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domingo, 8 de marzo de 2009

Teoría de la revoluciòn: Revoluciòn campesina

Un autor califica de utopía superestructural el proyecto político de Simón Rodríguez porque el filósofo pretendía “completar las transformaciones producidas por la independencia a nivel de lo jurídico-político por la vía de la creación -mediante reformas al sistema educativo- de una mentalidad en la población que se adecuase a las nuevas instituciones políticas, dejando intacta la infraestructura” (López Palma, J. : Simón Rodríguez, utopía y socialismo).

 La verdad es que Simón Rodríguez sí pretendía cambios profundos en la “infraestructura” de las naciones americanas que acaban de constituirse en repúblicas. En 1830, desde Arequipa, dirá claramente que “Si los americanos quieren que la revolución POLITICA que el peso de las cosas ha hecho, y que las circunstancias han protejido, les traiga verdaderos bienes, hagan una revolución ECONÓMICA y empiécenla por los campos — de ellos pasarán a los talleres de las pocas artes que tienen — y diariamente notarán mejoras, que nunca habrían conseguido empezando por las ciudades”. 

Llama mucho la atención esta insistencia de Rodríguez en querer empezar la revolución económica americana “por los campos”. ¿Por qué? En otro lugar aventuramos varias hipótesis para explicar el hecho. Una de ellas está en Oceana (1656), la obra utópica de J. Harrington. Este teórico observó que la única forma de gobierno permanente en un país depende de la distribución de la propiedad y, en especial, de la propiedad de la tierra. Cualquiera que sea la clase que posea un “equilibrio” o “balanza” preponderante de la tierra -p.e., las tres cuartas partes- tiene la necesidad económica de poseer el control del gobierno. (Harrington derivó en parte esta teoría de la idea aristotélica de que la causa principal de las revoluciones son las desigualdades de propiedad). 

Pero al solicitar la propiedad de la tierra para los desposeídos, Simón Rodríguez -al igual que en su momento lo hiciera Harrington- subestimó la influencia de la manufactura, del comercio y de las finanzas. No cabe duda de que ambos autores exageraron el peso político de la propiedad de la tierra. La razón que adujo el filósofo caraqueño fue que “El producto de la tierra es seguro, constante i aumenta en razón del trabajo. El producto de un taller es un interés de fuerzas — constante si se aplican siempre, i progresivo si se aumentan /.../.El producto del tráfico es eventual (Sociedades Americanas en 1828). 

La Revolución Bonita copió la falsa creencia en el peso político de la propiedad de la tierra. Sólo así puede entenderse el enorme esfuerzo que ha hecho para expropiar latifundios muy productivos y convertirlos en conucos, al tiempo que arruina industrias endógenas para favorecer las de otros países. El maestro de Bolívar propuso ir a los campos, porque en las ciudades de entonces, por falta de industrias, sus habitantes vivían “apiñados, en desorden, alrededor de los templos, esperando de la Providencia lo que no les ha prometido” . 

Pero hoy no es entonces.

carloshjorge@hotmail.com

Llegado hasta aquí, lector, te pido un Comentario para que me orientes. Salud.

miércoles, 16 de julio de 2008

Harrington viaja a Utopía




Publicada en Londres en 1656 y perteneciente al grupo de las utopías políticas, Oceana es la obra de J. Harrington que conservará por siglos la memoria de su autor. Se describe en ella la formación de un nuevo gobierno para la República de Oceana. Este gobierno se pinta con muchos detalles fantásticos, pero Oceana era sin duda Inglaterra. Tampoco hay ninguna duda respecto de quiénes son las personas reales o los acontecimientos históricos a los que se refiere Harrington. El libro está dedicado a Oliver Cromwell.

Harrington percibió claramente que el gobierno está determinado en su estructura y funcionamiento por las fuerzas económicas y sociales subyacentes. Su época fue tiempo de intensos rencores de partido y secta. Cada partido explicaba el desorden civil por la estupidez o maldad de sus adversarios. Harrington adoptó una actitud científica al presentar seriamente un gobierno, aunque imaginario, pero como plan de construcción política. El pensamiento que subyace en la teoría de Harrington es el de que la forma de gobierno que es posible con caracteres de permanencia en un país depende de la propiedad y, en especial, de la propiedad de la tierra. Cualquiera que sea la clase que posea un “equilibrio” o “balanza” preponderante de la tierra –por ejemplo, tres cuartas partes- tiene por pura necesidad económica que poseer el control de gobierno. Sin duda exageró el peso político de la propiedad de la tierra, subestimando el influencia de la manufactura, el comercio y las finanzas.

Basándose en su teoría de la balanza de la propiedad de la tierra, Harrington hace su propia clasificación tripartita de las formas de gobierno: monarquía absoluta, monarquía mixta o feudal y la república (commonwealth). Su república trataba de aproximarse todo lo posible a modelos antiguos tales como Atenas, Esparta, Roma y el estado judío, a todos los cuales consideraba como gobiernos populares dentro del significado que atribuía a este término, aunque su ideal político era la aristocracia. En esto coincide con todos los republicanos de la Revolución Puritana.
No contento con los principios señalados para su “república igual” (equal comonwealth), procedió Harrington a elaborar una constitución para la Gran Bretaña dando a sus principios una aplicación detallada. Esta elaboración la sido la causa principal por la que se considera a Harrington un utópico. Tuvo un placer infantil en delinear los detalle del cuadro. Llegó incluso a señalar las fechas y horas en que deberían reunirse las asambleas y las vestiduras que debían usar los funcionarios.

A pesar de la forma fantástica de la república harringtoniana, su autor combinó en ella un número sorprendente de los artificios que más tarde han llegado a ser considerados como típicos del gobierno liberal. La constitución escrita, la elección de los magistrados, el sufragio secreto, los mandatos de corta duración con rotación en los cargos, la separación de poderes, las garantías de la libertad religiosa y la educación popular a expensas del erario público son unos cuantos ejemplos de ello.

carloshjorge@hotmail.com
Publicado por TalCual el 18 de septiembre de 2007, pág. 17
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