Heidegger nos revela el ser del ente. Se da por supuesto que si se equivocan en lo más mínimo, la Filosofía deja de existir. Decirlo todo, inmediatamente y de la única manera posible de decirlo: tal es la manía filosófica. Y es que no acostumbran los filósofos menospreciar su talento. De creerles, la humanidad sólo comienza a pensar verdaderamente con cada uno de ellos. Ahora  bien, los filósofos juran que siempre tienen razón y, de seguro, es así, pero… como los locos. Y es que la locura es la fuente de la sabiduría.
Los orígenes de la Filosofía son misteriosos. Según la tradición erudita, la Filosofía nació con Tales y Anaximandro, en Jonia. En el siglo XIX se buscaron sus orígenes más remotos en fabulosos contactos con las culturas orientales, con el pensamiento egipcio y con el indio. Por ese camino no se ha podido comprobar nada. Sólo se han podido establecer analogías y paralelismos.
Platón llama ‘filosofía’ (‘amor a la sabiduría’) a su investigación, a su actividad educativa, que estaba muy ligada a una expresión escrita, a la forma literaria del diálogo. Y Platón contempla con veneración el pasado, un mundo en el que habían existido los “sabios” de verdad. Por otra parte, la Filosofía posterior, nuestra Filosofía, no es otra cosa más que una continuación del desarrollo de la forma literaria introducida por Platón. A. Whitehead llegó a decir que la historia de la Filosofía se reduce a las obras de Platón con notas a pie de página. Pero el ‘amor a la sabiduría’ es inferior a la ‘sabiduría’. Efectivamente, amor a la sabiduría no significaba para Platón aspiración a algo nunca alcanzado, sino tendencia a recuperar lo que ya se había realizado y vivido. O lo que es lo mismo, no hubo un desarrollo continuo, homogéneo entre Sabiduría y Filosofía. Lo que hizo surgir a ésta última fue una reforma expresiva, la aparición de una nueva forma literaria que filtra el conocimiento de todo lo anterior.
Si desandamos lo andado por los senderos de la sabiduría griega, nos encontraremos con los dioses que Nietzsche puso en el nacimiento de la tragedia. Pero, contra el solitario de Sils María, Giorgio Colli destaca la preeminencia de Apolo, pues sólo a este dios hay que atribuir el dominio de la sabiduría de Delfos. En efecto, en Delfos se manifiesta la inclinación de los griegos al conocimiento. Para aquella civilización arcaica el conocimiento de lo futuro del hombre pertenece a la sabiduría. Apolo simboliza ese ojo penetrante, y su culto una celebración de la sabiduría. La adivinación, porque de eso se trata, entraña conocimiento de futuro y manifestación, que es comunicación de dicho conocimiento. Y
ello se produce a través de la palabra del dios, a través del oráculo. En la palabra se manifiesta al hombre la sabiduría del dios, y la forma, el orden, la conexión en que aparecen las palabras revela que no se trata de palabras humanas, sino de verbo divino. En esto consiste lo exterior del oráculo: ambigüedad, oscuridad, alusiones difíciles de descifrar, incertidumbre. De ello se deduce que el dios conoce lo porvenir y se lo manifiesta al hombre, pero parece no querer que el hombre lo comprenda. Es este un ingrediente de perversa crueldad de Apolo que se refleja en la comunicación de la sabiduría. Lo dijo Heráclito: “El señor a quien pertenece el oráculo que está en Delfos no afirma ni oculta, sino que indica”.
Ese es el fondo del culto délfico de Apolo. Un celeste y decisivo pasaje platónico nos lo aclara. Se trata del discurso sobre la ‘manía’, sobre la locura, que Sócrates desarrolla en el Fedro. Desde el comienzo contrapone locura a control de sí y exalta la primera como superior y divina. Dice el texto: “Los bienes más grandes llegan a nosotros a través de la locura, concedida por un don divino… en efecto, la profetisa de Delfos y las sacerdotisas de Dodona, en cuanto poseídas por la locura, han proporcionado a Grecia muchas y bellas cosas, tanto a los individuos como a la comunidad”. Así, pues, desde el principio  revela Sócrates con toda claridad la relación entre manía y Apolo. Distingue a continuación cuatro especies de locura: la profética, la mistérica, la poética y la erótica. La poética y la erótica son variantes de la profética y de la mistérica. Estas dos últimas están inspiradas por Apolo. En el Fedro manía profética figura en primer plano hasta el punto de que, para Platón, el testimonio de la naturaleza divina y decisiva de la manía es el hecho  de que constituye el fundamento del culto délfico. Apoya su juicio con una etimología, a saber: la ‘mántica’ –el arte de la adivinación- deriva de ‘manía’ y es su expresión más auténtica. De ello se deduce que Apolo no es sólo el dios de la mesura, de la armonía –como quería Nietzsche- sino, como Dionisos, de la exaltación y de la locura.
Parece que ha llegado el momento de proponer abandonar la Filosofía que no remite a ningún dominio determinado y apenas sirve de espantajo para impresionar incautos. Pero la Filosofía no existe sino como género literario. Lo que tenemos son una serie de libros, escritos por gentes más o menos competentes, que versan sobre los más variados temas. Desde metafísica, ética y estética  hasta nomadología. En principio, tales gentes tratan de sostener con argumentos lo que exponen y buscan conferir a sus obras el interés más general posible.  Para lograrlo, les está permitido fabricarse un determinado vocabulario a condición de que sirva para ganar precisión y no perderla, como en el caso heideggeriano. Si llenan tales condiciones, quizás se podrá decir entonces –pero con mucha prudencia- que tal o cual obra posee un valor “filosófico”. Pero será así porque cumple con tales condiciones y no por participación mágica de un condicionado, de una hipóstasis que sería la Filosofía. Sucede, sin embargo, -recordaba J. F. Revel- que los filósofos de nuestro tiempo permanecen más o menos conscientemente fieles a aquel ideal medieval, a aquella noción implícitamente religiosa de su papel y denominan Filosofía a tal sueño de una disciplina rectora que –como quería Simón Rodríguez- fuese al mismo tiempo ciencia y prudencia, conocimiento de lo absoluto y principio jerarquizante  de los otros conocimientos, los cuales obtendrían de aquélla su significación última. Pero todo ese intento no es más que pura charlatanería, que, por otro lado, es su encanto… literario. Pues, en verdad, ¿qué es nuestra Filosofía sino una provincia de la literatura? De esa literatura que los filósofos fingen despreciar al mismo tiempo que buscan ávidamente un reflejo del género de gloria que aquélla procura. Porque, señores oyentes, seriamente hablando, ¿qué es, de punta a punta, Ser y tiempo sino un ejercicio de estilo en lo formal, además de una ontología nazi en su contenido?
En fin, la Filosofía es el último refugio en el que se guarecen las dos potencias de ilusiones: la religión y la retórica, y en eso ha sido fiel a su origen. En todas las épocas, la  religión ha sido un sucedáneo de la Filosofía. En la nuestra, la Filosofía es un sucedáneo de la religión. En cuanto a la Retórica, es apenas una forma de superstición. No consiste en otra cosa que en persuadirse y en persuadir al auditorio de que mediante el empleo de determinadas palabras y giros se remontan las dificultades de la realidad. En otros términos, el encantamiento puede reemplazarse con una solución.
¿Cómo alcanza la Filosofía sus propósitos?, nos preguntamos. En otros lugar he hablado de dos métodos: uno más general y otro más particular. El general no es otro que el analítico-sintético; el particular, el expositivo-argumentativo. Por el primero, el filósofo descompone un todo en sus partes constitutivas, las examina y las valora. La actividad opuesta y complementaria es la síntesis, que en lo esencial consiste en la exploración de relaciones entre las partes estudiadas y en la reconstrucción de la totalidad, antes desarticulada. A mi entender quien mejor aplicó este método fue Juan Escoto Erígena en su División de la naturaleza.
Pero la forma de expresión que se adopte, y de la que hablaré más adelante, debe ser expositiva-argumentativa. La exposición es considerada como la manifestación abstracta de la realidad representada a la manera de la descripción que se destina a la representación de la realidad concreta. Ideas, pensamientos, opiniones y reflexiones de carácter abstracto constituyen el contenido de la exposición, que sigue la misma disposición acumulativa de la descripción. En otras palabras, lo que a lo sensible corresponde la descripción, la exposición atañe a lo abstracto. En líneas generales, la exposición se nos presenta como un conjunto de ideas encadenadas de una manera sólida con una relación lógica entre ellas. Como forma discursiva, se puede ver de manera fragmentada o formando parte de un texto más amplio. Exponer es explicar con claridad y orden ideas sobre un determinado tema, mostrando sus diferentes aspectos. Por ello, en la exposición se hacen presentaciones, comparaciones y clasificaciones; se define, ilustra o contrasta; en ella relacionamos, ejemplificamos y concluimos. De lo cual se deduce que el expositor requiere gran conocimiento del tema; de lo contrario, hablará de lo que no sabe. Y eso se detecta rápidamente. Claro que la penumbra y la tiniebla, como dijimos antes, puede ayudarle al filósofo en “profundidad”.
      Pero en Filosofía, la exposición viene siempre acompañada de la argumentación, su hermana gemela. Nunca se separan porque cada una se ve reflejada en el rostro de la otra. Como se dijo, la exposición, en líneas generales, se nos aparece como un conjunto ordenado de ideas encadenadas de una manera sólida sin el propósito de querer defender la verdad ni de mostrar con razones el pensamiento expresado. Su hermana gemela se encargará de aportar hechos y razones que tratan de avalar y defender el planteamiento, la tesis, la idea o la simple opinión que su otra hermana ha expuesto. La exposición y la argumentación se relacionan entre sí de tal manera que, mientras una informa, la otra trata de persuadir o convencer a alguien de la propuesta establecida.
      Muy de acuerdo con el método empleado se halla el modo de expresión. Y en esto Platón fue también un maestro. Aunque no compartan muchas de sus ideas, todos los lectores están de acuerdo con el profundo dramatismo de su expresión. Quiso ser autor dramático en su juventud. Ante los resultados adversos obtenidos, pensó cambiar de profesión. Pero encontró a Sócrates y no la cambió. Sólo cambió el mythos por el logos como objeto de sus obras, e incluso no completamente. Todos saben del uso impenitente de mitos para ilustrar el logos.
   Otros, como Cicerón, Berkeley o Hume,  para no citar sino a grandes, siguieron al aristócrata ateniense. Algunos emplearon  la narración; los de más allá, la descripción. A Montesquieu le iba bien el estilo epistolar, y a Montaigne, el ensayo. Alguien puede reservarse la intimidad del diario, imitando a Kierkegaard. No faltará quien prefiera el estilo aforístico como Nietzsche o el confesional de San Agustín y Rousseau, y, por qué no, el modo geométrico spinoziano, con definiciones, axiomas y teoremas, lemas y postulados, apéndices y corolarios, o la manera escolástica con sus innumerables distingos. No son malos modelos para seguir. Si algo es característico de la Filosofía es la variedad inmensa de modos de expresión. En todo caso, no debe castrarse la forma creadora que más se ajuste al hacer Filosofía de cada quien. Lo que importa es que sea Filosofía. Buena Filosofía... si es posible.
     Para ir terminando, digamos que la Filosofía surge de una disposición retórica acompañada de un adiestramiento dialéctico, de un estímulo agonístico incierto sobre la dirección que tomar. Es lo que deja ver la primera aparición de una fractura interior del hombre de pensamiento en la que se insinúa la ambición veleidosa del poder mundano. Y por último, es síntoma morboso de un talento artístico de alto nivel que se descarga desviándose, tumultuoso y arrogante, hacia la invención de un nuevo género literario. Y se mantiene en él.
Muchas gracias por su paciencia.

Bibliografía mínima

COLLI, G. (1977). El nacimiento de la filosofía. Barcelona:
         Tusquets
JORGE, C.H. (2000). Un nuevo poder. Estudio de las ideas   
          morales y políticas de Simón Rodríguez. Caracas:
          UNESR.
JORGE, C.H. (2011). Modos de presentar una tesis
          filosófica  en: carloshjorge.blogspot.com.
NUÑO, J. (1972). La superación de la filosofía. Caracas:
          UCV.
REVEL, J.F. (1962). ¿Para qué filósofos? Caracas: UCV
RODRÍGUEZ, S. (1975). Obras completas (dos tomos)
          Caracas: UNESR


 Conferencia dictada en la biblioteca de IUSPO/UCAB, núcleo Los Teques, el 25 de mayo de 2016, como parte de la Semana Universitaria