Mostrando entradas con la etiqueta Tirso de Molina. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Tirso de Molina. Mostrar todas las entradas

lunes, 5 de enero de 2009

Amor por razón de Estado

A despecho de los posmodernos, sigo proponiendo un retorno a los clásicos porque tienen mucho que enseñarnos. En estos días pasados oí tantos llamados a la concordia y a la unidad, a la paz y al amor, pedidos al abrazo fraterno de alegría y esperanza -mientras la aviación de Israel pulverizaba ¡en sábado! los escondrijos de Hamas en la franja de Gaza-, que no pude menos que recordar una comedia del fraile mercedario llamado Gabriel Téllez, mejor conocido por su nom de plume como Tirso de Molina. El nombre de la comedia de marras, de 1622, lleva el título del artículo. 

En pleno Siglo de Oro el autor se atrevió a enfrentar el régimen absolutista del Cuarto Felipe con su “teatro de oposición”. Con una actitud audazmente agresiva, mostró el fraile su hostilidad al hombre recién devenido monarca. Y más. Tirso de Molina no suele ser complaciente con nadie, no sólo con los poderosos. Y no lo es porque, como cura, conocía la conciencia de la gente que se confesaba. Y lo que uno confiesa no son precisamente las virtudes, sino los pecados. Entre otros, el de la hipocresía. 

Después del bochornoso espectáculo brindado gratuitamente a propósito de las elecciones de 23 N, por ejemplo, en Bolívar (¡perdón, Andrés Velásquez, que prefirió a un golpista!) y Carabobo (el de la soberbia familiar), creo que la oposición venezolana –la revolución hace tiempo que está en la consideración de las tres erres- debe hacer examen de conciencia y confesión general, porque se comporta como un personaje de la comedia que ama a uno en su interior y a otro en apariencia, “y si de pesar no muero, he de fingir que le quiero por sólo razón de Estado”. 

Los diccionarios jurídicos suelen aclarar que tal “razón” constituye pretendida justificación de lo injustificable, sin otra fuerza que la proveniente de la autoridad que la invoca, si es capaz de mantener la decisión adoptada. Con esta expresión en los labios suele lanzarse todo ultimátum; y, tras la jactancia castigada, vuelve a lucir, humilde entonces, para implorar la paz cuando la derrota es inevitable. En lo agresivo, la razón de Estado se escupe al enemigo; en el armisticio, se suplica a los ciudadanos. 

En lo nacional, la razón de Estado es muletilla del Gobierno para hacer cuanto quiere y sin explicaciones. Si la oposición no se confiesa con propósito de enmienda, es decir, con el propósito de que la enmienda constitucional promovida por la revolución con fecha de vencimiento no se constituya, le digo lo que un personaje de la comedia de Tirso: “Sólo sé que el ciego dios (Amor)/ da, señora, a su fortuna/ las dichas de una en una/, las penas de dos en dos”.

carloshjorge@hotmail.com

Llegado hasta aquí, lector, te pido un Comentario para que me orientes. Salud.

sábado, 26 de julio de 2008

El convidado de piedra

'Como el convidado de piedra' es una alusión que se hace a la estatua del comendador de Calatrava don Gonzalo de Ulloa, personaje de El burlador de Sevilla y convidado de piedra, comedia de Tirso de Molina. Es decir, con esta locución adverbial se pretende significar que alguien está con otros como una estatua: mudo, quieto y grave.

Pero el autor de la famosa comedia no redujo tanto esa significación. En efecto, don Juan Tenorio, que había seducido en Nápoles a la bella Isabela, mata en un lance a don Diego de Ulloa, al intentar éste defender el honor de la hija que ya estaba prometida al duque Octavio. Huyendo, de paso por Sevilla, Don Juan se oculta de sus perseguidores en una iglesia, pero ahí se topa con el sepulcro del asesinado comendador, sobre el que lee el siguiente epitafio: “Aquí aguarda del Señor el más leal caballero la venganza de un traidor”. Para mofarse del muerto, el Tenorio lo invita a una cena a su casa, después de la cual vendría el desafío. No contaba Don Juan con que el muerto se presentara, pero ahí estuvo como estatua de piedra. Pasada la comida, Don Gonzalo invita, a su vez, al “burlador de Sevilla” a una cena con él donde estaba enterrado. “Mañana iré –promete don Juan Tenorio- a la capilla/ donde convidado soy/ porque se admire y se espante/ Sevilla de mi valor”. A la mañana siguiente, cumple el Tenorio la promesa. Cuando llega con sus criados, la cena ya está servida. Alacranes y víboras es el plato principal. Hiel y vinagre, el vino. Antes de retirarse de la mesa, Don Gonzalo le pide al invitado la mano para despedirlo. Aquél se la da. En ese momento, el fuego del infierno que corre por las venas del comendador abrasa al seductor impenitente.

En Venezuela hemos tenido últimamente tres convidados de piedra: Gaviria, Carter y José Miguel Vivanco, director ejecutivo de la División de las Américas de Human Rights Watch. Como en la comedia de Tirso de Molina, no se contentaron los tres invitados con asistir al convite, solamente. Gaviria, pacientemente, obligó a las partes en conflicto a firmar un compromiso de solucionar la crisis política del país por medio de elecciones. Carter propuso el referendo revocatorio y aseguró que éste se producirá. J. M. Vivanco desnudó la situación nacional. “En Venezuela no hay un verdadero acceso a la justicia y hay altos índices de corrupción”, denunció. Pero esto que cualquiera puede aseverar, tiene nombre y apellido. “Las instituciones no pueden someterse a los vaivenes de quien gobierna”, dijo. 

Sólo le faltó añadir: “Quien tal hace, que tal pague”, como en la comedia.

carloshjorge@hotmail.com
Este artículo se publica hoy por primera vez.

Lector, si me dejas un Comentario, mejoro el blog. Doblemente agradecido