jueves, 17 de julio de 2008

Los cátaros



Un fantasma recorre el mundo. El Papa, Bush, los ayatolás y obispos se han coligado en una cruzada de pureza de fe y costumbres. Como los cátaros, pero sin su autenticidad.
Estos herejes de los siglos XII-XIV también fueron conocidos como albigenses, por la importancia que tuvieron sus comunidades en la ciudad y región de Albi, situada en el sur de Francia.
Simplificando mucho sus creencias, podemos decir que los cátaros (katharoi, puros) eran descendientes del maniqueísmo, para el que hay dos principios supremos: el del Bien, creador del espíritu, y el del Mal, creador de la materia. Con esta base, consideraban que el hombre era un campo de batalla entre el dios de la luz y el de las tinieblas. La materia, creación exclusiva de Satanás, iba a desaparecer a través de reencarnaciones. Para ayudar al alma a liberarse de ella, los cátaros llevaban una vida “casta”, se alimentaban lo menos posible y recomendaban el suicidio, como medio heroico.
En EE.UU., el presidente, diputados y senadores entre gallos y medianoche –y no es metáfora- aprobaron una ley para que la desahuciada Terri Schiavo no se muriera dignamente, para que tuviera la oportunidad de vivir, al modo de los últimos 15 años, como... ¡una planta! Mientras tanto, esos mismos cátaros en dos años han matado a más de 1.500 compatriotas y 25.000 iraquíes con el falaz argumento de que éstos poseían armas de exterminio.
En Argentina, un obispo alza su voz contra la posible despenalización del aborto, recitando el versículo 6 de Mateo 18: “Y al que escandalizare a uno de estos pequeñuelos que creen en mí, más le valiera que le colgasen al cuello una piedra de molino de asno y le arrojaran al fondo del mar”. Con razón al oírlo los ciudadanos de ese país recordaron con pavor lo cerca que la Iglesia católica estuvo de los que iban a ser arrojados al mar... dándoles la bendición para que los recibieran en el Cielo.
Después de dieciséis años, a Salman Rushdie aún lo persigue la fatwa lanzada contra él por el más medieval de los ayatolás iraníes, émulo del papa Inocencio III, que había decretado la exterminadora cruzada de los albigenses.
Iglesias y deportistas aseguran que sus productos son el mejor sustituto de las drogas heroicas y no tan heroicas. Y debe de ser cierto, si uno observa la paranoia de algunos predicadores y las obsesiones enfermizas de muchos atletas.
Ahora, en cruzada antitabáquica, con imágenes francamente intolerantes, se pretende disuadir a los fumadores de su suicidio. Pero, para éstos, el humo es como la castidad para los cátaros, que no condenaban la actividad sexual... ¡mientras fuera estéril!, sino el matrimonio y la procreación. Por esta causa se les acusó de orgías contra natura... como a los fumadores. ¿Será por eso que los recaudadores de impuestos están de plácemes?

carloshjorge@hotmail.com
Publicado en TalCual, con una ilustración, el jueves 8 de septiembre de 2005, página 15

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