domingo, 5 de febrero de 2017

Didáctica y dialéctica de Simón Rodríguez





                                                                                                                         
                                                                                                                                      



Resumen:
J. D. García Bacca (1981) afirmó que Simón Rodríguez (1769-1854) es un “filósofo dialéctico”. Si lo es, ¿en qué sentido lo sería? Es objetivo central de esta ponencia señalar los sentidos de la dialéctica rodrigueciana y mostrar cómo tal método filosófico está al servicio de la pedagogía republicana. Haciendo un recorrido por  algunas de sus obras más representativas, llegamos a la conclusión de que su tal metodología lo ubica dentro de la mejor filosofía americana.


1.      Sentidos de dialéctica

      Afirmar que Simón Rodríguez hizo uso de la dialéctica requiere demostración, entre otras razones porque ésta es una mala palabra. J. Ferrater Mora (1975) registró dieciocho diferentes significaciones. Creemos que el filósofo caraqueño fue un dialéctico, pero ¿en qué sentido y en qué medida? A propósito de la primera pregunta, no nos cabe la menor duda para una respuesta afirmativa. Y más: la dialéctica ocupa un espacio muy privilegiado en su pensamiento y en su quehacer filosófico. Veamos.

A) Los pros y los contra.

El planteamiento de la dialéctica con sentido pedagógico puede verse en la portada de la llamada Defensa de Bolívar, en donde se lee:


EL
LIBERTADOR
DEL
MEDIODIA DE AMERICA
Y
SUS COMPAÑEROS DE ARMAS
DEFENDIDO
POR
UN AMIGO DE LA CAUSA SOCIAL


La causa del Jeneral Bolívar
es la de los Pueblos Americanos
en ella se interesan los Jefes de
las nuevas Repúblicas.

Instruyamos al Pueblo
con nuestros debates.

Esta obra, escrita al mismo tiempo que el  Pródromo de Sociedades Americanas en 1828, muestra de manera palmaria la subordinación de la dialéctica al objeto principal del método pedagógico: instruir al pueblo. A final de una advertencia del Pródromo, se lee que “El Editor recibirá todas las objeciones que quieran dirijírsele — las hará imprimir, y las pondrá en manos de los distribuidores de la obra” (I,261). Esta propuesta a sus lectores es la postulación de la dialéctica como método para descubrir la verdad en aquellas cuestiones que interesan al pueblo y que no son objeto de la ciencia.
Años después, en Concepción de Chile, Simón Rodríguez publica las objeciones hechas al Pródromo al lado de las respuestas correspondientes, en un prólogo galeato a Luces y Virtudes Sociales (1834). Esta obra, en esa primera edición, tiene setenta páginas en total, de las que el Galeato consume treinta y cuatro. Esto muestra la importancia que tal método posee para el filósofo.
Para justificar el Galeato, el filósofo dice que las objeciones que ha presentado le habrán servido al lector de entretenimiento, al tiempo que lo prevendrán de otras que pudieran hacerse al cuerpo de la obra que se dispone a presentar. Creemos que esta idea del “entretenimiento” dice mucho respecto de cuál pueda ser el espíritu dialéctico de Simón Rodríguez. Pero hay otra idea que también debe ser expuesta, cuando señala:

Nada se ha omitido de lo que pueda ilustrar el lector, para dar su parecer con conocimiento. Todo el mal que se ha dicho de ella se publica … ¿Por qué no se publicará el bien? PRO y CONTRA son los datos que preparan el juicio: tenga dos orejas el que quiera ser juez (II,98).

De seguidas aporta dos opiniones favorables: una hecha en 1829 por el editor del Mercurio Peruano; otra, dada por escrito, hecha por el doctor Eguilus, “letrado arequipeño”.
Esta segunda idea del pro y contra debe servirnos más adelante para establecer con más exactitud en qué sentidos puede ser considerado Simón Rodríguez como dialéctico. Antes de eso debemos encontrar nuevos textos en donde el uso de la dialéctica sea otro.

       B) Técnica de cuadro

La técnica del cuadro es un nuevo uso del método dialéctico. Simón Rodríguez la empleó muchas veces, lo que, en obras de filosofía moderna, causa extrañeza. Quizás uno de los mejores cuadros sea el presentado a propósito de la colonomanía o deseo de algunos que estimaban que las repúblicas americanas debían colonizarse con extranjeros. Simón Rodríguez, por el contrario, sostenía que la colonización debía hacerse con los propios habitantes. El cuadro muestra, en un primer momento, el desembarco de

Dinamarqueses, Suecos i hasta Lapones, que vienen a enseñar a cultivar Camotes, Caña dulce, Algodón, i sobre todo el Cacao! que se da tan frondoso en las Riberas del Báltico (I,352).

La ironía del cuadro expone lo ridículo y absurdo del proyecto colonizador. En un segundo momento, el autor deja ver el reverso del cuadro: “Escaseces, fatigas, insectos, reptiles, tercianas, disentería”. Ante esta situación, ilustra ahora el filósofo cómo se desintegrará el proyecto: muchos vuelven a sus tierras de origen, otros se quedarán en las poblaciones de las nuevas tierras americanas.

No se habrá conseguido cultivar los campos; pero se habrán colonizado los apellidos: en breve se verán los Institutos Ortolójicos i Caligráficos de las Aldeas, llenos de Esmites de Juaites i de Cuques, i al cabo de algunos años, la hija de ña Petrona la Pulpera será madama Cranyan. Con esto i con otras cosas, no ménos importantes, la Civilización del país habrá hecho grandes progresos, siguiendo la marcha majestuosa de su Gobierno i el rápido vuelo de los negocios.
Pero un viejo, que estará sentado al Sol, en la esquina viendo pasar el cortejo dirá, cabeceando, no hai peor mal que el que se hace bajo las apariencias del bien (I,389).

Simón Rodríguez empleó la técnica del cuadro en múltiples ocasiones. Fundamentalmente con ella buscaba ridiculizar una situación, mostrar su absurdo o hacer sentir lo insostenible que puede resultar una idea encarnada en el cuadro.  Por ejemplo, en uno de ellos enumera las “peticiones” de los que desean vivir descansados, sin cuidado, sin pagar derechos ni tributos, alcabalas ni diezmos, pero quieren poder hacer lo que les venga en gana. A nombre de las promesas que se hicieron en la revolución, piden al gobierno los mineros, los emigrados y los patriotas, los realistas, los agricultores, los artesanos y los comerciantes, los abogados, las ciudades, los colegios, los estudiantes, los curas, los canónigos y las catedrales, los viandantes, los frailes y las monjas, los soldados, los sargentos y hasta los generales, que quieren ser presidentes.
En un segundo cuadro se ve todo un “basurero de sobrescritos”. Papeles de todo tipo inundan el gabinete presidencial: anónimos, correspondencia que ni veinte lectores podrían hacerse cargo de ella en veinte días, gacetas nacionales y extranjeras. Y lo más gracioso: recogido durante dos o tres días, el presidente empolla más escritos y … decreta. Sintetiza el autor:

¿Quién no ve en este cuadro, el mal de que adolecen las repúblicas — la inutilidad de los esfuerzos que hacen sus jefes para remediarlo — y la necesidad de ocurrir á otros medios, para no perder el fruto de la revolución?

Y cierra el cuadro (y la obra), con un giro muy típico de él, donde, una vez más, vemos que la dialéctica está al servicio de la pedagogía política:

Todas las faltas pueden reducirse á una, diciendo
El lugar de las Instituciones
ES LA OPINION PUBLICA
Esta está por formar
Y NADA SE HACE POR INSTRUIR
(II,373).

Hemos tomado esta última cita del Extracto de la Defensa de Bolívar, publicado por el autor en El Mercurio, de Valparaíso, en febrero de 1840. Es sintomático que esta obrita, de escasas nueve páginas, dedique ¡seis! de ellas a los cuadros que hemos pintado apresuradamente, y cuya conclusión dialéctica es una proposición de carácter general sobre la necesidad de la instrucción pública (en el sentido que tiene en Simón Rodríguez).

C)    Juego intelectual

El Extracto de la Defensa de Bolívar es dialéctico de principio a fin, dijimos. He mostrado uno de los sentidos que el término tiene en la obra. Veamos, ahora, el otro, a propósito de una acusación que se le había hecho al Libertador:

-AMBICION …
-¿Quién no la tiene?
-ES DEMASIADO AMBICIOSO!
-¿Cómo se miden cantidades de ambición? (I, 367).

Creemos que se ve claro el sentido de dialéctica como “juego intelectual” , según la denominación de J. Greenwood (1909:128). Pero Simón Rodríguez no busca ganar el juego humillando al acusador, ni está únicamente interesado en mostrar sus dotes dialécticas. Rodríguez busca la verdad y piensa que también hay un fondo de verdad en los acusadores de Bolívar, cuando dice

La AMBICION es la pasión predominante en el hombre. AMBICIONAR es querer ser mas; pero como para ser es menester valer,  y para valer TENER … todos aspiran á poseer algo que les de superioridad.
La ambición misma ASPIRA y quiere que la llamen NOBLE por el objeto de sus deseos.

El argumento se ha vuelto ahora en contra de los acusadores. Pero el dialéctico no se queda ahí; avanza hasta señalar que las distinciones -éstas y otras que ha hecho- “son principios irrefragables”. Concluye:

GRACIAS A LA AMBICION!
sin ambición no habría sociedad.

Se puede también apreciar en este pasaje la satisfacción que siente el filósofo por haber podido salir airoso de una opinión tan contraria, de una opinión que él convierte en razón o, al menos, en la mejor hipótesis para defender a Bolívar. Esto también es muy típico de Simón Rodríguez. Estaba consciente de sus habilidades dialécticas y hacía gala de ellas. Así se puede entender la primera página del Pródromo a Sociedades Americanas en 1828 que, textualmente, dice:

Tan EXOTICO debe parecer
el PROYECTO de esta obra
como EXTRAÑA
la ORTOGRAFIA en que va escrito.

En unos lectores excitará, tal vez, la RISA
En otros ..................... el DESPRECIO
ESTE será injusto:
ni en las observaciones hay Falsedades
ni en las proposiciones ...... Disparates

De la RISA
Podrá el autor decir
(en francés mejor que en latín)
Rira bien qui Rira le dernier (I,260

Simón Rodríguez usa la dialéctica como juego intelectual, fundamentalmente para salir airoso de ciertas opiniones que son más que eso, pues son acusaciones. Esto se puede verificar en la denominada Defensa de Bolívar. En esta obra el juego dialéctico es, muchas veces, armamento para defender al héroe. Rodríguez  emplea la dialéctica como juego intelectual, pero del que derivará algún principio importante. Como ejemplos más evidentes destacamos el uso, ya transcrito, de la acusación de ambición contra Bolívar (II,209). Pero todavía le saca provecho mayor a la acusación de que “Propuso el Libertador una Constitución Monárquica á las Repúblicas” (II,317), acusación que Simón Rodríguez coloca como la segunda prueba de las (malas) intenciones de Bolívar. El juego dialéctico alrededor del vitalicismo le lleva a Rodríguez a plantear, entre otras cosas, el objeto de la política y su división en teoría y práctica. El mismo juego dialéctico alrededor de la acusación de despotismo (II,219) le permite formular su teoría de la “simpatía” y llegar a la conclusión de que “No hay simpatía verdadera sino entre iguales — simpatizan, en apariencia, los súbditos con sus superiores, porque el que obedece proteje las ideas del que manda; pero, la ANTIPATIA es el sentimiento natural de la inferioridad …que ¡nunca es agradable!” (II,221). En fin, como juego intelectual, se puede considerar el uso dialéctico -aunque siempre didáctico- que el autor hace de la acusación de “que Bolívar es ZAMBO” (II,290), momento que aprovecha para instruir al populacho.
En segundo lugar, Simón Rodríguez emplea la dialéctica como técnica de cuadro. Así, ridiculiza la “representación” política, mostrando que es una verdadera mise-en-scène de un viejo libreto (II,197). Hace un paralelo de la locura del enfermo mental y de la vida social, que cierra con la siguiente generalización:

Todas son manías ¡(dicen los locos) más ó ménos extrañas! más ó ménos útiles ó perjudiciales (II,209).

Muestra, asimismo mediante un cuadro, los “extremos que prueban Grandeza ó popularidad … para el vulgo” de sus gobernantes (II,229), y la divulgación de noticias por parte de “Realistas Indíjenas” que no pueden dejar de amar al rey, porque nacieron bajo sus banderas (II,258). Muchos cuadros hay en esta obra que pudiéramos traer a colación, pero cansaríamos al oyente innecesariamente. Baste lo expuesto para ejemplificar la idea.
En tercer lugar, Simón Rodríguez emplea la dialéctica en la Defensa de Bolívar como procedimiento para la obtención de premisas probables de sus demostraciones. Las fuentes son de tres clases: a) Opiniones de algunos escritores -biógrafos de Washington y Napoleón- y, fundamentalmente, de filósofos. En esta obra pueden leerse los nombres de Aristóteles (II,318), Voltaire (II,242 y 304), Maquiavelo (II,294 y 302), Bacon (II,340) y A. Smith (II,339).  b) Una serie de acusaciones escritas contra Bolívar que  Atacan su CARÁCTER. Delatan su CONDUCTA, y Denuncian sus INTENCIONES” (II,212).  c) Frases hechas, que ruedan en escritos sin precisar el contenido, y dichos populares (II 297 y 298), también bastante imprecisos.
Respecto de la primera fuente de obtención de premisas probables, es oportuno señalar que Simón Rodríguez no se opone a ninguna opinión filosófica -de las que admite-, aunque de manera general critica a los “espiritualistas” que les importa hablar “mas de la casa ajena que de la suya” (II,340). De los nombrados, Aristóteles le sirve para asentar que el político, hoy, ha de ser …

TODO, porque la ciencia de la Sociedad se compone de todos los conocimientos, de todos  los movimientos, y de todas las relaciones del hombre (II, 318).

De Voltaire transcribe Rodríguez algunas ideas, literalmente incluso:

1) “El primer rey fué un soldado feliz” (p. 304).)
2) El mas atrevido reina, no el mas sabio  (p. 309).

3) Fijen su atención en las siguientes verdades, advirtiendo, que el entusiasmo precede al fanatismo — que este se parece mucho a la ignorancia — y que solo la ignorancia es suspicaz (p. 339).

Esta última cita sirve de rótulo al empleo que hace Simón Rodríguez de la síntesis, otro método empleado en la Defensa de Bolívar para cerrar la obra. Utiliza la síntesis para dar cuenta de catorce verdades que el autor presenta a la consideración de sus lectores - jueces. La “Tercera verdad” dice:

Ha llegado el tiempo de Obrar como aconsejó Bacon = tratando con las cosas, ocupandose en lo material, porque de la materia salen las abstracciones
(II, 340).

Y ocuparse en lo material quiere decir, también, ocuparse de la opinión pública. Por eso se explica que Simón Rodríguez postule como “Sexta verdad” que “El fundamento del Sistema Republicano está en la opinion del pueblo, y esta no se forma sino instruyéndolo”  (II, 342), donde la dialéctica cobra su pleno sentido al ponerse al servicio de la pedagogía política.

2. El método pedagógico

Con los sentidos que hemos establecido, la dialéctica está en Simón Rodríguez al servicio de la didáctica. Pero no es sino un método más, al igual que la definición y la síntesis. Todos estos métodos parciales son tales en función de un método más general que hemos denominado pedagógico. Es de advertir que Simón Rodríguez no llamó a su método con ningún nombre, solamente filosofó con él. Por otro lado, el método que propuso para que los gobiernos de América lo aplicaran tampoco tiene nombre, ni siquiera lo llamó “método”. Hechas estas aclaraciones debemos además destacar que las formulaciones metódicas aparecen en los últimos escritos del autor: Extracto sucinto de mi obra sobre la educación republicana (1849) y Consejos de amigo Dados al Colejio de Latacunga (1851), lo que significa que consideraba como uno de los aportes importantes para el futuro su descubrimiento metodológico, y nos consta cuán vívida era en él la idea de su propia trascendencia.
El método pedagógico está constituido por tres momentos que corresponden a los tres pasos que el sujeto debe andar para alcanzar el verdadero objeto de conocimiento. Tales pasos son “observar”, “reflexionar” y “meditar”. A lo largo del método pedagógico fluye la tensión sujeto-objeto, tensión que debe concretarse en un resultado teoricocientífico, el cual, a su vez, aparecerá como producto del conjunto ordenado de las acciones empleadas, que es el método. Veremos, entonces, los pasos metódicos separadamente para concluir con una visión de conjunto.

1º) “Observar”, el momento objetivo.

 Este primer momento puede ser, a su vez, subdividido en dos partes o tomado bajo dos aspectos, esto es: hay en la observación un aspecto que va del sujeto al objeto y hay que considerar un segundo aspecto que va del objeto al sujeto.

OBSERVAR -define Simón Rodríguez- es ponerse delante de un Objeto, a examinarlo para CONOCERLO, con intención de guardarlo, o de guardar la Imajen para si (CA,II,30).

1.1. Aspecto subjetivo-objetivo de la observación. Este aspecto puede representarse gráficamente con el momento de “abrir los ojos”. Naturalmente, para seguir con el símil propuesto por Rodríguez, los ojos se pueden abrir poco, mucho, desmesuradamente o apenas una rendija. La capacidad del sentido reside de manera diferente en cada observador, por lo que no todo el mundo está capacitado para ver las mismas cosas ni de la  misma manera. Este hecho fisiológico Simón Rodríguez lo refirió a la visión intelectual y lo denominó “discreción” (I,406). La “discreción” así entendida está íntimamente relacionada con la “estética” o “perspicacia” (II,412). La “perspicacia intelectual” nos concede la capacidad de poder ver todo bien: las adyacencias que los objetos guardan entre sí en un estado de cosas. El que aparece como más libre tiene sus dependencias, y éstas habrá que mantenerlas presentes a la hora de aislar el objeto.
1.2. Aspecto objetivo-subjetivo de la observación. Tras “abrir los ojos”, el estado de cosas y su movimiento se presentan a la observación. Hemos ya establecido que no hay cosas solas; están con otras y, al contacto con ellas, obran con ellas e influyen en ellas, de tal modo que viene a resultar que “todo influye y es influido” a la vez. Por eso, más que de “cosas” hay que hablar de “circunstancias”.

Las circunstancias –escribió en 1843- , en un caso, no pueden ser las mismas que en otro; aunque se parezcan: porque todo varía … y varía porque las circunstancias tienen sus circunstancias = cada tendencia, cada hecho, cada estado de cosas, es, al mismo tiempo, circundado y circundante, rodeado y rodeante: i es, porque no hai acaecimiento, acontecimiento ni suceso, que no sea al mismo tiempo Influyente e Influido. Toda cuestión, por consiguiente, es un compuesto de cuestiones compuestas de otras cuestiones (II,407).
.
Consideremos los dos principios que rigen el concepto de “circunstancia”:

1er. PRINCIPIO
No hai  objeto aislado: el mas independiente, al parecer, tiene Relaciones - /…/
2do. PRINCIPIO
El movimiento mas Libre tiene Dependencias 
                     la parte moviente,

el todo a que pertenece
el lugar, el tiempo, el modo              son circunstancias
i los objetos presentes

Si en lo que enseñamos o queremos aprender falta UNA SOLA
 relación o circunstancia,

enseñamos o aprendemos MAL —
i  si observamos o hacemos observar UNA SOLA,
ni aprendemos ni enseñamos.

En el 1er caso somos malos Maestros o malos Estudiantes,
En el 2do no somos ni Estudiantes ni Maestros
(I,407).

La razón de por qué hemos denominado “pedagógico” el método de Rodríguez aparece clara en la derivación que hace el autor de la observación y aprehensión de las circunstancias dentro del todo contextual.

2º) “Reflexionar”, el momento subjetivo del método.

En varios lugares he dejado constancia de la identidad de los principios y leyes que regulan la naturaleza y la sociedad en Simón Rodríguez. En otras palabras, en Rodríguez se da una naturalización de la historia y una socialización de la naturaleza, esto es, el concepto de “necesidad” regula de igual manera en ambos órdenes constitutivos de la realidad.
Ahora bien, ¿ cómo se determina la necesidad de un estado de cosas, sea económico, social o político? En otras palabras, ¿en qué consiste la necesidad “histórica”, para que sea distinta de la “natural”? Lo dijo el filósofo: “el Observador (de un estado de cosas) estudia las Propensiones i las Tendencias, para reglar su conducta por ellas”. La necesidad histórica viene entonces determinada por las “propensiones” y por las “tendencias” del estado de cosas. Lo que, justamente, obliga o permite las reformas, las transformaciones sociales, son las tendencias del pueblo, de los hombres en sociedad, que piden o exigen un modo de existir distinto, una satisfacción de las aspiraciones expresadas en las “tendencias”[i]. Esas reformas, a veces, son “pedidas”, “exigidas”; otras veces, los cambios son “permitidos”. La necesidad tiene grados, y el hombre, de alguna manera, puede modificar las circunstancias, puede regular y conducir la necesidad. Siempre “se obra por necesidad” en última instancia -nos dice Simón Rodríguez-, nos guste o no nos guste, queramos o no. Nuestro querer y la necesidad pueden ir de la mano, pero esta última es la que manda. O cedemos aceptándola, aprovechando la tendencia del estado de cosas, o el estado de cosas nos obliga a ceder. Cuando la necesidad lo ordena, no hay resistencia que se oponga; sólo queda la conformidad (II,407).
Habría que preguntarse ahora: ¿determinar la necesidad del estado de cosas no pertenece al  primer momento? Creemos que no, porque la necesidad se expresa por la razón. Por eso es que hemos determinado el segundo paso como el “momento subjetivo”. Esto es: en un primer momento el observador sale de sí, abre los ojos, y ante él se explaya una situación que será objeto de su visión; en el segundo momento, el observador retorna sobre sí: reflexiona. Este es el momento de fijar la mirada, según una imagen del propio Simón Rodríguez. La mirada debe fijarse en la necesidad que se encuentra en los datos observados. Consideremos una definición de este segundo paso metodológico hecha por Simón Rodríguez

                                                                           el objeto que la da
        Reflexionar, es hacer reflejar la imagen entre                             y
                                                                           el sentido que la
                                                                                       recibe (I,253):

Si deseamos establecer un verdadero conocimiento, deseamos entonces apropiarnos de una cosa -se ha dicho-; pero esa apropiación, para ser objetiva, real y verdadera debe seguir un camino: 1º Observar: ver para tomar los datos requeridos; 2º Reflexionar, esto es,  reflejar en los sentidos los datos que el objeto nos proporciona. En otro lugar (,II,30), Simón Rodríguez define:

REFLEXIONAR
es hacer REFLEJAR la Imájen del Objeto, contra el Objeto mismo,
por el sentido que ha recibido la impresión:
es tratar de grabarse bien la Imájen, paraque no se confunda
con ótras, o se borre.

Si unimos esta definición con lo dicho anteriormente sobre la necesidad, tendremos que el segundo paso del método es descubrir la “propensión” (inclinación sin finalidad) y la “tendencia” (inclinación hacia un fin) del objeto en cuestión en nuestros sentidos. En el primer paso se abren los ojos para ver los datos que establecen la necesidad de la acción. En el segundo, se fija el sentido en el objeto. La imagen que en el primer momento llegaba al sentido es ahora devuelta (reflejada) al objeto, “contra el Objeto mismo”. Esto es: en este segundo momento el observador ve en sí lo que el objeto le ha dado.

  “Meditar”, el momento decisivo del método.

Debemos aclarar que la observación y la constatación de las imágenes reflejadas son cambiantes, son “circunstancias” en un todo de acuerdo con las circunstancias en que se hagan, con los conocimientos de que se disponga y derivando también de quién es el observador. Esto es postular, por otro lado, la posibilidad del “error” y de la “preocupación”, como se llamaba en el siglo XVIII al prejuicio.
Al proponer el segundo paso del método como reflexión, Simón Rodríguez está pensando en que el propio observador debe ser objeto de su investigación. Esto es, el observador no es imparcial, neutro ni aséptico. Está metido en el estado de cosas que observa, por lo que las observaciones que realice del estado de cosas y el juicio que establezca debe ser hecho también sobre sí, incluyéndose. El observador debe saber que no es libre, que carga con un conjunto de determinaciones que condicionan su observación. Y esto debe estar especialmente presente en el tercer momento del método, el decisivo, puesto que

De unos errores pueden nacer otros, y conducir en direcciones opuestas … al sublime saber ó á la crasa ignorancia (II,118).

Sólo la “educación” -tal como Simón Rodríguez la entiende- puede sacar parcialmente al hombre de la “ignorancia”, y eso debe hacerse a tiempo, en la infancia, antes de que los “errores de concepto” se hayan instalado formando parte constitutiva de él, conformando una segunda naturaleza (II,26).

Sintetizando a grandes rasgos lo expuesto sobre el método rodrigueciano, tenemos:
1. En un primer paso, el observador realiza el movimiento objetivo, esto es, se enfrenta al objeto, abre los ojos para verlo: el objeto se le muestra en su circunstancialidad, en toda la complejidad a la que este término remite.
2. En el segundo momento, el observador retorna sobre sí: reflexiona. Es el tiempo de fijar la mirada sobre las imágenes que el objeto ha dejado en el observador. Por ello hemos llamado subjetivo este momento del hacer metódico. Es el momento de la experiencia y de la razón.
3. Momento de cerrar los ojos para emplear los medios de apropiarnos del objeto. El observador se coloca entre el objeto observado y las imágenes que en sí se ha reflejado para decidir, esto es, hay que mirar “a un lado y a otro”. Deberá luchar contra el error y contra los prejuicios, pero deberá actuar. Como método auxiliar, el observador se valdrá continuamente de la definición y de la elucidación de los términos.
4. El método es pedagógico porque su propósito es educar, formar ciudadanos que deseen vivir en República, lo que lo convierte en un “modelo de filosofar” , como quiere García Bacca (1963).

3. A modo de conclusión

Llegados a este punto de nuestra exposición, suponemos que el oyente ha podido constatar que en el caraqueño hay dos aspectos de un mismo magisterio: el escolar y el americano. Rodríguez fue durante toda su vida maestro de escuela, pero también fue maestro de América, como quiere A. Rumazo González (1976), y pensador para América, como quiere J. D. García Bacca (1981). Lo cual quiere decir que Simón Rodríguez debe ser ubicado en eso que se llama, en general, pensamiento latinoamericano y filosofía americana.
Respecto de su magisterio escolar, le hemos dedicado una de nuestras últimas obras (Jorge, 2012). Venezuela, Francia, ¿Rusia?, Inglaterra, Colombia, Bolivia, Perú, Chile y Ecuador lo tuvieron como maestro de niños y preparador de maestros en su metodología didáctica. Pero Simón Rodríguez pretendía ser, por sobre todas las cosas, maestro de América. Lo cual significa que debemos colocarlo en la llamada filosofía americana.
Por filosofía americana entienden muchos –entre quienes nos incluimos- la filosofía que hacen americanos, ocúpense o no de “lo americano” como objeto de sus reflexiones. Algunos ejemplos: La filosofía del entendimiento, de Andrés Bello, o los Problemas de la libertad y del determinismo, de Vaz Ferreira, o la Teoría del hombre, de Romero, son obras que pertenecen a la filosofía americana” sin ser filosofía de lo americano. Simón Rodríguez, a mi entender, aparece como filósofo americano en los dos sentidos, esto es: a) haciendo filosofía americana en la Crítica de las Providencias de(l) gobierno (Lima, 1843), y b) reflexionando, filosofando sobre lo americano en Luces y virtudes sociales (Concepción, 1834; Valparaíso, 1840) y en Sociedades Americanas en 1828 (Arequipa, 1828, y Lima, 1842). En esta última obra, sobre todo, el filósofo caraqueño se presenta, a veces, como un sociólogo de penetrante mirada sobre el acontecer de la América de su tiempo. Pero ¿acaso no fue el Platón de República un excelente sociólogo, sin dejar de ser, por ello, el gran filósofo de Atenas y del mundo?
J. D. García Bacca (1963) estima que hay siete grandes métodos o “modelos de filosofar”. Añade García Bacca en el prólogo a la segunda edición de su obra que otros filósofos pudieran ser tenidos como “modelos” de hacer filosofía. Entre ellos -pensamos nosotros- se halla Simón Rodríguez. Haciendo buena filosofía aplicó un método original, su método: el método pedagógico, de manera que puede ser llamado con razón “maestro de América”. Y es, desde este magisterio, como hoy nos sigue enseñando.

Muchas gracias a todos por escucharme.

 Conferencia pronunciada en las III Jornadas de Filosofía del Seminario Diocesano María Madre de la Iglesia de Maracay, Edo. Aragua, Venezuela, el 4 de febrero de 2017



3. Bibliografía mencionada

FERRATER, J. (l975). Diccionario de filosofía (dos tomos). Buenos Aires: Sudamericana.
GARCIA BACCA, J.D. (l963). 7 modelos de filosofar. Caracas: UCV,
___________  (1981).Simón Rodríguez, pensador para América. Caracas: Academia
                        Nacional de la Historia.
GREENWOOD, L.A. ( l909). Aristotle’s Nicomachean Ethics. Book six. Cambridge: CUP.
JORGE, C. H. (2013). La escuela de Simón Rodríguez. Caracas: UNIMET
RODRIGUEZ, S. (1975). Obras Completas (dos tomos). Caracas: Universidad Simón
                         Rodríguez, Colección ‘Dinámica y siembra’.
RUMAZO, A. (1976). Simón Rodríguez maestro de América. Caracas: Universidad Simón
                        Rodríguez.
    


[1] Carlos H. Jorge es especialista en el pensamiento de Simón Rodríguez. Ha dictado conferencias sobre este autor y publicado, también,   gran cantidad de artículos. Entre sus obras destacan Educación y revolución en Simón Rodríguez, Monte Ávila Latinoamericana, Caracas, 2000; UNIMET. Caracas, 2015.; Un nuevo poder, UNESR, Caracas, 2005; La escuela de Simón Rodríguez, UNIMET, Caracas, 2013.
Lic. y Doctor en Filosofía por la UCV, Carlos H. Jorge actualmente dicta materias de Filosofía en el IUSPO, en la UCAB y en la UCSAR.


[i] Cf.: SA,I,322; CPG,II,407; ER,I,324