jueves, 17 de julio de 2008

Ecclesia

Aunque parezca absurdo, Jesús no fue cristiano. No es baladí recordar que los cristianos de las primeras generaciones eran judíos de lengua semítica. Tres siglos después de la muerte del Profeta de Nazaret, en el concilio de Nicea (324) -verdadero origen del catolicismo- los obispos ya sólo hablaban griego y un poco de latín. El cristianismo que elaboraron entonces los gentiles y judíos helenizados se apartó del judeocristianismo que, desde Jerusalén y de la mano de Santiago, el hermano de Jesús, y del apóstol Pedro propagó el mensaje del Nazareno después de su ejecución. Ganaron los griegos. La estructura mítica de Jesús fundió en un crisol las creencias paganas más ilustres. 

Posteriormente, habrá una segunda transformación al volverse romana. Como lo dijo sin ambages Ch. Guignebert, es difícil establecer con certeza de qué rito pagano deriva tal rito cristiano, pero es indudable que el espíritu ritualista de los paganos se impuso poco a poco en el cristianismo, hasta el punto de volverse a encontrar, enteramente, en sus ceremonias. La necesidad cristiana de desarraigar usos antiguos y muy tenaces precipitó la asimilación a partir del siglo IV. Además, el poder del clero se vio notablemente acrecentado por el derecho casi exclusivo que adquirió desde temprano y por disponer de la fuerza mágica de los ritos, a los que llamó sacramentos. 

En otros términos, si consideramos la Iglesia cristiana a principios del siglo IV, nos será difícil reconocer a la comunidad apostólica. A decir verdad, no la reconoceríamos en absoluto. El cristianismo de la Edad Media: universalista y guerrero, exclusivista, violentamente intolerante y particularmente terrible para los judíos, está erizado de dogmas absolutos que irritan la razón, de ritos minuciosos y múltiples, poderosos y misteriosos. Tal cristianismo está cargado de incontables devociones particulares, que se dirigen a dioses prácticamente distintos y a infinidad de santos especializados. Tal cristianismo está regido por un clero, amo de la fe y de la conciencia de los laicos. Estrictamente jerarquizado, tiende cada vez más a recibir órdenes de un centro único impulsado por el formidable ejército de los monjes y contenido por la tropa porfiada y sutil de los teólogos. 

Cuando, hoy, se contempla el cristianismo en la magnificente Basílica de San Pedro, en las innumerables y suntuosas catedrales que habita, en las espléndidas ceremonias que celebra y en los símbolos que lo animan y se lo compara con la religión del Maestro galileo, humilde y dulce, que pretendía únicamente anunciar a sus hermanos la Buena Nueva de la llegada del Reino y hacerlos dignos de recibirlo, casi no se ve qué haya de común entre una y otra. 

La religión de Jesús, cuya piedad se elevaba hacia el Dios de sus padres, era la expresión de un confiado impulso filial. Parecería, entonces, que, con el nombre de Cristo, la vida religiosa y filosófica del paganismo, con todos sus contrastes y todas sus incoherencias, hubiera recuperado vigor y triunfado de la religión del espíritu y de la verdad que el Rabí judío había vivido

carloshjorge@hotmail.com

PUBLICADO POR TALCUAL, PÁG. 15, EL 26 DE SEPTIEMBRE DE 2005
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